Contad, medid y comparad
Comparar el mundo de nuestra infancia con el de ahora no es solo un ejercicio melancólico, sino también político
En el suplemento El Debate de las ideas, se recogía una cita de Jean-Jacques Rousseau que, sorprendentemente, nos ha recordado alguien tan poco rousseauniano como Miguel d’Ors. En el capítulo IX del «Libro III» de El contrato social se lee: «Me sorprende que se desconozca un signo tan sencillo o que se tenga la mala fe de no estar de acuerdo con él. ¿Cuál es el fin de la asociación política? La conservación y la prosperidad de sus miembros. Y ¿cuál es el signo más seguro de que se conservan y prosperan? El número y la población. No vayáis, pues, a buscar en otra parte tan disputado signo. El gobierno bajo el cual, sin extraños medios, sin colonias, los ciudadanos se multiplican, es infaliblemente el mejor. Aquel bajo el cual un pueblo disminuye y decae, es el peor. Calculadores, el asunto es ahora de vuestra incumbencia: contad, medid y comparad». Es un aviso impresionante. ¿Queréis una prueba del buen o del mal gobierno? Mirad la demografía. Si se hunde, estamos ante el peor gobierno. Y aquí y ahora, en toda Europa, pero especialmente en España, la demografía se despeña.
Miguel d’Ors se siente intelectualmente muy unido a su padre, don Álvaro d’Ors, insigne romanista, que una vez nos dijo algo parecido en las aulas de la Universidad de Navarra. Es posible, nos advirtió, que seamos menos libres en una impecable socialdemocracia que todo lo regula, ora prohibiéndolo, ora imponiéndolo, que en una dictadura antigua sin tantos medios para implantar un Estado policial. Venía a pedirnos, pues, que contásemos, midiésemos y comparásemos. La libertad no se basa en las proclamas libertarias, sino en la posibilidad de vivir cada uno con holgura en su día a día.
Apliquemos los criterios de los dos d’Ors. En los datos está la verdad de nuestra situación, como puede verse en un desplome demográfico que habría convertido al mismísimo Rousseau en un activista provida y en un defensor de la familia. Y como puede vivirse en una libertad real cada vez más constreñida por un sistema que presume, encima, de garante de las libertades. Comparar el mundo de nuestra infancia con el de ahora no es solo un ejercicio melancólico, sino también político.
Ustedes son muy jóvenes, pero yo recuerdo un tiempo en que ser cuatro hermanos, como éramos nosotros, suponía pertenecer a una familia normalita, tirando a corta; en que los juegos infantiles no estaban regulados; en que el trabajo de un padre mantenía (bien) a toda la familia; en que los impuestos no asfixiaban el ahorro y la inversión; en que no había leyes para todo ni vecinos que se encargasen de vigilarte y chistarte o denunciarte a cada paso. No nos damos cuenta de cómo ha cambiado todo porque nos pasa lo que a los beduinos de aquel apólogo quizá borgiano. Salieron de una ciudad para hacer un larguísimo viaje por el desierto. El camino transcurría junto a un muro blanco. Ese muro, día a día, mes tras mes, años y años, iba cambiando muy poco a poco de color, oscureciéndose gradualmente. Al llegar al destino, el muro era negro, pero ellos no se habían percatado de la transformación. Por eso es bueno seguir al menos ese consejo de Rousseau: contar, medir, comparar. Así descubriremos de pronto el muro que hemos tenido todo el tiempo delante de nuestros ojos.
Ojo, que soy muy partidario de las mejores intenciones, de los principios firmes y de los planteamientos generales. No digo que haya que repudiarlos ni preferir una dictadura rudimentaria. No perdamos el quid de la cuestión. Se trata de oír, claro, pero también de ver los datos. Que los discursos no nos distraigan del curso de los acontecimientos.