Por derechoLuis Marín Sicilia

La España real

«El Papa parece conocer la polarización de la política española y tuvo la grandeza de tocar sutilmente todos los aspectos más o menos antagónicos del debate político»

La visita del Papa León XIV a España, entre tantas cosas positivas, puso de manifiesto un contraste evidente: el divorcio entre la clase política y la sociedad española. Mientras la ciudadanía es capaz de entenderse en los distintos aspectos de su actividad, los políticos son incapaces de construir caminos comunes en pro del interés general. El magistral discurso de León XIV en la sede de la soberanía nacional debiera servir para que los diputados aplaudidores rectificaran su deriva frentista que tanto daño causa a la convivencia ciudadana.

Cuando el Papa dijo que España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico y político, estaba resaltando la dignidad del individuo y poniendo en entredicho a tantos dogmáticos que se empeñan en imponer criterios y principios ajenos a la esencia de la persona como sujeto de derechos y obligaciones. Por mucho que dedicaran sus señorías siete largos minutos a aplaudir a una pieza oratoria sublime, la triste experiencia nos conduce a pensar que en muchos de ellos prevalece aquel comportamiento falsario que predica mucho y da poco trigo.

La referencia a la Escuela de Salamanca y la reflexión profunda que inspiró a nuestros ilustres antepasados 500 años atrás, confirma la valoración de la integridad de la persona como principio esencial, como eje de cualquier acción política justa, sin que la autoridad pueda traspasar los límites morales y jurídicos que afecten a la dignidad humana. Los mensajes del Papa serían bien interpretados si se comprende la hondura del pensamiento católico que tiene su fundamento en el amor a nuestros semejantes. Buscar en sus palabras sólo aquello que conviene al oportunismo de la clase política, eludiendo lo que no le conviene, es trampear con un mensaje realmente trascendente.

El Papa parece conocer la polarización de la política española y tuvo la grandeza de tocar sutilmente todos los aspectos más o menos antagónicos del debate político, esperando, quizá sin mucho éxito, una reconsideración de estrategias y rumbos disolventes tan contrarios a la voluntad de concordia que rezuma la fe cristiana. Quienes, desde sus inicios, tuvieron como principio inspirador la exclusión de la mitad del cuerpo social de cualquier iniciativa pública es difícil que rectifiquen, tal como pone de manifiesto la forma ventajista con la que el presidente Sánchez seleccionó su presencia en los distintos actos de la visita papal.

Hace ocho años Pedro Sánchez decidió unir a todo un batiburrillo de formaciones, defensoras todas de intereses parciales, y ampliar su círculo incorporando a formaciones disolventes y separatistas, con una sola misión: hacer frente a un pretendido enemigo, representado por una derecha identificada como compendio de todos los males. Y, tal como anunció en su discurso de investidura, construyó un muro que fue hormigonando con materiales tan perniciosos como la concesión de privilegios, la demagogia del populismo y el anatema del adversario.

Porque no se trata solo de gobernar desde una mayoría inestable e hipotecada por intereses espurios. Es que han sido ocho años de un «no es no» permanente, inconcebible en regímenes democráticos donde al menos se escucha a la oposición. En ocho años, por primera vez desde la Transicion, no ha habido ni un solo pacto de Estado, se ha olvidado la obligación de presentar presupuestos, solo ha habido un debate sobre el Estado de la Nación, se congelan las iniciativas parlamentarias del Senado y de la oposición y el presidente del Gobierno ha tirado a la basura aquella costumbre democrática de recibir periódicamente al líder de la oposición.

Por todo ello, los aplausos al discurso del Papa no hacen olvidar la bronca y la discrepancia permanente de una política insoportable, a espaldas de la realidad social de un país donde sus ciudadanos discrepan a veces pero se entienden, sea en su comunidad de vecinos, en sus clubs sociales o en sus distintos ámbitos de convivencia. Por desgracia, los grandes acuerdos que el Papa demandó a la clase política dejaron de ser una práctica positiva desde que unos dirigentes irresponsables se empeñaron en marginar a medio país, ninguneándolo hasta la náusea. Se jugó así con la paz social, porque este tipo de situaciones suelen terminar siendo explosivas, resultando lo más escandaloso que quienes encienden la mecha pretendan culpar del incendio a sus víctimas. Es la misma táctica de quienes, ante casos de corrupción, intentan culpar de los mismos a quienes tienen la obligación de investigarlos.

Si se construye un muro excluyente y no se ventila el habitáculo, la suciedad y la falta de higiene culminan en una pestilente cloaca que hace imposible la convivencia e insoportable la falta de condiciones para una vida sana, provocando una enfermedad incurable en el cuerpo social afectado. Ese nivel de putrefacción deriva de la conducta de quienes, para anteponer sus intereses a cualquier otro criterio, se empeñan en obstruir cualquier vía de diálogo, algo ajeno al sentir mayoritario del pueblo español que convive armónicamente, tal como se ha hecho patente con la movilización ciudadana en la visita papal.

Empeñada en no dejarse manipular y en reconciliarse desde la unidad, la concordia y el entendimiento frente a la polarización política y social, la inquietud de la España real ha podido ser compulsada con la visita del Papa León XIV. Una España real amante de tender puentes y no de marcar lindes. Una España real que reclama a sus políticos que interpreten correctamente una voluntad de convivencia que no puede ser secuestrada por intereses espurios.

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