Por derechoLuis Marín Sicilia

El caos sanchista

«Solo las mentes fanatizadas pueden seguir ignorando el enorme daño moral que el sanchismo está provocando a la convivencia ciudadana y a nuestra propia seguridad»

Con Sánchez ni siquiera pueden programarse unas vacaciones medianamente tranquilas, salvo para quien, como él, se ha preocupado de aislar su retiro de La Mareta, por tierra, mar y aire para que nadie perturbe sus largas vacaciones veraniegas que le pagamos los sufridos contribuyentes. Mientras tanto, el caos, la confusión y el desorden perturba el inicio de un merecido descanso veraniego al común de los mortales. Y esa alteración de la paz social ha estallado con la invasión de Ceuta.

Solo las mentes fanatizadas pueden seguir ignorando el enorme daño moral que el sanchismo está provocando a la convivencia ciudadana y a nuestra propia seguridad. Empeñado en liderar a la izquierda populista mundial, Sánchez se ha ido aislando de la corriente imperante en nuestros aliados naturales que vienen alertando sobre las consecuencias de jugar a un pacifismo primario y demagógico, abducido por el relato facilón y la ausencia de compromisos. Ocurrió con las convocatorias para la defensa colectiva de Europa o el desbloqueo de Ormuz donde firmaron Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Portugal, Japón, Canadá, Australia, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia, Suecia, Dinamarca y Noruega, pero no una España entretenida en lo guay que resulta Pedro Sánchez como «bocazas de La Paz».

Sin más programa político que aislar a la derecha, Sánchez se ha entregado a conductas radicales de corte populista y trasfondo ideológico ultra izquierdista, algo que la izquierda democrática europea le viene afeando con mensajes como el de la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen que ya advirtió de que la política «no puede simplificarse entre rojos y azules» y que ahora, a raíz de la invasión de Ceuta, ha dicho con meridiana claridad: «Pedro, a ver si te enteras de que con tu política migratoria provocas un problema de seguridad en la frontera Sur y en toda Europa». No sin razón los socios de la Unión Europea han advertido de que podrán imponer limitaciones y visados a los provenientes de España, mediante la recuperación temporal de los controles fronterizos.

Lo ocurrido a fin de mes en Ceuta es la gota que culmina el vaso de la paciencia ciudadana. No se trata de una avalancha espontánea originada por una crisis migratoria; se trata de una invasión en toda regla, un ataque directo, sin eufemismos, a la soberanía nacional española. Y si Sánchez insiste en hacernos creer que lo acontecido no afecta a nuestra soberanía, debe dejar la dirección del país en quien esté dispuesto a defender, sin ambigüedades, la integridad de nuestro territorio soberano.

Si una sentencia, en aplicación de la Ley de Extranjería, dificulta la devolución en caliente de quienes entren ilegalmente en España por vía marítima, está faltando tiempo para modificar esa ley en el Congreso, suspendiendo las vacaciones de unos políticos que no tienen obligación más perentoria que defender nuestra soberanía. Y si se constata, como parece haber ocurrido, que los poderes ordinarios del Estado han sido insuficientes para reconducir la situación, la Constitución prevé la declaración del estado de excepción para imponer el orden constitucional.

Nadie se había dado cuenta de lo que se estaba preparando, nadie se enteraba de los mensajes de las distintas redes sociales, nadie se percataba de la avalancha que se preparaba, ni siquiera ese ministro tan aficionado a mensajear en redes, y menos aún los servicios de inteligencia porque, al parecer, hay más interés en vigilar a jueces, fiscales, policías y periodistas que investigan los presuntos delitos que afectan al sanchismo, que en velar por la seguridad nacional.

Dicen que los servicios de inteligencia marroquíes ya dan por amortizado a Pedro Sánchez, al que han mangoneado a plena satisfacción del rey de Marruecos. Antes o después sabremos la razón de las concesiones al Reino Alauí, como conoceremos otras muchas iniciativas perjudiciales para la dignidad de la nación española. Cuando la acción política se orienta para competir por el electorado de extrema izquierda, el resultado es una ideologización ruinosa para la sociedad y una dejadez sistémica de inversiones productivas y gastos en infraestructuras, de ahí los desastres de las inundaciones, los incendios, los apagones, las vías ferroviarias, las presas agrietadas, las carreteras bacheadas y la ausencia de una política de construcción de vivienda pública.

El colmo del cinismo sanchista es recurrir a la palabrería vacía de un Pacto de Estado, ante cualquier problema de enjundia, cuando proclamó desde el primer día que no pactaría con la derecha, construyendo un muro de incomunicación e improperios que está destrozando la convivencia. Quien, rompiendo una costumbre democrática, ha sido incapaz de descolgar el teléfono para compartir con el líder de la oposición los grandes temas de Estado está inhabilitado para hablar de pactos de Estado. El estado de frustración general que vive la ciudadanía solo es imputable a quien ha convertido la política nacional en un caos sin precedentes.

La política española respecto al Sáhara está en el fondo de esta problemática. Sánchez rompió unilateralmente el consenso, amparado por Naciones Unidas, sobre el particular, cedió a un chantaje similar al de ahora por una invasión de Ceuta en 2021 en la que no era ajeno el régimen marroquí y hoy se ha repetido un nuevo chantaje como advertencia a un gobernante débil y sin sentido de Estado, que ha perdido el norte de los intereses españoles en el concierto internacional. Es lo que ocurre cuando un país está regido por un titiritero al mando de una legión de marionetas.

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