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Enrique García-Máiquez

Cenas de verano

Hay una urgencia prenostálgica en aprovechar las últimas noches y apurar la compañía antes de que septiembre nos disperse

Entre las muchas cosas que Christopher Nolan escamotea del Homero original está el gusto por la comida y la fiesta. Lo ha señalado en estas páginas José María Sánchez Galera: «Homero es la barbacoa playera de Odiseo y sus camaradas. Lo leemos en La Odisea: «El entero día hasta que el sol se puso estuvimos echados banqueteando carne incontable y deleitoso licor» –pero eso no lo vemos en la película de Nolan, excepto cuando constituye una transgresión–.

No es un tema menor ni culinario. Homero había afirmado: «No hay desenlace más grato que el regocijo de toda una gente alrededor de mesas colmadas de pan y carnes, escuchando al aedo mientras el bodeguero escancia el vino. ¡Esto mismo me parece en mis sesos que es lo más hermoso!». ¡Lo más hermoso! Nolan se lo salta o lo subvierte. Con cierta lógica: el cineasta no retrata a Homero; refleja nuestro mundo, que va perdiendo la alegría de la buena mesa y de la buena bodega. Y de los buenos aedos.

Pero nosotros, no. A mediados de agosto los días se acortan por partida doble. Anochece antes y, encima, quedan menos vacaciones. Por eso se multiplican las cenas con amigos. Hay una urgencia prenostálgica en aprovechar las últimas noches y apurar la compañía antes de que septiembre nos disperse.

Comer juntos no es sólo alimentarse. Es, como sabía Homero, una ceremonia civil, y no del todo laica si se bendice la mesa, como yo aconsejo por razones teológicas, pero también gastronómicas. Todo sabe mejor si se agradece.

La buena mesa es la civilización condensada. Acierta Jean Raspail en El campamento de los santos cuando concentra el alma de Europa en el amor de un viejo profesor por su heredado tenedor de plata y sus viejas mantelerías. En la mesa se bendice, se brinda, se ejercitan las buenas maneras y, mediante los productos de cercanía, las recetas heredadas y el vino con denominación de origen, el paisaje se nos sienta a la mesa. Y, sobre todo, se charla. Como no se puede hablar con la boca llena, si la comida es deliciosa, uno queda maravillosamente predispuesto a dejar hablar a los otros, milagro cada día menos frecuente.

El año pasado, por estas mismas fechas, como pide nuestro calendario sentimental, hablé de las cenas de verano. Recomendaba «marcarse un Montaigne». ¿Lo recuerdan? Lo sigo recomendando. El ensayista por antonomasia aconsejaba llevar la conversación hacia aquello que cada interlocutor conoce de verdad, por su oficio o afición. ¿Para qué empeñarnos en contar lo nuestro si justo eso es lo único que ya nos sabemos? Si habla otro, él disfrutará y nosotros aprenderemos. Cuando la cena es muy buena resulta más fácil alcanzar esa altura filosófica: mientras comemos, nos callamos… encantados.

Hay una razón poética. Por una magnífica sinestesia, asociamos el sabor del vino y el placer del plato a lo que dice el compañero. Según una antigua costumbre judía, al niño que empezaba a aprender las letras se le daba algo dulce para que asociase el saber con el sabor. Algo así nos ocurre oyendo a un amigo alrededor de una buena mesa. La conversación se paladea mejor.

No es casualidad que tantas palabras importantes de nuestra cultura desemboquen en una mesa: compañerismo, invitación, hospitalidad, sobremesa, comunión… Nos sentamos a comer, pero también a reconocernos. Y viceversa. En una mesa redonda, además, todo es principio y final y principio. Cuanto más cortos y raudos se hacen los días, más larga –y necesaria– se hace la noche. Las sobremesas de finales de agosto son una conspiración contra dos finales: el del verano y el de una civilización.

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