El mito de la Nación en armas
Olvidaban así nuestros gobernantes que, como ha señalado Alejandro Quiroga, toda nación es, en última instancia, una narración, esto es, un «conjunto de metáforas e imágenes que se producen y reproducen en el ámbito discursivo» con objeto de modelar la conciencia de los individuos
Los historiadores liberales exaltaban en la historia de España una fecha por encima de todas: el 2 de mayo de 1808. En aquel día glorioso, los españoles, como un solo hombre, se habían levantado contra el francés invasor en defensa de la nación española, que volvía a brillar entre los pueblos de la tierra. El trabajo, pues, pensaron los gobernantes de aquel siglo espasmódico, ya estaba hecho. La Nación existía; no era necesario construirla. Quizá por ello se olvidaron de hacerlo, o lo hicieron con tanta inconsciencia y desgana que el edificio resultante nació frágil y con los cimientos podridos.
La centralización administrativa, enérgica y decidida, imitación descarada del modelo francés, perdió mucha de su eficacia como resultado del carácter partidista que pervirtió su funcionamiento en especial en los niveles más próximos al ciudadano, transmutados en instrumentos espurios al servicio de una oligarquía agraria, financiera y, más tarde, industrial que, con la inestimable ayuda de la Iglesia, la Corona y el Ejército, parasitó con descaro el aparato administrativo en su propio interés. Con ello se restaba legitimidad al nuevo Estado liberal que tanto la necesitaba, lo que no podía dejar de afectar de forma negativa a la nacionalización del pueblo. Muchos españoles, en especial en los sectores más cultos y dinámicos de las clases medias urbanas, terminaron por considerar lo público como el patrimonio de unos pocos. Si existía una nación española, sería la suya, no la de los españoles.
A ello se añadieron otros y más graves errores. La unificación económica pareció avanzar a mayor ritmo. La Bolsa de Madrid abrió sus puertas en 1831; unos años después, en 1845, España contaba ya con un sistema fiscal único y al poco se dotaría también de un banco central, el Banco de España, que recibió tal nombre en 1856. Pero la moneda única, la peseta, ingrediente fundamental de integración económica del territorio, tuvo que esperar a 1868 y su monopolio de emisión no le fue concedido al Banco hasta 1874. Y, sobre todo, los mismos símbolos de la nación, de evidente poder movilizador, con tanta fe sembrados en la centuria precedente, parecieron paralizados en su evolución natural, olvidados por un Estado que se mostraba del todo inconsciente de su necesidad de revestirse de una legitimidad que la perdida Monarquía Absoluta ya no podía proporcionarle; un Estado que aparentaba ignorar cuán imprescindible resulta a la formación de las naciones —no en vano son, como escribió Benedict Anderson, comunidades inventadas— la fijación de una tradición compartida y vivida por todos, no solo en la dimensión racional de las personas, sino, y especialmente, en la emocional. Una tradición que requiere, por ello, de banderas, himnos, festejos, lápidas, conmemoraciones y nombres de calles que implanten en el alma colectiva la sensación de pertenecer a un ente común cuyos orígenes se pierden en el alba de los tiempos.
Casi todo se hizo tarde y mal. La bandera nacional, introducida por Carlos III en los buques de guerra en 1785, solo comenzó a ondear en los edificios públicos en 1908 y para entonces había comenzado a ser cuestionada por la izquierda, que prefería la tricolor, y por los nacionalismos competidores, que ondeaban la senyera y la ikurriña. La Marcha de Granaderos fue también introducida por Carlos III, pero solo se convirtió en el himno de la nación en 1908 y nunca tuvo letra, lo que impedía a las masas corearlo en contextos proclives a la efusión del sentimiento patriótico, y la izquierda prefirió siempre el Himno de Riego, mientras los nacionalistas entonaban Els Segadors o el Gernikako Arbola. Y así con todo. La fiesta nacional no fue establecida hasta 1892. Y en cuanto a las herramientas menores de la construcción de las naciones, como los monumentos, los panteones de hombres ilustres o los nombres de las calles, solo se les prestó una atención insuficiente y tardía. Olvidaban así nuestros gobernantes que, como ha señalado, Alejandro Quiroga, toda nación es, en última instancia, una narración, esto es, un «conjunto de metáforas e imágenes que se producen y reproducen en el ámbito discursivo» con objeto de modelar la conciencia de los individuos y hacer brotar en ellos un sentido de pertenencia colectiva, es decir, de construir un nosotros por oposición a un ellos.
Pero no fue todo esto, con ser muy malo, lo peor. Los tres instrumentos fundamentales de la forja de las naciones, el ferrocarril, la Escuela Primaria y el Ejército, recibieron del Estado mucha menor atención de la necesaria. Diseñada la red por extranjeros, se reveló inútil para derribar los muros físicos y espirituales entre las provincias, y ayudó muy despacio a unir en un mercado nacional único los pequeños mercados regionales. No lo hizo mejor la Escuela Primaria. Herramienta insustituible para imbuir en los humildes ese complejo de olvidos voluntarios, tradiciones inventadas, sentimientos inducidos y mitos compartidos que conformaban la argamasa espiritual de la que se iban haciendo las naciones, recibió poca atención de los gobernantes, que la dejaron en manos de la Iglesia, más interesada en forjar buenos católicos que buenos españoles. Y en cuanto al Ejército, el servicio militar obligatorio, tan útil para debilitar arraigos regionales y diluir particularismos lingüísticos y culturales por medio de la instrucción de los reclutas, no fue capaz tampoco de servir al proyecto común, dividido como siempre estuvo en las luchas civiles, acostumbrado a funciones que no eran las suyas y nutrido en exclusiva de quienes no podían pagar su redención del servicio. Por último, la ausencia de un enemigo exterior percibido como lo bastante amenazante para incendiar el sentimiento patriótico de los españoles e impulsar la superación de las rencillas internas, terminaría de debilitar la forja de la nación. España, que había ido siempre por delante en las centurias anteriores en la tarea de la construcción nacional, quedaba así rezagada de forma inexorable. Aún estamos pagando, y con intereses, las consecuencias.
- Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación