Desde la retaguardiaMiquel Segura

Rifirrafe entre alcaldesas o lo que va de predicar a repartir el trigo

Los problemas los conoce quien los padece y las actuaciones humanitarias siempre corren a cargo de los mismos ayuntamientos. Las pateras, como es natural, no llegan a Algaida, ni a Sant Joan, ni a Lloret de Vista Alegre

Conozco hace tiempo a María Pons, la alcaldesa de Santanyí. Es una brava mujer que lleva el peso de la vara de mando con firmeza y elegancia. Es discreta pero decidida, dulce y amable pero con un sentido de la firmeza y la autoridad que no he visto en otros munícipes. Y los santanyiners la votan elección tras elección. Bueno, en realidad el PP gana allí desde 1979, así que la cosa viene de lejos.

Pues resulta que na Maria de s'Exclussiva -así la llaman desde siempre porque su familia era propietaria del servicio de autobuses de línea que unía el pueblo con la capital- tuvo un rifirrafe con Marga Fullana, alcaldesa que lo es de Algaida y pesemera de pro. Fue en la celebración de una «asamblea de alcaldes y alcaldesas» celebrada el martes, en la que Fullana defendió una moción, o algo así, en favor de la igualdad de las personas. Y salió, claro, el tema de los emigrantes supuestamente menores de edad que llegan a las costas del sur de Mallorca y a Cabrera en tiempos de bonanza marítima. Y se produjo el encontronazo. María Pons le espetó a su homóloga que la invitaba a visitar Santanyí y que «le regalaba una patera». La frase cayó muy mal entre el progrerío presente en la asamblea y ahora la están contando por ahí como si la primera munícipe de Santanyí fuese rea de blasfemia o de algo peor.

No hará falta que recuerde que Santanyí y Campos padecen las consecuencias de la errática política de inmigración del gobierno del Pedro Sánchez, representado y ejecutado aquí por el señor Rodríguez Badal. Sin tener las competencias al respecto, y mucho menos los medios, sus respectivas alcaldesas -la de Campos es también una mujer de armas tomar- deben hacer frente a situaciones que desbordan la capacidad de sus ayuntamientos. Los problemas los conoce quien los padece y las actuaciones humanitarias siempre corren a cargo de los mismos. Las pateras, como es natural, no llegan a Algaida, ni a sant Joan, ni a Lloret de Vista Alegre. Tachar a Pons o Porquer -alcaldesa de Campos- de falta de sentido de la humanidad cuando son precisamente ellas las que tienen que apechugar con las emergencias provocadas por usuarios de pateras que llegan engañados por la mafia después de pagar un dineral es, como poco una maliciosa frivolidad.

El problema de la izquierda actual -también la nuestra, tan desnortada- es que no están en política para gestionar sino para predicar. Se les acaba de derrumbar sin remedio el mito de su siempre supuesta y nunca demostrada superioridad moral, pero alguno siguen sin enterarse. El drama de la inmigración ilegal necesita una política conjunta de todas las administraciones y no es precisamente la municipal la que debe cargar con tan dura responsabilidad. Hace muy poco, un filósofo que ha trabajado toda su vida en relaciones internacionales de ámbito cultural me comentó que España es el único país que tolera la entrada masiva de ilegales y que, para él, eso es indicativo de una desmembración paulatina del Estado.

Y que no me vengan a mí con sermones ni acusaciones de racismo. En mi entorno personal todo el mundo sabe de mi relación con inmigrantes a través de experiencias que no voy a contar aquí, o al menos no voy a hacerlo ahora. Tampoco me he creído que María Pons mantuviese ningún comportamiento indigno ni que intentase ofender los sentimientos de su colega de Algaida.

Que ya no os cuela el sermón, así que empezad a repartir el trigo.

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