EditorialLa Voz de Córdoba

Memento mori

Sostiene cierta tradición histórica que los romanos tenían una costumbre singular. Cuando un general regresaba victorioso y desfilaba entre vítores por las calles de Roma, un esclavo le susurraba al oído una frase destinada a impedir que confundiera el éxito con la divinidad: memento mori. Recuerda que morirás.

Lejos de pretender amargarle los laureles al general aquello era un ejercicio de humildad. Un recordatorio de que ningún triunfo es eterno, de que ningún hombre es infalible y de que el poder puede convertirse en el peor enemigo de quien lo ejerce.

La expresión no pertenece a Séneca, pero difícilmente puede encontrarse una idea más cercana al pensamiento del filósofo cordobés. El autor de las Cartas a Lucilio recomendaba examinar cada noche los propios actos, revisar errores y someter las propias decisiones al juicio más severo de todos: el de uno mismo.

Por eso llamó la atención el balance realizado el pasado jueves por José María Bellido al cumplirse tres años de mandato. No por los logros expuestos, muchos de ellos indiscutibles. La Base Logística, la llegada de inversiones, el desbloqueo de proyectos históricos o la recuperación de una cierta autoestima colectiva de la ciudad forman parte de una realidad objetiva que sería absurdo negar.

Lo llamativo fue la ausencia de cualquier sombra en la exposición. La sensación de que todo marcha estupendamente bien, de que las decisiones adoptadas han sido las correctas y de que los problemas pendientes constituyen poco más que obstáculos circunstanciales en una trayectoria de éxito.Y quizá ahí resida una de las paradojas del poder municipal. Porque Bellido no siempre fue así.

El concejal de Hacienda de los años de José Antonio Nieto parecía más consciente de las limitaciones de la gestión pública. El portavoz de la oposición durante el mandato de Isabel Ambrosio transmitía una mirada más crítica sobre la ciudad y sobre las dificultades de gobernarla. Aquel Bellido parecía conocer mejor las grietas que inevitablemente acompañan a cualquier acción política y la fragilidad de los cargos: hoy teniente alcalde y mañana concejal raso.

Pero el poder modifica la perspectiva.

No porque los gobernantes lleguen a la alcaldía con mala intención. Al contrario. Casi todos acceden al cargo convencidos de que mantendrán intacta la conexión con la calle, con la realidad cotidiana y con los problemas concretos de los ciudadanos. Sin embargo, con frecuencia terminan viviendo dentro de un ecosistema donde cada vez son menos las voces dispuestas a señalar los errores.

Los equipos de gobierno difícilmente lo harán. Tampoco quienes aspiran a conservar su cercanía al poder. Y demasiado a menudo ni siquiera lo hacen los asesores, cuya principal función debería ser precisamente esa: advertir de los riesgos, señalar las contradicciones y recordar al líder aquello que no quiere escuchar. Porque asesorar no consiste en confirmar permanentemente que todo va bien. Consiste en evitar que quien gobierna pierda contacto con la realidad.

La consecuencia es conocida. Las críticas externas empiezan a percibirse como ataques. Las discrepancias se interpretan como deslealtades. Y quienes señalan problemas reales pasan a ser vistos como adversarios, cuando muchas veces cumplen una función democrática imprescindible.

Quizá por eso el viejo memento mori conserva hoy toda su vigencia. No porque recuerde la muerte, sino porque recuerda los límites.

Y en una ciudad como Córdoba, la ciudad de Séneca, no estaría de más que quienes ejercen el poder encontraran de vez en cuando a alguien dispuesto a susurrarles al oído que ninguna gestión es perfecta, que ningún dirigente está libre de error y que la autocrítica sigue siendo una de las formas más nobles de fortaleza política.

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