Se ríen de nosotros
«Que se apliquen el cuento: si el socialismo no le pone freno y acaba con Sánchez, Sánchez acabará con el PSOE»
Que no se engañen los incondicionales: Sánchez y sus acólitos se ríen de todos; de nosotros que no coincidimos con su deriva, por supuesto. Pero también de ellos. Porque lo que ocurrió el jueves en el Congreso fue una burla, y además con recochineo, de todos los españoles. Esa panda de incondicionales lacayos al servicio de su amo se hizo eco de su desverguenza y, todos juntos, ocultaron a los delincuentes, se burlaron de nosotros y nos hicieron una peineta.
Cuando la mayoría del pueblo le pide a un presidente que se someta a una cuestión de confianza o que dimita, y ese presidente se carcajea, con el aplauso unánime de su gente, estamos a un paso de la dictadura. Porque lo que hizo ese día la pretendida coalición progresista fue tirar por la borda, y además cachondeandose, el principio de soberanía nacional. Y es que no basta con hablar del pueblo, como si esa izquierda vocacionalmente trotskista, fuera su única y legítima representante. Hay que respetar a ese pueblo que se pronuncia libremente en unas elecciones generales.
Es de primero de democracia saber que el poder político y la autoridad del Estado residen en el pueblo español. Y el pueblo español se expresa en unas elecciones libres cuyo resultado se refleja en la configuración de las Cortes Generales. Cuando la Constitución dice que «la soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado» y proclama que «las Cortes Generales representan al pueblo español» está dejando claro que son estas las que en cada momento expresan la voluntad de los españoles.
Pedro Sánchez nunca ganó las últimas elecciones generales; simplemente compró su investidura como presidente del Gobierno. Desde entonces lleva más de tres años acumulando derrotas parlamentarias, o sea gobernando de espaldas al pueblo pero ostentando el poder como un aventajado alumno de vocación dictatorial. Y se ríe del pueblo con el mismo desparpajo que lleva tres años sin presupuestos, de modo que, para que no se los rechacen, incumple la obligación de presentarlos. Quédese usted un año sin presentar la declaración de la renta y verá la que le cae. Así son estos justicieros de pacotilla.
Mientras todo eso ocurre, Pedro Sánchez y sus secuaces se dedican a utilizar el dinero público, sin control parlamentario, para comprar voluntades. Dispendios de todo tipo sin productividad enriquecedora, mientras la degradación de los servicios públicos y de las infraestructuras afectan diariamente a quienes, con su trabajo y sus impuestos, sostienen la economía nacional.
Si a todo lo anterior le añadimos los escándalos de corrupción que orbitan alrededor de quienes, entre sus miembros, titulan el número uno o el jefe, nos estamos aproximando al «mafiusu» italiano, ese líder siciliano bravucón, audaz y fanfarron, cínico y amoral que es el «capo» en la sombra de organizaciones ilícitas para su exclusivo servicio. Así, degenerando, va comportándose arbitrariamente para invadir las instituciones que en todas las democracias tienen por misión controlar los límites del poder. Por eso el padrino de esta desverguenza organizada se ríe con desahogo de todos nosotros allí donde reside la soberanía nacional.
La consecuencia de todo lo anterior es que la confianza ciudadana se ha deteriorado, lo que explica que Pedro Sánchez no pueda pisar la calle sin ser abucheado, porque solamente desde el cinismo y la desverguenza puede ocultarse la realidad de un país al servicio de una mafia que se ríe de su pueblo y desafía al orden constitucional.
Este autócrata empedernido dejó indefenso a su partido mediante el control ferreo de su disminuida disidencia. Después ha intentado dejar indefensa a la nación, tentativa frenada por el periodismo de investigación, la UCO, la UDEF y el poder judicial. Que se apliquen el cuento: si el socialismo no le pone freno y acaba con Sánchez, Sánchez acabará con el PSOE.