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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El ego desatado de Sánchez y el Rey

Se ha dedicado a ningunear a Felipe VI desde que llegó al poder por una razón psicológica: no soporta que alguien pueda estar por encima de él

Sánchez, que ha hecho de menos al Rey desde que okupó el poder en junio de 2018 con solo 84 diputados, ha ordenado ahora a sus fámulos más flamígeros, tipo Puente, que aumenten la intensidad de los pellizcos contra Felipe VI. La razón sería el enojo del irascible recluso de la Mareta por la reacción del jefe del Estado tras la bochornosa invasión de Ceuta.

Mientras el Gobierno adulaba al que dejó hacer, que fue el sátrapa Mohamed VI, el Rey de España comunicaba a través de sus portavoces su «gran preocupación e indignación por la crisis de Ceuta» y exigía medidas al Ejecutivo para que tan «graves acontecimientos» no volviesen a repetirse. El mensaje del Rey concordaba, una vez más, con el sentir de la mayoría de los españoles. Pero en cierto modo dejaba en paños menores al Gobierno, que a esas horas trataba de templar gaitas de manera bastante ridícula y se veía desbordado por los hechos, evidenciando su habitual incompetencia.

Además, según ha desvelado el BOE oficioso del Gobierno, El País, Sánchez ordenó a un ministro que llamase al Rey para pedirle que telefonease a Mohamed VI para «darle las gracias». Al parecer Felipe VI ha tenido por ahora la dignidad de no cumplir la humillante sugerencia.

A partir de ahí, triple castigo al Rey. Se le prohíbe de facto visitar Ceuta, a donde a este paso va a llegar antes que él hasta Yolanda Díaz. Se le prohíbe también hablar de la crisis ceutí, pues han pasado más de veinte días y no ha salido una palabra al respecto de su boca. Y se intenta desacreditar su figura, empezando con una polémica boba (las quejas gubernamentales sobre que se hizo una foto en Colombia con un periodista de derechas que vive en América y que buscó su selfi con él).

Algunos creen que lo que está pasando es el preludio de la detonación del último cartucho del sanchismo, que consistiría en abrir el debate sobre la Monarquía. Sánchez lanzaría al PSOE contra la Corona en una osadísima maniobra de distracción, que supondría al tiempo una suerte de revolución de guante blanco contra el orden constitucional del 78. Se buscaría el fin de un modelo que sus socios de la izquierda comunista, Bildu y el separatismo catalán denominan con infinito desprecio «el Régimen del 78». Sería sustituido por lo que podríamos llamar el Régimen de la Ex-España, una confederación de naciones con dos mini Estados asociados, Cataluña y el País Vasco, a los que podrían seguir otros.

Sánchez ha sido el presidente de los imposibles. Su colección de actos antaño impensables hace que cualquier hipótesis disparatada merezca ser considerada. Pero aún así, considerarlo capaz de cargarse la monarquía y de destripar la Constitución del 78 supone sobrevalorarlo, porque Sánchez es un marrullero amoral y tenaz, pero también es un dirigente que siempre ha contado con escaso apoyo popular. Por el contrario, Felipe VI supera de largo en estima a los políticos, aun habiéndose dejado algunos pelos en la gatera con su silencio ante la amnistía al golpismo catalán, que él había contribuido a frenar. No veo a Sánchez dando una batalla abierta para acabar con la Corona, porque más bien lo veo acabado y de salida.

Al estudiar su relación con el Rey se está pasando por alto la peculiar psicología del presidente (y lo de peculiar es el adjetivo amable). Sánchez, de 54 años, ha hecho de menos al Rey, de 58, porque con su altanería egotista no soporta ver a alguien por encima. Además, Felipe VI goza de más apoyo popular y tiene más prestigio y clase que él (incluso mide siete centímetros más que el exjugador –malo– de Estudiantes). Si el Rey entra en un bar de cualquier localidad, lo habitual son aplausos, sonrisas y fotos. Si entra el otro, los abucheos apagan hasta la musiquita de la tragaperras.

Su sueño calenturiento sería fundar una nueva dinastía hereditaria, la de los Sánchez, un poco al estilo de la de los Kim de Corea del Norte. Dado que eso es un delirio imposible, se dedica es a hacerle puñetitas al Rey, mano a mano con el redicho Albares. Le ha rebajado su agenda internacional y el número de ministros que lo acompañan. Le hace pequeños feos protocolarios. Lo desdeña acudiendo a despachar con él sin un solo papel en la mano. Ha pasado del jefe del Estado hasta en decisiones tan importantes como el acuerdo secreto con Marruecos para virar en el Sáhara…

Su súper ego no puede soportar que haya en la sala otro divo de mayor consideración y prestancia. Tampoco olvida Paiporta, donde uno quedó como un valiente y el otro retratado como un cobarde a la fuga. Así que se desfoga haciéndole malas jugadas, alguna tan infame como no permitirle estar en Ceuta al lado del pueblo que sufre.

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