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Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

Una moral universal

Es verdad que muchos principios y verdades morales que defiende el cristianismo no son meramente cuestiones de fe impuestas a los creyentes de forma más o menos arbitraria

Uno de los sueños de la humanidad ha sido siempre la posibilidad de alcanzar una moral universal, compartida por todos los hombres. Muchos serían los beneficios que con ello cabría conseguir. Es evidente que no se ha alcanzado, que incluso estamos cada vez más lejos de hacerlo y que probablemente sea imposible.

Con frecuencia se habla en nuestro tiempo de la existencia en Occidente de un profundo e intenso conflicto cultural. En ocasiones se habla incluso de guerra cultural. No siempre se identifica a los eventuales contendientes, aunque suele señalarse al cristianismo y al ateísmo materialista. No cabe duda de que sus diferencias son enormes. En ocasiones algunos hemos sostenido que en realidad sería posible un diálogo, incluso un acuerdo básico, entre el cristianismo y la versión ilustrada y racional de la modernidad. No con sus versiones radicales y agresivamente anticristianas. Y ya es casi un tópico apelar a los debates mantenidos por el teólogo Joseph Ratzinger y el filósofo Jürgen Habermas.

Sin embargo, no resulta nada fácil. Es verdad que muchos principios y verdades morales que defiende el cristianismo no son meramente cuestiones de fe impuestas a los creyentes de forma más o menos arbitraria. Por ejemplo, la mayoría de los preceptos del Decálogo. Entre ellos, no matar. Y, sin embargo, defendiendo este precepto, unos repudian el aborto y el suicidio y otros los consideran un derecho. Y uno se puede preguntar si una moral religiosa no diferirá necesariamente de una moral sin religión.

Naturalmente, también surgen algunas diferencias en el seno del propio cristianismo. Veamos lo que nos dice el filósofo danés Kierkegaard a propósito del suicidio, contraponiendo las visiones cristiana y pagana. No es lo mismo concebir que la existencia humana es espiritual y reposa en Dios que entender que es autosuficiente y no se realiza ante nadie. La segunda tendrá necesariamente un componente de frivolidad y la ausencia de toda seriedad cristiana. Seriedad no es rigidez, ni amargura, ni ausencia de humor. De aquí que el pagano juzgara el suicidio de manera frívola e incluso lo encomiara. Al pagano le faltaba la determinación del espíritu y la relación con Dios. «El punto principal en el suicidio, el hecho de que es justamente un crimen contra Dios, se le escapa por completo al pagano». El suicidio es, en última, instancia, desesperación. Esto no significa, creo, que todo pagano deba defender la licitud del suicidio, pero sí que ningún cristiano puede aceptarlo. Hay aquí una diferencia radical que el diálogo por leal que sea no puede dirimir. Decirle a un ateo que el suicidio es un crimen contra Dios no parece que vaya a resultar demasiado persuasivo. Pero eso es precisamente lo que es: un crimen contra Dios. El acuerdo llegaría solo en el caso de que todos los hombres creyeran en Dios. Tampoco bastaría con que todos fueran ateos pues entre ellos cabría la discrepancia, aunque la aceptación sería abrumadoramente dominante. Dicho sea de paso, Kierkegaard afirma que la fe no se defiende. Es un ataque, una victoria. Una fe a la defensiva no es una auténtica fe.

La consecuencia de esto parece ser que para el cristianismo el fundamento de la moral es religioso, pues se encuentra en Dios, en su voluntad y en su inteligencia. Y esto es la verdad. Por lo tanto, este es también el fundamento de los derechos humanos. Por eso tampoco se alcanza un acuerdo acerca de su fundamento y contenido. Este es el verdadero fundamento. Luego existe otro posible, derivado de este: el fundamento metafísico o racional. Pero siempre derivado del primero. En realidad, el fundamento de la moral es la fe en Dios. Sin este, quedan la metafísica y la razón humana, pero estas siempre son débiles e inseguras. No hay que olvidar la genial advertencia de Nietzsche de lo que sucederá después de la «muerte de Dios»: el imperio del nihilismo.

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