¿Matarían por un piso?
Esta frase tópica, que utilizamos metafóricamente para otras muchas cuestiones que resultan importantes en nuestra vida, tiene un punto de realidad
Uno de los principales problemas que acucian a nuestra sociedad que dicen evolucionada, progresista y tecnológica es el del acceso a la vivienda. No hay día que pase sin que por algún sitio veamos u oigamos las dificultades que tienen, sobre todo los jóvenes, para acceder a un piso, ya sea en propiedad como en alquiler. Tanto es así, que podríamos llegar al extremo de hiperbolizar la necesidad de un techo con la conocida expresión «mataría por…», en este caso: «…un piso». Esta frase tópica, que utilizamos metafóricamente para otras muchas cuestiones que resultan importantes en nuestra vida, tiene un punto de realidad, sarcástica y en cierta forma cruel, pero muy demostrativa de las necesidades del ser humano y cómo las afronta en la película «El verdugo», de Luis García Berlanga. Ya les apunté en mi «Declaración de Intenciones» (El Debate, 9/2/26), que el maestro valenciano sería uno de mis compañeros de ruta por estas líneas, pues era persona que entendía el lugar y el tiempo que le tocó vivir como un territorio a explorar, partiendo desde su presente y mirando hacia nuestro futuro.
La película fue estrenada en 1963 y relata la historia de José Luis, un empleado de funeraria que se enamora de Carmen, la hija de Amadeo, un verdugo de la Audiencia de Madrid. Con la necesidad de un piso para la pareja, la condición de funcionario de Amadeo puede proporcionarles uno, pero su próxima jubilación lo hace imposible. La solución: que José Luis se convierta en el nuevo verdugo, cosa que le horroriza, pero a lo que acaba accediendo. Esta trama, explicada así de sencilla, a lo largo de la película tiene, en sus diálogos y en su dirección (planos, escenas,…) una profundidad escalofriante, suavizada por la inconmensurable interpretación de José Isbert (Amadeo) que le pone el tono de fino humor como solo él sabía hacerlo. Isbert y Berlanga transforman una película de trama oscura y deprimente en una comedia negra que para mí puede estar al nivel de «Arsénico por compasión» (Frank Capra, 1944).
El trasfondo no es complejo: la necesidad aguza el ingenio, y en este caso, la oportunidad de conseguir tanto un trabajo como un piso, pasa por convertirse en un ejecutor, en alguien que le quita la vida a otra persona. El personaje de Isbert, el verdugo con solera, es entrañable. Podríamos utilizar esa frase que encontramos en otras muchas películas de «no es personal, solo es trabajo», utilizada casi siempre por delincuentes que lo único que están haciendo es desarrollar su trabajo. Las preocupaciones de este verdugo viejo son las de cualquier otro personaje de los que desfilan por la película: seguir viviendo lo mejor posible y hacer su trabajo con la mayor profesionalidad. Y todo eso se conjuga con que su hija pueda dar a luz con un piso en propiedad. ¿Qué padres no harían un esfuerzo por ayudar a sus hijos?
El contrapunto viene marcado por la siguiente generación: el aspirante a verdugo, que sí se plantea la ética y moralidad de ese trabajo. Trastornado, llega a afectarle físicamente, protagonizando una magistral escena de rendición que puedo colocar entre las más contundentes del cine universal: el verdugo novel tiene que ser arrastrado hasta las dependencias donde se encuentran el condenado y el garrote ejecutorio para hacer su trabajo y dar cumplimiento a la sentencia.
Afortunadamente, hoy ya no se aplica esa pena y no cabe apuntarse a verdugo para poder obtener un piso; sin embargo, las dificultades de acceso probablemente son mayores, y no han faltado mecanismos nada transparentes para algunas adjudicaciones públicas. Tal vez hoy Berlanga hubiese cambiado el papel de verdugo por el de político, y su yerno hubiese sido un aspirante a secretario general de un partido, concejal, o presidente de Diputación. También es cierto que estos no matan, pero aquellos lo hacían conforme a la Ley que les habían escrito. No hay discusión sobre el debate ético-moral que desprende «El verdugo», una crítica ácida no solo a la pena de muerte, sino a muchos convencionalismos sociales (de entonces, claro). Es una constante en el cine berlanguiano la denuncia social, política, pero desde todos los puntos de vista, un caleidoscopio donde caben todos los colores sobre los que disparaba el director valenciano. Por eso su cine es atemporal: puede entenderse incluso con nuestros parámetros del siglo XXI (quien lo quiera entender, claro). No dejaré de hablar de él en esta sección. Esto es solo el aperitivo.
Espero y deseo que este problema de vivienda tenga una solución a corto plazo y no sea la de apuntarse a verdugo. Sé que ninguno de ustedes mataría por un piso, pero háganse la pregunta: ¿qué estarían dispuestos a hacer? Qué pena que Berlanga ya no esté para imaginárselo de nuevo. Yo lo echo de menos ¿y ustedes?