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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

La era del mal gusto

Probablemente soy un carca, pero nunca pensé que vería a personas con la cara tatuada en plan mara por las calles españolas

Estoy contento en el siglo XXI, aunque un poco asustado por la carrera del rearme, que siempre acaba mal, y por el creciente descontrol con la IA. Pero sé que me moriré siendo una persona del siglo XX, porque nací y fui joven en él.

Resultó una centuria dolorosamente convulsa, con las dos guerras más sanguinarias de la historia, con las fábricas de asesinar de Hitler y Stalin, con la capacidad de aniquilación de la bomba atómica, con el terrorismo matando con furia ciega… Pero fue también el siglo del mayor salto al futuro de la historia, donde el hombre empezó a volar y hasta pisó la la Luna. El siglo del automóvil, la penicilina, los trasplantes, la llegada de internet y el móvil… El siglo en que las mujeres se incorporaron masivamente al mundo profesional, el de los Beatles, Elvis y Miles, el de las grandes vanguardias literarias y artísticas y el del nacimiento de la moda prêt-à-porter.

El siglo XX fue también un siglo elegante, al menos hasta que llegaron las patillas de hacha y los pantalones de campana de los barrocos años 70. Los que somos aficionados al cine clásico, a las películas de gran reserva de Mankiewicz, Bogart, Katharine Hepburn, Wilder, Cary Grant, Hitchcock, Orson Welles… reparamos muchas veces, además de en la calidad de los diálogos, en la elegancia casi natural de los atuendos, edificios y escenarios de las cintas de los años cuarenta y cincuenta. Lo mismo sucede cuando vemos viejos álbumes de fotos familiares, o algunas históricas. Incluso las personas sin muchos recursos, que por desgracia eran mayoría, guardan una compostura en su atuendo y sus peinados, y también respetaban una educación básica a la hora de interactuar. El mobiliario era más pobre que el que ahora, cierto, pero esa sobriedad le confería una austera dignidad.

Asumo que me voy convirtiendo en un carca refunfuñón, pero aún así he llegado a la convicción de que vivimos en una era donde impera un desasosegante mal gusto. El lunes pasado salía del periódico a tomar un café y vi venir de frente a un padre treintañero empujando el carrito de su bebé. Hacía mucho calor y el tío vestía una camiseta de baloncesto de asas, unas bermudas muy flojas y unas playeras de mucha goma. Pero no fue eso lo que me llamó la atención, sino que a ambos lados de la boca llevaba tatuados dos tigres, en un tatuaje que luego se prolongaba por su cuello. «Pobre bebé, menudo padre le ha tocado», fue la primera idea que me vino a la cabeza (luego observé que lo cuidaba con esmero y que había pecado de prejuicioso).

En los días siguientes me fui fijando y vi a más personas con tatuajes en la cara y el cuello, o con los brazos entintados por completo, prácticas que creía reservadas a las tribus maoríes o las maras salvadoreñas y que jamás pensé que vería en las calles españolas.

El imperio del mal gusto incluye todo tipo de tatuajes feístas y tíos con piernas peludas en bermudas y chancletas en las oficinas, o empleadas –y algún empleado– enseñando el ombligo en el curro. Sexagenarios con su pancita cervecera embutida en camisetas adolescentes. Charos con pelos rojos y violetas y gafas de pasta ancha y multicolor. Chavales que destrozan sus facciones con arandelas en la napia y se taladran la lengua y el ombligo. La fatídica gorra de béisbol, que no le queda bien a nadie de más de 30 años. Y la universalización de las zapatillas deportivas, casi convertidas en el calzado único y que a los que ya estamos más cerca de la tumba que de la cuna nos sientan como un disfraz cuando se combinan con ropa de vestir.

La era del mal gusto incluye también considerar que te informas mejor con Instagram y TikTok que con los periódicos, o no dejar salir en el metro antes de entrar (antaño algo impensable y hoy casi común en Madrid), o hablar masticando al tiempo, o llamar «chicos» a comensales y clientes en edad provecta, o utilizar un léxico anémico y con coletillas insufribles («o sea, ¿sabes lo que te digo»), o llamar «evento» a cualquier gilipollez, o insultar gratuitamente al prójimo en redes sociales ocultándose tras la cobardía de un seudónimo…

Pero probablemente estoy perfectamente equivocado y es más elegante Karol G que Audrey Hepburn, Yamal que Franz Beckenbauer y David Uclés que Gustavo Adolfo Bécquer.

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