El rodadero de los lobosJesús Cabrera

Luto por Hermanos Bonillo

«Una guía debería recoger esa liga de lugares cuyos nombres se susurran al oído sin que merezcan páginas de cuché ni clientes recién bajados del AVE»

El cierre de Hermanos Bonillo merece que, al menos, se le guarden tres días de luto: banderas a media asta, suspensión de actos lúdicos y gesto contrito en el rostro. Córdoba no puede acostumbrarse a esta paulatina pérdida de identidad que siempre se lleva por delante algo de nosotros.

Mientras tanto, una guía debería recoger para público conocimiento esa liga de lugares cuyos nombres se susurran al oído sin que merezcan páginas de cuché ni clientes recién bajados del AVE. Juegan en otra división y no les interesa la Champion ni los grandes trofeos, sino que el local se llene cada día de un público dispuesto a pasarlo bien y a hincharse de comer sin importarles las calorías ni la fritanga. Así es su clientela y ahí está su gloria.

Además, son establecimientos de leyenda. No puedes figurar en esta categoría si por Córdoba no corre algún sucedido sobre tu establecimiento, que si se duda de la procedencia de la carne de los pinchitos o que el flamenquín troceado lo sirven a veces con tres puntas. Esto no resta clientela, ni mucho menos, ya que cuando esto se comenta es siempre sentado en sus mesas a la espera de que te sirvan.

Todos conocemos esa ruta que va de barrio a barrio y que, se quiera o no, conforma la personalidad de cada uno de ellos. Son el centro de la vida social para todos los vecinos y la referencia para los que vienen de afuera. Hay nombres de calles y de plazas que a nadie les suena, pero sí se añade el nombre del bar que las preside todo cobra sentido.

Estos establecimientos condenados a no figurar en su vida en una guía gourmet tienen la mejor promoción en los comentarios de sus clientes, que hacen correr como la pólvora el tamaño de las raciones, el punto de fritura de los calamares o la textura de la masa de las croquetas. Cada uno de estos establecimientos -faltaría más- tiene plena libertad para fijar la carta que desee, pero sabe que en Córdoba no pueden faltar determinados platos y que entre ellos está el flamenquín y, a ser posible, como Dios manda, sin pimiento ni huevo duro ni zarandajas que lo adulteren.

El flamenquín, por ciento, ha sido todos estos años el buque insignia de Hermanos Bonillo, con un tamaño capaz de hartar a un regimiento. Después viene todo lo demás: el salmorejo, la lechuga frita, el sanjacobo, el revuelto de bacalao o las patatas bravas, lo que usted quiera. Ahora, con sus freidoras apagadas y sus sillas amontonadas todo eso es recuerdo para quien tuvo la dicha de gozarlo.

Está muy bien que Córdoba se conozca por la calidad de su gastronomía y por el refinamiento de sus fogones pero esto no debe eclipsar ese otro grupo de establecimientos que, no sin esfuerzo, consiguen el aplauso por una cocina popular, sin trampa ni cartón, que gusta a todos y que los hace felices.

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