El rodadero de los lobosJesús Cabrera

Un 'pa ná' en Cruz Conde

«A los toldos que se pueden ver en las calles del centro de Córdoba sólo les queda el efecto placebo contra el calor»

Acabamos de salir de una ola de calor y ya tenemos a unas cuantas calentando por la banda para hacer su aparición cuando menos se les espera. Las olas de calor dan mucho juego en verano, porque renuevan las conversaciones de ascensor y son una gran excusa para no ir a determinados sitios.

Con independencia de que haya ola de calor o no la sombra es el bien más cotizado en Córdoba en estos meses estivales. Puede ser natural, que es la que proporcionan los árboles o los propios edificios, o artificial, a base de toldos, que es lo que más se reclama para cubrir las carencias existentes.

Los toldos son desde hace bastantes años un elemento de batalla porque todo el mundo quiere toldos, desde Fátima hasta Miralbaida, pero esto no puede ser y por eso se decidió en su día limitarlos al centro de la ciudad con posibilidad de expansión a otros barrios comerciales.

Hace unos años, el gobierno municipal anunció unos itinerarios de sombra por toda la ciudad que se han quedado en el tintero. La excusa era que había que poner primero los toldos en los colegios, que han sido sólo 35 aunque la sucesión de anuncios y presentaciones pueda hacer que parezcan más, muchos más.

El Ayuntamiento se gasta cada año unos 60.000 euros en el montaje y desmontaje de los toldos en el centro y, a decir verdad, poco benefician a ese confort climático que ahora tanto se lleva. Entre la altura a la que se colocan, el hecho de que las lonas estén microperforadas y dejen pasar buena parte de la luz -y del calor- así como que los tramos de toldos sean fijos discontinuos -como los contratos de Yolanda Díaz- el efecto que provocan en la bajada de las temperaturas en la vía pública es imperceptible, por no decir inexistente.

A los toldos que se pueden ver en las calles del centro de Córdoba sólo les queda el efecto placebo contra el calor, porque no son tan milagrosos como los de este año en el recinto de El Arenal, capaces de bajar el termómetro en 23 grados de una tacada, como informó en su día el Ayuntamiento.

Ese efecto placebo puede ser efectivo en Jesús y María, en Gondomar o en Concepción donde -con sus correspondientes claros- hay una sucesión de toldos lo suficientemente generosa como para hacer creer a uno que está en el pasillo de los yogures del supermercado. Pero lo de Cruz Conde es diferente, porque ahí el efecto placebo no funciona.

La calle tiene unos 400 metros de longitud y sólo hay toldos en ocho metros de la misma. Se entre por la plaza de las Tendillas o por Ronda de los Tejares se ve esa franja ridícula de ocho metros y lo primero que uno piensa es en la utilidad de proyectar una sombra microperforada a la que uno no se llega a aclimatar porque enseguida se sale de la misma.

Vamos, que el gasto -sea el que sea- de la colocación de estos ocho metros de toldo en Cruz Conde más que beneficiar a la población invita a la chanza y a la guasa fina. Es un ‘pa ná’ de los gordos que hace el ridículo frente a la sombra densa de los magnolios o la siempre gratificante de las marquesinas de esos comercios que se apiadan del viandante en verano.

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