Todos a la cárcel
La tierna picaresca de los encarcelados berlanguianos se torna en burla dramática a la sociedad en los encausados del presente
Hace unos días les hablaba sobre las ventajas que tenía el trabajo de verdugo («¿Matarían por un piso?», El Debate 27/4/26), desde la perspectiva satírica del maestro Berlanga. Ya les avisé que la presencia del director en esta humilde columna sería frecuente y abundante. Porque don Luis y su obra son inmortales y como se suele decir: «de rabiosa actualidad». Hay figuras que no deberían desaparecer del Parnaso de la creatividad, pero el tiempo es implacable como lo fueron el valenciano y su verdugo, quienes abordaban la pena de muerte como sentencia final a determinados delitos con tan fino humor negro que sus estocadas morales apenas dolían viendo la película. En «Todos a la cárcel» (1993) suaviza la condena del delincuente y la vuelve aún más alocada. En la senda de las películas corales norteamericanas, reúne en la prisión de Valencia a una fauna delincuencial que sería la envidia de todos los Bioparc del mundo. Configura un retrato familiar de casi todos los tipos humanos de la España de los años 90 y preconstitucionales (impagables el falangista y el comunista hermanados). Imposible sería describir en el espacio de esta columna cada uno de los personajes y situaciones de la comedia, por su vastísima variedad y riqueza de matices.
Pero viajemos en el tiempo y volemos desde esos años 90 al siglo XXI, a la España de la década de los 20. Juicios, muchos juicios. Y condenas, muchas condenas. E indultos, muchos indultos. Una figura que lleva ya tiempo inventada (no se piensen que es de ahora). Habitualmente caemos en la costumbre de decir que a Barrabás lo indultó Pilatos. No, lo indultó el pueblo judío influenciado por su Sanedrín. Justicia popular diríamos. Un indulto que no le llegó al condenado en «El verdugo», y que es un instrumento legal que contemporánea y curiosamente tiene la característica de beneficiar a poderosos (¿notan algún cambio?). En «Todos a la cárcel» no es el indulto el que permite salir de la cárcel al distinguido presidiario Tornicelli (interpretado exquisitamente por Torrebruno), sino un plan de fuga ideado desde las más altas instancias de poder: no interesa que tamaño personaje esté encarcelado. A buen seguro nosotros indultaríamos a la mayor parte de personajes de esta comedia, donde no todos los que aparecen dentro de la cárcel son condenados por la justicia: hay visitantes, familiares, religiosos, periodistas, incluso políticos. La sombra de la corrupción, los favores políticos y las deudas de la administración planean sobre una de las tramas y nos acerca a la conclusión de que, más de treinta años después, nada ha cambiado, o ha evolucionado a peor. Si ustedes encienden los televisores, las radios, escudriñan los diarios digitales o bucean en redes sociales, la carne de banquillo se sirve diariamente, con un aderezo de servidor público en forma de ministro, asesor o director general. Y si los comparan con los entrañables delincuentes de la cinta de Berlanga, algo en su estómago se revolverá provocándoles estos de hoy la náusea, en vez de la risa con aquellos pretéritos. La tierna picaresca de los encarcelados berlanguianos se torna en burla dramática a la sociedad en los encausados del presente. Muy difícil hubiese tenido hoy el genial director en impregnar de humor y ternura a unos personajes y unas tramas oscuras y perversas que juegan con la sociedad y viven del dinero público.
Les dejo con un dato curioso: el único premio Goya en la carrera de Berlanga fue «Todos a la cárcel». Y si me permiten una recomendación: quiten el telediario y pongan a Berlanga.