Necesitamos trascendencia
Como gusta de recordar León XIV citando a Tolkien, cuando las raíces son profundas no llega a ellas la escarcha. Se está viendo
La visita de León XIV está originando ríos de tinta como para llenar embalses. Ha acabado siendo noticia –en espléndida voluta barroca– también su propia resonancia. La cobertura forma parte del acontecimiento. Tanta atención merece nuestra atención.
Los discursos propiamente dichos se analizan con lupa, como es lógico, y se rezan con devoción, como es teológico. Como es periodístico, se comentan los gestos, los actos organizados, las respuestas, la música, las cabezadas de aquel o la compostura de tal o cual persona. Natural que todo se sopesa y discuta, más aún en un contexto español tan crispado. ¿Qué dijo? ¿Qué quiso decir? ¿Por qué calló en esto o insistió en aquello? ¿Qué sugirió? ¿Qué cara puso el Gobierno? ¿Qué pensó el cardenal Cobo? Etc.
Tiempo habrá de eso, pero, estando todavía inmersos en la vorágine de la visita, centrémonos en lo inmóvil. España se ha concentrado en la visita del Vicario de Cristo en la tierra. Y esto, por encima de todos los legítimos comentarios, demuestra que el catolicismo conserva una capacidad de convocatoria y de interpelación que ninguna otra institución posee. Como gusta de recordar León XIV citando a Tolkien, cuando las raíces son profundas, no llega a ellas la escarcha. Se está viendo.
La fuerza de los ritos, la evocación de los símbolos, la gracia de los sacramentos se imponen, además, hora tras hora, a la mecánica de los actos y las actuaciones. Asistimos, si nos fijamos, en vivo y en directo, a un sobreponerse de lo sobrenatural a la agenda de recepciones. La figura institucional del Papa se transparenta y se engrandece su misión espiritual. Mientras los comentaristas descifran matices diplomáticos, los fieles hacen cola para confesarse, rezan el rosario y guardan silencio ante el Santísimo. Hay una realidad paralela a los titulares, que titila. Paralela, sí, pero por encima. Las oraciones van sacralizando sin prisa y sin pausa toda la visita del Pontífice, tendiendo un puente entre lo protocolario y lo profundo. Se expande una insólita alegría en el ambiente y los confesionarios hacen su labor de zapatas. El Papa dijo: «Necesitamos trascendencia», pero no lo dijo para pedirla, sino para traerla.
En una actualidad saturada de declaraciones, interpretaciones, análisis instantáneos y tertulias ininterrumpidas, lo más elocuente ha sido el silencio. Al que León XIV nos convoca con exigencia y belleza. La adoración a Cristo Sacramentado ha ocupado el centro del viaje papal. No podía ser de otro modo, siendo Corpus Christi, ni siendo la Iglesia Católica la custodia de Cristo. Una canción pedía que «alabarte a Ti, Señor, sea siempre lo primero […] Tú, el único Rey que tiene que reinar». El silencio ha sido el himno de ese reino.
El Papa de rodillas, más Sumo Pontífice que nunca, cabeza –inclinada– de la Iglesia de Cristo, es una imagen que vale más que mil análisis de unos y de otros. He ahí la fuerza y la raíz de este viaje apostólico. Por supuesto, hay discursos y mil detalles que contar, que entender, que sopesar y que desarrollar, y se está haciendo muy bien o no tan bien, pero ya en otro plano. Lo esencial está quedando clarísimo cuando más falta nos hacía.
Tanto ruido mediático es el telón de fondo sobre el que brilla el ansia de Dios que late en el corazón inquieto de nuestra sociedad en crisis. De eso no cabe duda. Podemos y tendremos que seguir dando vueltas por los alrededores. Pero estos días ha vuelto a verse algo muy antiguo y muy nuevo: la Iglesia se arrodilla ante Cristo. Todo lo demás cae por su propio peso y encuentra inexorablemente su lugar.