La fatwa fatua
Lo primero que salta a la vista es que la fatwa contra un falangismo de hace cuatro décadas sale de comunistas actuales, orgullosos y, en teoría, ya maduros, y de socialistas que presumen de ser del PSOE a estas alturas de la historia
Nada más conocer el nombramiento de Rafael Sánchez Saus, catedrático de Historia Medieval y exrector de la Universidad CEU San Pablo, como viceconsejero de la macroconsejería de Vox en la Junta de Andalucía, lo celebré. Resulta revitalizante que alguien con su prestigio y trayectoria, a los 70 años, tenga la generosidad de comprometerse con la vida política. Las circunstancias son épicas: Vox es el socio minoritario que el PP ha aceptado a regañadientes y la izquierda está deseando morder. Ya tenemos, decía entonces, dos cosas que agradecer a Sánchez Saus: la dignificación de la política con su entrada y su gestión éticamente impoluta, que acaba de empezar, es verdad, pero que, conociéndole, podemos dar por culminada con toda certeza.
No había acabado de escribir aquello cuando las tres izquierdas a una han levantado un escándalo político a cuenta del lejano pasado falangista de Sánchez Saus. Ahí se han ido las fuerzas de progreso –avanzando siempre hacia atrás– para lanzar una fatwa contra este nombramiento, que es el primer éxito de Manuel Gavira.
Es muy posible que Juanma Moreno Bonilla se esté diciendo: «Yo ya lo dije: pactar con Vox iba a ser un lío, y aquí tenemos el lío». Si fuese así, como sospecho aunque sin pruebas, sería conveniente señalarle a Moreno que el lío no lo provoca Vox, sino los que escarban en la biografía de una persona en busca de motivos para cancelarla. Aquí lo suyo es hacer lo que he visto por las redes: contestar «Fue falangista, ¿y qué?», y a otra cosa.
En una columna de análisis compensa, sin embargo, pararse un poco más, aunque sea la última vez. Lo primero que salta a la vista es que la fatwa contra un falangismo de hace cuatro décadas sale de comunistas actuales, orgullosos y, en teoría, ya maduros, y de socialistas que presumen de ser del PSOE a estas alturas de la historia y de la actualidad. Quedan en evidencia la doble vara de medir y el desequilibrio que se ha instalado en nuestra democracia. Poco a poco, hemos llegado a la más sistemática –ya sistémica– negación del espíritu de la transición y del famoso abrazo, que lideró Adolfo Suárez, falangista de pro. A base de asumir el marco de la memoria histórica en vez de derogarlo, se ha llegado a la situación de negar de facto la legitimidad política a media España.
Además, observen el Martin Niemöller que se marcan los escandalizados. Ya saben aquel poema de la persecución creciente. Aquí vinieron primero por el falangista, pero como se dan cuenta de lo ridículo que es rebuscar los utopismos de un joven de hace cuarenta años, añaden que es ultracatólico (por estar contra el aborto y pertenecer a la ACdP, de tan limpias credenciales). Y como venir a por los católicos les parece amortizado, convierten en machismo unas reflexiones preocupadas por la implacable crisis demográfica y, por último, recuerdan que fue rector del CEU, una universidad privada, que eso les parece lo peor. Van cerrando herméticamente la política a todos los que no piensen al milímetro como ellos o no les pidan perdón por existir.
Es tan burdo el procedimiento, tan manido y tan sobreactuado, que prácticamente nadie parece habérselo tragado. Es la verdadera sorpresa: la fatwa ha devenido fatua. La gente o se encoge de hombros o comparte sus prevenciones contra el sistema autonómico y su rechazo a embobarse con al-Ándalus.
No esperaba yo que el tercer logro del flamante viceconsejero fuese a llegar tan pronto. Pero este empeño en desprestigiar su figura está sirviendo para acelerar la obsolescencia del doble rasero. Las críticas han quedado tan impostadas y han recibido tan poco apoyo social que hasta Juanma Moreno habrá constatado que el lío era más bien pequeño y, sobre todo, que es necesario. Hay que recuperar el sentido común y la proporcionalidad del juicio moral aplicado contra unos y nunca a otros. El auténtico abrazo de la democracia comienza por no dar tu brazo a torcer.