¡Son cinco! ¡Son cinco!
Por eso prolifera el votante cerril, que vive su ideología como una fe religiosa y la disidencia como una herejía, pobre aliado de la democracia y magnífico instrumento de la autocracia disfrazada en la que, cada vez con mayor intensidad, nos vamos instalando
Lo confieso: tengo cuenta en X. No solo eso. La miro alguna vez. Incluso escribo en ella de tanto en tanto, más como resultado de un arrebato incontrolable que me posee tras leer alguna de las incontables barbaridades que allí proliferan, como setas tras la lluvia otoñal, que con ánimo de argumentar, aportar datos o persuadir. Eso es imposible. En las redes nadie persuade de nada. Nadie dialoga. Nadie piensa. Solo lanza exabruptos, consignas, eslóganes… como foros de debate, las redes non un erial.
Por eso no entiendo por qué me sorprenden tanto los mensajes que lanzan estos días los aún numerosos votantes socialistas.
No voy a generalizar. Pero jamás he visto mejor plasmación en la realidad de la inquietante escena de 1984, la gran novela de George Orwell, en la que O`Brien, uno de los dirigentes del partido único, le dice a Winston, el protagonista, mostrándole cuatro dedos erguidos, que el objetivo del Estado no es que por miedo diga que ve cinco dedos donde solo hay cuatro, sino que vea cinco realmente. En la distopía de Orwell la verdad no es sino el fruto de la decisión de los poderosos, y cambia a cada instante sin que nadie se dé cuenta, porque también el pasado, la memoria histórica (¿les suena?) es obra del poder.
Nuestro presente se parece cada vez más a la distopía orwelliana. Aun hoy, con la que está cayendo, innumerables votantes socialistas no solo dicen que ven cinco dedos donde solo hay cuatro porque así se lo segura su amado líder: los ven realmente. Los dirigentes socialistas imputados no son corruptos, puteros ni mentirosos: existe una conspiración de la derecha mediática, política y judicial para desbancar al mejor presidente de la historia, el único que ha osado poner impulsar políticas que mejoran la vida de la gente. Los precios no suben más que los salarios como resultado de la baja productividad y la creciente presión fiscal a las empresas, sino porque los perversos ricos se ensañan con la sufrida clase trabajadora.
La vivienda no se ha vuelto inalcanzable para la clase media porque las trabas burocráticas, la falta de suelo y de mano de obra y la escasa vivienda pública, sumados al medio millón de inmigrantes que llegan a España cada año, hayan generado un brutal desequilibrio entre oferta y demanda que ha disparado sus precios, sino porque los perversos propietarios, esos que han heredado un humilde piso de sus padres después de una vida de trabajo o han conseguido comprar una segunda vivienda escogiendo ahorrar en lugar de irse de cañas todos los días, suben sin cesar los alquileres… Su mundo es un cuadro naif de colores intensos y sin matices, en el que la izquierda atesora cuantas virtudes conoce el ser humano y la derecha encarna todos loa males, pues solo existe para explotar al obrero y proteger los privilegios de empresarios y caseros.
Y qué decir de los cuadros del partido. Muchos de ellos carecen de carrera profesional propia a la que regresar si se ven forzados a dejar la política. El ejercicio del poder no es un sacrificio que pagan en forma de renuncia a ingresos más elevados en el sector privado o a una posición respetada en el mundo académico. Se trata de su única forma de ganarse la vida. Renunciar a ella les supone una inapelable condena al desempleo. Así, por desatinada que sea la política que se vean obligada a seguir o impresentables que sean los aliados a los que tenga que recurrir su líder, los aceptarán sin chistar. Conscientes de lo que se juegan si se oponen, acatarán sus dictados como obedientes lacayos. No en vano ha sido la cooptación inversa, que no se basa en el mérito sino en la falta de escrúpulos, el criterio usado para seleccionarlos, pues no lo hay más eficaz para asegurar el servilismo.
En realidad, no les resulta muy difícil. En nuestros días las certezas no existen, y menos aún los principios. Resulta así sencillo mentir con descaro, pues nadie sabe qué es realmente la verdad, y más aún desdecirse y, como los dirigentes orwellianos, afirmar con sentida vehemencia lo contario de lo que hasta ayer mismo se proclamaba con igual entusiasmo. Nadie se va a escandalizar por ello, y lo mejor es que ni siquiera se requiere un Ministerio de la Verdad para difundir entre el pueblo desorientado las consignas del momento. Las redes sociales y los medios de comunicación afines hacen el trabajo.
En el pasado, la opinión pública venía actuando con cierta eficacia como freno a las tentaciones autoritarias de los gobernantes. Si se excedían, saltándose la ley o apurándola hasta el extremo para debilitar los mecanismos constitucionales de control del ejercicio del poder, una drástica caída de popularidad era probable que les disuadiera de continuar por ese camino. Como han señalado Levitsky y Ziblatt, cuando el apoyo popular del Gobierno es bajo, la oposición se envalentona, los medios de comunicación se vuelven descarados, los jueces se muestran más duros y los aliados cambian de bando o comienzan a vender más caro su apoyo. Pero si los excesos presidenciales no provocan reacción popular alguna, es probable que suceda todo lo contrario. Seguro de que serán pocos los que traten de desenmascararlo y menos aún quienes se le opongan, cualquier político puede verse tentado por el populismo más descarado y los cambios de opinión más injustificables. Y eso es precisamente lo que ha sucedido desde que el inefable P.S. llegó al poder.
Una sociedad como la nuestra, hedonista, infantilizada, acrítica y buenista hasta la náusea carece de las herramientas intelectuales necesarias para defender el Estado de derecho. Por eso prolifera el votante cerril, que vive su ideología como una fe religiosa y la disidencia como una herejía, pobre aliado de la democracia y magnífico instrumento de la autocracia disfrazada en la que, cada vez con mayor intensidad, nos vamos instalando. Gritemos todos: ¡Son cinco!¡Son cinco!
- Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación.