Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

El secuestro de Quini

« Y entonces todo acabó, yo que alguna vez fui el alma de todas las fiestas»

Ella no era ni fea ni guapa. La vi de lejos, apenas con un par de tabiques por en medio, sola y apoyada sobre la encimera de la cocina rodeada de cócteles vacíos, junto al fregadero y frente a una nevera Zanussi último modelo. Ya sabes, de esas de doble puerta. Y fui a acercarme a ella, cuando de camino tropecé con una banqueta minimalista puesta a mala leche en medio de la cocina y que emulaba ser una imitación de pata de un ornitorrinco -al parecer muy en boga en ciertos ambientes sofisticados- como símbolo transdiciplinar de arte «site-specific» y como posicionamiento de legitimación artística, según algún enterao me sopló más tarde. Caí de bruces contra el suelo de la cocina, en definitiva, delante de ella: de la que no era ni fea ni guapa.

Presto y algo compungido, al ver el cuadro, el anfitrión de la fiesta también pasaba por allí -la maldita cocina-, y preguntó si podía compensarme de algún modo por aquel incidente desafortunado: «¿Te preparo un daiquiri, cielo?»; preguntó el tío. «¿O un cóctel de ron con frambuesas de mi propio huerto ecológico?» insistió él, algo cursi y cortés, todo sea dicho. Algo zumbón y algo auténtico, le contesté: «Oh, sí, ¿pero puede ser un Dyc Pepsi?». «Vaya, de eso no tenemos en casa»: zanjó, amablemente, mientras aquel anfitrión enrollado se perdía por el pasillo, al fondo, mirando extrañado a veces hacia donde yo estaba, probablemente dándole vueltas a quién demonios había invitado a su fiesta a ese tipo que era yo.

Era aquella una fiesta por la presentación de la obra conceptual de una creadora artística, y yo fui porque la amiga de una amiga de mi ex me dijo que, si eso, me pasara. Yo qué sé. Hay cosas que aún me tomo en serio.

Mientras aún mi espinilla dolorida se resentía del choque con el arte más supuestamente transgresor, contemporáneo y burgués, subí la mirada y vi que ella -la que no era ni fea ni guapa- seguía allí y que se rió. Esta es la mía, me dije. Estábamos, aquella noche, en una party de modernos – no sé por qué insisten en invitarme a estos saraos- en un piso del nuevo ensanche caro cordobés donde campaba por sus respetos la eco-ansiedad y cierta inocencia pueril, como de pego trascendental: aunque de eso me di cuenta más tarde. Imagino que por el estéreo sonaba algo parecido a grupos lloreras tipo The Vaccines o alguna mierda parecida. Algo de electro-jazz, dita sea, pudiera ser también.

Y me lancé. Hacia la que no era ni fea ni guapa. Le propuse imperios persas, un piso en Los Boliches, una noche en el campin de Matalascañas y, oye, lo cierto es que la cosa parecía ir bien. Rularon canapés, alguien en el salón cantó una ranchera pero con deje moderno, había gente tatuada. No sé, como en las películas de Netflix que reflejan de todo menos la realidad. Oye, lo cierto es que hasta entonces me lo estuve pasando pipa. Vi pasar al anfitrión, de refilón, y le pregunté si quedaba un cóctel de cava o sucedáneo. Creo que se hizo el longui porque ni giró la cabeza mientras saludaba a un comisario cultural de no sé dónde.

Mientras, ella -la que no era ni guapa ni fea- y yo seguimos pelando la pava en la cocina. Escamondado como nunca, sacando la simpatía de los bolsillos de los pantalones pitillo del Zara que llevaba puestos, tiré como cualquier hijo de vecino bien nacido de frases galantes, tal vez ingenuamente vacuas pero con cierta retranca. También tiré de clásicos: «Ey hola, tienes un cuello muy bonito», o un: «¿estudias, trabajas, o eres guapa?» Pregunté. Para qué. Observé que su semblante variaba -la de la que no era guapa ni fea- y que dirigió hacia mí un «¿Eres algo retrógado y facha, no?». Y entonces todo acabó, yo que alguna vez fui el alma de todas las fiestas.

En un momento dado, diría yo, me sentí atrapado dentro de ese no-lugar que era aquella fiesta: incapaz de escapar de aquella merendola sofisticada repleta de gente rara. Y entonces me acordé del secuestro surrealista de Quini, como si casi me pusiera en su pellejo.

Y es que este año se cumplen 45 años de su secuestro. Yo estaba en párvulos cuando en 1981 secuestraron a Enrique Castro «Quini», jugador gijonés y estrella futbolística del Barcelona, en una gasolinera y pidieron un rescate de 70 millones de pesetas. Fue un acontecimiento en España por ser el jugador de fútbol un ídolo en todo el país. Pronto, la policía se puso a investigar. Sobre todo los grupos Omega de la Brigada Antiatracos montados en sus Seat camuflados, que iban de paisano y tenían confidentes en los bajos fondos. Al final dieron con los autores del secuestro de Quini tras 25 días de secuestro: tres parados llamados Fernando, Víctor y Eduardo que necesitaban pasta. Ni más ni menos.

Volviendo melancólico a casa aquella noche tras conseguir escapar de aquella fiesta, pero aún con brillo en los colmillos, caí en la cuenta en que sobrevivir a un cóctel, a una party, a una fiesta de modernos o a un secuestro como el que sufrió Quini no está al alcance de cualquiera. Y espero que aquella chica nunca me perdone. Ella, la que no era ni fea ni guapa.

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