Corruptelas a la mallorquina y el recuerdo de María Antonia Munar
Mire usted, don Pedro, que el Consell de Mallorca es un lugar peligroso para ejercer en su seno la política de la frivolidad y el despiporre
En el ideario de Vox está -o estaba- la desaparición del estado de las autonomías. Es posible que, ahora que están entrando en el ejecutivo de algunas de ellas -y serán más- vayan cambiando de opinión. En Mallorca, desde luego, le están sacando jugo al asunto. El vicepresidente del Consell, Bestard, ha estado actuando como si fuese una especie de número dos de un pequeño estado insular. No me refiero únicamente al uso indebido de los vehículos oficiales, que está muy mal, sino al rumbo y tronío de sus viajes institucionales. Ahora se ha sabido que el intrépido político cinegético, se gastó 2.600 euros en un viaje de cuatro días a Madrid -acompañado de su jefa de gabinete, que no nos falta de ná- para asistir a una feria dedicada a la caza. Muy bien que estuviese allí, pero eso de alojarse en el hotel Canopy by Hilton a 960 euros por cabeza -lo de «barba», me parece, no procede en este caso- es un despilfarro innecesario y un insulto a los que en estos días pagamos nuestros impuestos con gran dolor de nuestro corazón.
De acuerdo, todo eso es una minucia comparado con la, todavía presunta, corrupción del gobierno de Pedro Sánchez, lo de su mujer, su hermano y la panda de mangantes involucrados en «la trama». Por no hablar de Zapatero, de cuyo caso parece que no hemos visto ni siquiera la punta del iceberg. Está claro que las corruptelas a la mallorquina de Bestard, sus ínfulas de mandatario en busca del reconocimiento de la cabra salvaje autóctona, son pecadillos veniales comparados con lo que Moncloa parece tener bajo sus alfombras, que amenaza incluso el estado democrático que los españoles nos dimos -o eso nos dijeron entonces- en el lejano 1978.
La «princesa» disfrutó como una loca en sus días de vino y rosas cuando nadie, ni tan siquiera Cañellas o el mismo Antich, fueron capaces de pararle los piececitos
Pero es que, y vuelvo a Bestard, no se trata de eso. Las ínfulas de este señor vicepresidente de una institución surgida de un estatuto de autonomía en el que su partido dice no creer, han de ser frenadas. Se impone un período de reflexión con propósito de enmienda. Mire usted, don Pedro, que el Consell de Mallorca es un lugar peligroso para ejercer en su seno la política de la frivolidad y el despiporre. Piense solamente en María Antonia Munar, cuyas ansias de poder y de boato convirtieron lo que no era sino un ayuntamiento de ayuntamientos en un gobierno insular por todo lo alto. La «princesa» disfrutó como una loca en sus días de vino y rosas cuando nadie, ni tan siquiera Cañellas o el mismo Antich, fueron capaces de pararle los piececitos. El Consell de entonces fue la corte del faraón, nada era imposible para la ufana presidenta que se permitía el lujo de llegar tarde expresamente a todas partes para que los asistentes, autoridades incluidas, tuviesen ocasión de admirar sus radiantes vestidos, sus peinados moldeados por Llongueras y su porte principesco. Pero María Antonia tensó demasiado la cuerda y todos sabemos cómo acabó.
Por lo que respecta a usted, Bestard, solo espero que el presidente Galmes tenga la valentía suficiente como para ponerle en vereda. La izquierda le tiene muchas ganas, señor vicepresidente. Piensan utilizar sus desmanes para tirar por elevación y zaherir al PP y a sus líderes. Si de verdad no cree en la autonomía lo mejor será que se serene y piense que el cargo de usted es de ámbito local. No permita que paguen justos por pecadores ni de alas a los que ven la paja en el ojo ajeno sin reparar en las vigas propias.