¿Y ahora qué?
«El convento de Santa Marta está declarado desde 1980 Bien de Interés Cultural (BIC), fórmula que ampara no sólo la construcción sino también su contenido»
El pasado lunes fallecía sor Fátima en Santa Marta y la noticia corrió esa tarde como la pólvora por la ciudad porque suponía el fin de este convento, uno de los más antiguos de Córdoba y también de la Orden Jerónima; es decir, si no hay milagro de por medio esto supone el cierre de un capítulo importante de más de cinco siglos de nuestra historia y el riesgo de una pérdida patrimonial sin precedentes.
A esta situación se ha llegado por la propia personalidad de la Orden Jerónima, conocida popularmente como Real y Españolísima Orden por la custodia que hizo de recintos religiosos vinculados a la Corona (El Escorial, Yuste o Guadalupe, entre otros) así como su alergia a implantarse fuera de las fronteras nacionales, salvo leves incursiones en Portugal y México. Esto hizo que las desamortizaciones del siglo XIX fueran letales sobre todo para la orden masculina, que tuvo que esperar casi un siglo para refundarse de la mano de Manuel Sanz Domínguez pero la llegada al poco de la Segunda República y de la Guerra Civil hizo que no alcanzara los planes previstos.
En la rama femenina destaca tras la contienda la figura de la madre Cristina de Arteaga -hija de los duques del Infantado, doctora en Historia y un personaje apasionante-, quien por mandato de Pío XII mete en vereda a los conventos de monjas, hasta entonces, autónomos, sin dependencia jerárquica y muchos desviados considerablemente del espíritu de la orden. Funda una federación que los agrupa y homogeneiza y refresca su savia con novicias llegadas de Kerala, la región más católica de la India.
En esas décadas parece vivirse un resurgir de las monjas jerónimas, pero nadie contaba con que en momentos de decadencia su propia personalidad iba a ser su principal lastre: el voto de residencia. Cada una de ellas, al cruzar la puerta de la clausura, hacía juramento de que jamás saldría de ese convento. Lo que en un principio se ideó como una fórmula de estabilidad a la larga se ha demostrado ser una traba, ya que impide la movilidad de las monjas de una casa a otra para reforzar aquéllas más débiles.
Explicado esto se comprende que la muerte de sor Fátima suponga el cierre de Santa Marta, porque sor María de Gracia, que la ha acompañado ejemplarmente hasta el final, volverá -si no ha vuelto ya- a su convento de Constantina.
¿Qué va a pasar con el convento de Córdoba? La titularidad del mismo corresponde a esa federación que agrupa a todas las monjas jerónimas y puede tomar una decisión que no guste aquí, pero ésta es una orden de derecho pontificio, por lo que será la Santa Sede la que tenga la última palabra sobre cualquier operación que se quiera realizar con el inmueble, que es lo más goloso.
Pero más allá de las cuatro paredes, sus patios y su privilegiada ubicación, el convento de Santa Marta de Córdoba está declarado desde 1980 Bien de Interés Cultural (BIC), fórmula de protección jurídica que ampara no sólo la construcción sino también su contenido con un grado máximo que afecta no sólo a las obras de arte sino también al patrimonio documental, con valiosas piezas que pertenecieron al monasterio de San Jerónimo de Valparaiso.
Respecto al archivo, se sabe que en Santa Marta hay dos arcones con documentación que no está ni siquiera inventariada así una librería con valiosos ejemplares. La inquietud que en estos días reina en ámbitos académicos es lógica porque este material, del que se desconoce el alcance de su segura riqueza, puede en cualquier momento salir de Córdoba y de Andalucía perdiéndose algo que nunca debiera abandonar esta tierra.
Es la Junta de Andalucía, y más concretamente la Delegación de Cultura, la responsable de evitar que de Santa Marta salga un cuadro o un papel. En sus manos está actuar con celeridad para evitar que mañana mismo sea tarde y Córdoba pueda lamentar la pérdida irreparable de un patrimonio que debe permanecer donde está.