Desde la retaguardiaMiquel Segura

La visita de León XIV señala el gran error: relegar la religión a un ámbito privado

No tengo nada contra los ateos, pero pienso que no se puede negar a Dios desde la ignorancia y el desconocimiento. A 'sensu contrario', reniego de la fe del carbonero

La visita de León XIV ha llenado la actualidad de todo el fin de semana. Algún comentarista de postín asegura que la presencia del Papa en España marcará un antes y un después y que incluso puede provocar una «reacción ética» que cambie el devenir político del país. Es posible, y me gustaría, pero lo dudo. Me ha agradado la irrupción de espiritualidad que R.F. Prevost ha traído. Por primera vez, aunque de manera fugaz, mis nietos menores me hablaron de religión y de creencias. Buena señal, aunque ínfima, como la débil luz azulada que aparece en las rondalles mallorquinas.

No soy católico, casi todo el mundo lo sabe, pero si la irrupción de los valores espirituales nos llega de la mano del Papa de Roma, pues bienvenida sea. Nunca entendí por qué la religión debía ser relegada al ámbito de lo estrictamente privado -como quiere la izquierda- mientras el ateísmo tiene cancha abierta para expandir sus ideas.

No tengo nada contra los ateos, pero pienso que no se puede negar a Dios desde la ignorancia y el desconocimiento. A sensu contrario, reniego de la fe del carbonero. Tratar de encontrar la dimensión espiritual del hombre, a mi entender, exige estudio, esfuerzo, cultura y capacidad de comprensión.

Si una persona ha estudiado la Torà y el Tanah hebreos, los evangelios cristianos, se ha documentado sobre la historia comparada de las religiones y, después de todo ello, me dice que es atea, entonces escucharé sus razonamientos. La negación de Dios desde el desconocimiento de todo lo anterior –y de mucho más– es una solemne estupidez y denota la arrogancia del ignorante, yo diría que roza la blasfemia. A veces pienso que si volviera a nacer querría dedicarme a eso. No para convertirme en rabino, en absoluto, sino como medio de buscar «el hechizo de Dios» del que habló Antonio Banderas en su discurso ante el Papa.

Antes de Abraham y Moisés el mundo era un caos, el bien y el progreso de todos ni siquiera se concebía

Es bueno, repito, que el Pontífice haya esparcido un mensaje espiritual en los distintos foros en los que ha hablado en España. Este mensaje ha sido «adaptado» rápidamente por políticos y comentaristas de todos los signos, acoplándolo al pensamiento laico. Por ello, pienso, no va a funcionar. Se marchará el Papa y todo seguirá igual: los enfrentamientos, la polarización, la violencia verbal y física, el desprecio al contrario.

Creo que deberíamos hacer un esfuerzo por acercar los términos «religión» y «civilización». Antes de Abraham y Moisés el mundo era un caos, el bien y el progreso de todos ni siquiera se concebía. Los profetas dijeron que había que abandonar los cruentos sacrificios humanos, que la viuda y al huérfano debían ser protegidos, así como los extranjeros. La ley mosaica establecía derechos y deberes, conteniendo desde normativas urbanísticas y de seguridad hasta preceptos concernientes a la protección de la Naturaleza. El progreso civil –irradiado desde la Ilustración– mimetizó los valores y principios de las religiones monoteístas. Y la ciencia, que tantas vidas salva y que cada día nos asombra con nuevos descubrimientos, no es sino la búsqueda de Dios y su perfección por otros caminos. O eso me parece a mí, tampoco me vayáis a hacer mucho caso.

No se trata, ni mucho menos, de que todo el mundo deba convertirse a la fe de sus padres y abuelos. Pero buscar el progreso y la justicia arrinconando la religión –cualquiera de ellas– al ámbito de lo personal, «arrestarla» en las iglesias, sinagogas o mezquitas, relegarla a la «cocina de los piadosos» fue un paso atrás que deberíamos corregir. Creo que eso y mucho más es lo que vino a decir el Papa. A ver si le hacen un poco de caso.

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