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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Mónica, pija estupenda

Salvo contadas excepciones, el comunismo es cosa de pijos sin futuro y de pijas estupendas que nacieron pijas, viven pijas y morirán pijas

Ha sido muy emocionante la visita de la ministra Mónica a Ceuta. El personal no sabía a qué atenerse; hasta el último minuto hubo dudas. Se preguntaban en salas desbordadas, o encerrados en casa, o paseando por playas trocadas en vertederos, si la médica y madre, con lo que es ella, complacería a sus seguidores. Se le pedía que actuara en uno de los dos únicos lugares donde su ministerio tiene competencias (el otro es Melilla). Pero con las pijas ya se sabe, son caprichosas, volubles, antojadizas. Las han educado así, no es culpa suya. Nacen y crecen entre algodones, como muchas otras. Pero las pijas no encuentran el momento de abandonar la tontería. En Ma-me-mi-mo-mu (madre, médica, ministra, Mónica y mujer) se reproduce una trayectoria conocida: la pija consumada que no es tonta del todo.

De la actitud indolente y el característico deje clasista en la voz no se libra ni se librará nunca. Por eso la pija, al contrario que el pijo, ‘es’. El pijo solo está; está en plan pijo, pero a medida que crece se despoja de la pijería, se despija. Puede que ellos, en casos muy extremos, no lo noten. Pero su entorno se da cuenta. El achaque no va con el pijo porque el pijo debe adoptar siempre una disposición deportiva. Cuando el cuerpo no da más de sí, el pijo deja de ser pijo y pasa a ser una persona normal, o bien, si se empeña en seguir con la conducta chorra y en mantener la prosodia pija, deviene un paria patético, un ser ridículo al que sus antiguos aduladores evitan.

La pija es otra cosa. Ma-me-mi-mo-mu ya no es una niña, aunque no ha llegado a los achaques. Estudió Medicina. Es anestesióloga, una especialidad cómoda dentro del quirófano. Ahí podría subyacer un reparo de pija –estoy especulando– que no quiere tocar al enfermo, y menos sus heridas, en tanto que le alcanzan los méritos y deméritos de las operaciones. Se puede ser mujer anestesista, crecer y seguir siendo igual de pija que siempre. Así pues, la ministra Mónica, a diferencia de la mayoría de sus camaradas, ha estudiado una carrera de verdad. Dejemos claro que la pija no tiene por qué ser tonta. El pijo sí, la pija no. Pero el principal equívoco a disolver, pues atraviesa innumerables malentendidos, es la supuesta contradicción entre ser pija y ser comunista.

Dos terceras partes de los comunistas que conocí en la Barcelona de los años setenta eran pijos. Ni siquiera debo esforzarme en demostrárselo, habrán leído a Juan Marsé, Últimas tarde con Teresa, 1966. El personaje del Pijoaparte, en una lógica superficial, debería ser el comunista. Es al revés. La jerga cargante, marxiana, de militante comunista la usan los amigos de Teresa, una banda de pijos insoportables. Como subrayaba Antonio Escohotado, los clásicos líderes comunistas nunca trabajaron. Hoy, salvo contadas excepciones, el comunismo es cosa de pijos sin futuro y de pijas estupendas que nacieron pijas, viven pijas y morirán pijas.

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