Por el camino más ancho
«Es el empeño de los andaluces, porque ese es el camino de la eficacia, de la centralidad y de la tolerancia»
El pueblo andaluz volvió a hablar. Y los andaluces volvieron a dar ejemplo de madurez a una clase política que confunde la legítima exposición de diferentes criterios sobre cómo gestionar el interés general con un escenario de confrontación donde no hay adversarios sino enemigos portadores de todos los males frente a quienes se consideran a sí mismos únicos defensores de todo lo bueno. Y ese pueblo volvió a expresar su convicción de que el bienestar social y el avance económico se construye desde la moderación y el diálogo y no desde la confrontación.
Lo acaecido no es sino confirmación del error cometido, dentro y fuera de Andalucía, por quienes tienen un concepto equivocado del ser andaluz. Aún hay quien piensa que los andaluces somos apáticos, indolentes y fulleros, una ofensa gratuita a un pueblo de larga historia capaz de integrar diferentes culturas, con una voluntad de convivencia difícilmente igualable y con una sensibilidad social tan profunda que le impulsa a padecer como un solo hombre las desgracias del prójimo y a participar con entusiasmo de los triunfos ajenos. Es la solidaridad que sorprende al mundo cuando se pone de manifiesto en los grandes acontecimientos.
Por mucho que pretendan los amantes de privilegios imputar a los andaluces tendencia a la galbana, no ofenden porque se demostró hace tiempo que la creatividad andaluza y la constancia en el trabajo son compatibles con el espíritu festivo y la indudable capacidad para disfrutar del ocio, ambas cosas señas de identidad de un pueblo milenario. Quienes tienen que desperezarse del sofá son quienes llevan toda la vida reclamando privilegios, porque en el atraso que están provocando en sus esferas de influencia tienen la sanción social ganada a pulso por su ventajismo acomodaticio.
Es necesario el cambio de rumbo de una sociedad harta de quienes se empeñan en enfrentar a los ciudadanos y se ponen como meta «echar de nuestra tierra» a quienes no piensan como ellos. Unos y otros son incapaces de plantear ofertas razonables y realistas, más allá de esa letanía de creerse únicos capaces de gestionar correctamente el interés público. La mayoría del pueblo andaluz circula por el camino más ancho de la concordia, la convivencia y el respeto a las ideas ajenas. Los dogmáticos, de uno u otro signo, tienen cada vez menos adeptos en una sociedad adulta y suya es la responsabilidad de no interpretar correctamente sus inquietudes.
Si a ese afán de normalizar la actividad política, lejos de muros y barreras, se añade los avances económicos y sociales deparados por una gestión moderada y eficaz que ha incrementado el PIB andaluz hasta ser la tercera economía española, al tiempo que se lidera el número de autónomos, baja el desempleo y arroja el porcentaje más bajo de absentismo laboral, no cabe duda de que el camino emprendido es el más correcto y esperanzador. Un camino que los políticos no deben torcer porque en él reside la propia autoestima de un pueblo que ha despertado del letargo.
El triunfo de Juanma Moreno, por mucho que se quiera minimizar, es el triunfo del hombre normal, el de un ciudadano pacífico, integrador, contrario a la polarización, amante de la verdad y contrario al juego sucio, a la manipulación y a la mentira. Juanma ha entendido el mensaje de los andaluces pidiendo a la clase política el camino de la sensatez por donde quieren circular, alejado de la demagogia y donde prima la capacidad de diálogo, la búsqueda del acuerdo y el respeto a la ley y a los principios democráticos.
Circular por el camino más ancho es el empeño de los andaluces, porque ese es el camino de la eficacia, de la centralidad y de la tolerancia. Es huir del sectarismo como forma de gobernar, para hacer una Andalucía mas abierta, más dinámica y más pujante y emprendedora. Es la imagen más atractiva y moderna proyectada por Juanma Moreno, como definitoria de la propia idiosincrasia andaluza. Lejos del estilo cainita impuesto por el sanchismo, el vencedor popular debe incorporar a esa tarea de progreso a quienes estén dispuestos a recuperar para Andalucía los valores de la tolerancia, el diálogo y el respeto institucional que la Transición consagró para todos los españoles.