La pluma y la espadaJosé Luis Monroy ANTÓN

Declaración de intenciones

La Pluma y la Espada nace la filosofía de entretener a los lectores de El Debate

Comenzar a escribir artículos en un medio de comunicación es un torbellino de pensamientos y sensaciones. Es responsabilidad. Es un reto. Es un regalo. Es querer hacerlo bien para que ustedes, que lo leen, disfruten con su contenido.

La Pluma y la Espada nace con esa filosofía: entretener a los lectores de El Debate. Si consigue ese objetivo, pues todos contentos; pero la inquietud me impulsa a buscar otras metas, y la propuesta de la sección no será solo entretener, sino también crear un espacio reflexivo, informativo y -¿por qué no?- crítico. Que lo lúdico no opaque ni desplace a lo intelectual. Alejadas de pedanterías, clasismos o tópicos, estas líneas tratarán de ofrecer temas y puntos de vista que tal vez choquen con sus ideas y opiniones, pero que a buen seguro despertarán discursos dormidos en su mente.

Los vehículos para este camino serán la literatura, la historia, el cine, la filosofía, artes y materias que se conjugan desde sus diferencias y que construyen soberbios edificios didácticos, morales e ideológicos.

Como el título de la cabecera pregona, y el espíritu de lo comentado anteriormente señala, la sección no será una mera estampa de lecturas, recensiones literarias, críticas cinematográficas o ensayos histórico-políticos. Porque la pluma ha sido en muchas ocasiones la espada esgrimida contra poderes e injusticias, o el instrumento convertido en motor de propaganda social y política. Por eso quien se acerque a estos escritos deberá atreverse a manejar los sofisticados mundos de la ironía, la sátira y el sarcasmo, herramientas de oro que mezcladas con la denuncia en las narrativas de excelsos maestros como Blasco Ibáñez o Berlanga, cada uno en su arte, los hacen soberbios.

No olvidemos que la sátira está en íntima relación con el contexto histórico que la enmarca, y coloca su punto de mira en función de ese contexto. Su nacimiento con Lucilio no hizo más que despertar una fiera que se desarrollaría en el tiempo, devorando personas, personajes e incluso imperios. Después de aquellos poemas clásicos vinieron la narrativa, el teatro, las publicaciones periódicas. La Moma, La Traca, El Cuento de Dumenche, El Fallero y muchas otras verán la luz en Valencia a finales del siglo XIX y principios del XX. Se adentran en la centuria a través de la Restauración, la monarquía borbónica, la república y la Guerra Civil. Siempre desde sus perspectivas y objetivos de cabecera: políticos, radicales, ideológicos. Siempre desde la ficción del relato que distorsiona, que descoloca. Atacando y recibiendo ataques (multas, censuras). Burlándose de todo: «Lo mateix de Cánovas que del cólera morbo» (La Moma, abril 1885). El material subversivo de estas publicaciones y otras de su género trata de excitar, de provocar, de incitar (a pensar, claro). Se enfrenta a los códigos morales y éticos de cada momento por los que atraviesa la sociedad. Sin ser una fotografía de la realidad, se sustenta en ella para entablar la lucha entre lo real y lo ideal, impregnándose de indignación –en ocasiones impostada- ante la masa que aplaude o critica, según le vaya el baile político.

En ese marco temporal, la sátira fue tiempo presente para el autor de las columnas de esas revistas, que denunciaban la decadencia cultural y política de aquél su presente; y el nuestro viene caracterizándose por una norma que impone lo políticamente correcto, que constriñe la libertad de pensamiento y ante la cual escritores y lectores se autoimponen censuras para evitar salirse de los rediles. Si algo nos enseñó Cervantes es que «aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas, las cuales, con más libertad que las lenguas, suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado» (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes).

Y usted lector, usted lectora, que no dudo que tengan algo encerrado en el alma, no deben ser meros engullidores de los artículos que aquí les glosaremos. Deben pasarlos por las papilas gustativas de su intelecto y saborearlos, intentando distinguir lo ácido de lo salado, lo dulce de lo amargo. Deben pasarlos por las terminaciones olfatorias de su espíritu, y diferenciar el perfume de una rosa de la putrefacción de una cloaca. Solo así disfrutarán del banquete que queremos ofrecerles.

No les robo más tiempo. Solo es una declaración de intenciones. Esperando que hayan picado el anzuelo, les espero de nuevo en unos días.

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