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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Apagarse

Lentamente, las personas que te aportaban la máxima seguridad comienzan a debilitarse y vuelven a ser niños indefensos

Una comida en familia, en un restaurante de amplia cristalera con vista directa al mar, y de repente la abuela hace un comentario extraño: «Mirad que estrellas bailan allí al fondo, en el cielo». Los comensales se miran con cara de «pero qué dice ahora esta». Al final se descubre que a la anciana no le falta un punto de razón. En efecto, hay unas luces formando una bonita composición entre el cielo y las olas. Pero son solo el reflejo de los leds de la lámpara barroca del comedor sobre una enorme luna de cristal.

Lentamente, o a veces de manera acelerada por una demencia rápida y dura, las personas que nos aportaban la máxima seguridad, los pilares que nos dieron todo lo que tenían, comienzan a debilitarse y vuelven a ser niños. Siempre empieza igual, con frases que se repiten y un inclemente «esto ya me lo has contado» por parte del interlocutor, que al principio crea un cierto apuro a todas las partes, hasta que una aprende a no hacer comentarios bobos y a la otra ya le da todo un poco igual.

Luego vienen las miradas abstraídas, con la persona abismada de en vez en cuando en su mundo privado, cada vez más inalcanzable. El gusto por la charla y la compañía va decreciendo y la rutina se convierte en la mejor aliada del viejo. Finalmente la memoria se irá tornando borrosa. Llegará un día en que cuando acierte a pronunciar tu nombre lo verás como una proeza y casi te arrancará una lágrima (o sin casi).

Es asombrosa y ridícula nuestra vanidad, nuestra soberbia arrogante. Nuestra ilusión de que somos inmunes a la erosión del tiempo, de la que nadie escapa, tampoco los que se tunean por fuera en quirófanos y centros de estética. Aquella eminencia de memoria e ingenio prodigiosos, acreedora de todos los laureles, irá perdiendo su chispa. Aquella belleza que cortaba el aliento se verá surcada por un mapa de arrugas, con fofez y fatigas. Aquellos atletas que nos asombraban se encorvarán y sus piernas como columnas se tornarán patitas de pollo. Aquellos estadistas que tanto respeto imponían serán abueletes que repiten la misma batallita, que cada vez interesa menos a un público que acabará choteándose un poco de sus admoniciones. Aquella eminencia de la empresa, que nada en millones y millones, ahora necesita que una persona le ayude en menesteres privados que los niños pueden hacer solos.

La esperanza de vida se ha alargado muchísimo, la vida familiar está en crisis, con una espantosa epidemia de divorcios de la que nada se habla, y cuidar a los viejos se ha convertido en uno de los mayores problemas de nuestro tiempo. A casi todos nos aparcarán en residencias, donde recibiremos alguna visita apresurada, más que nada para sacudirse la mala conciencia.

En España, gracias a la huella de la familia católica, todavía nos preocupamos por cuidar a nuestros padres y abuelos y los apreciamos en lo que valen. En sociedades que se creen más avanzadas van ya por muy delante en lo que el Papa Francisco denunció con tanto acierto como la subcultura del «descarte». En algunos países muy «progresistas», Canadá, Países Bajos…, se empieza a sugerir al anciano que estorba la benéfica aguja de la eutanasia pública. En España, un gobierno desalmado en todos sus comportamientos ya ha abierto también esa senda espantosa.

No hay mayor estupidez que no respetar y cuidar a los viejos, porque la vida galopa y la ancianidad nos aguarda a todos en la penúltima esquina. Ojalá siguiera vivo el prodigioso escritor rural francés Christian Bobin, porque podría explicarlo infinitamente mejor, con su maravillosa prosa poética: «La vida es tenue, como un hilo que puede romperse en cualquier momento, pero es precisamente en su delicadeza donde reside su verdad», así escribía Bobin, que sabía lo que se hacía y veía la estela de Dios hasta en el vuelo de los gorriones frente a su mesa de trabajo.

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