La pluma y la espadaJosé Luis Monroy ANTÓN

La soledad del escritor

Un paseo solitario por nuestras playas de Castellón, de Valencia, de Alicante, cuando el sol está saliendo, o cuando cae tras las montañas, nos parece un acto saludable

Recuerdo que ella estaba de pie, al lado de una mesa alta –le llegaba a la altura del pecho- en la que había dos montones de libros y un atril que sostenía otro expuesto. No me acuerdo del nombre de la autora ni del título de la novela, pero no olvido la sensación de soledad que me transmitió. La gente transitaba por el pasillo del centro comercial, pasaba a su lado, la miraban furtivamente y seguían a sus compras. La compañía no es tener gente a nuestro alrededor. Pensé que la escritora no se sintió tan sola durante la redacción de su novela.

Hace unos días, Jesús Montesinos (Valencia, 1948), periodista de amplia trayectoria profesional, presentó en el Palacio de Colomina (Valencia) su última novela: La Sombra de la Soledad. En ella nos arroja a la cara esa enfermedad que, según corroboró el Barómetro de la soledad no deseada en la Comunidad Valenciana 2024 (Observatorio estatal de la soledad no deseada), afecta al 21.4% de los valencianos y a un 32% de personas entre los 18 y 34 años. En España la cifra ronda los cinco millones. Porque es una enfermedad. Y yo la calificaría de etiología parasitaria: se instala en el huésped y lo va destruyendo. Lenta, progresiva, invisible.

Para los que escribimos, la soledad es necesaria, casi imprescindible, en los momentos de creación; para vivir con ella puede ser un monstruo salido de las ficciones más aterradoras. «Me gusta la soledad», decimos o nos dicen. «Te gusta el solitarismo», respondo. No la busquen, no encontrarán la palabra en el diccionario de la RAE, pero propongo acuñarla. Definámosla como ese espacio geográfico y temporal en el que necesitamos ser, sin nadie más a nuestro lado; lo que vulgarmente siempre hemos conocido como «estar solo». No prolonguemos ese espacio, no lo llevemos a la melancolía radical, a la falta de futuro vital, a la patología, porque alcanzaremos la soledad, que sí existe en el diccionario y que debería integrarse también en el listado de enfermedades de los libros de psiquiatría y psicología.

Un paseo solitario por nuestras playas de Castellón, de Valencia, de Alicante, cuando el sol está saliendo, o cuando cae tras las montañas, nos parece un acto saludable. Disfrutar de uno mismo. Descansar del trabajo, incluso de amigos y familia. Como la soledad del escritor, que necesita este momento para trabajar, los demás lo necesitan para «desconectar». Es un solitarismo que podríamos apellidar detoxificador. Sin embargo, como Jesús Montesinos plantea en su novela, la soledad a veces no se busca. Y los protagonistas de la historia que él propone se abrazan a esta incómoda compañera. Sus egos, sus miserias, sus libertades, todo un conjunto de situaciones donde triunfa la toxicidad. César Lambart, el protagonista, está acompañado: interactúa con un psicólogo, varias mujeres forman parte de su vida; pero en realidad, lo que planea sobre él es el título de la novela: la sombra de la soledad.

No se nos escapa que el arte, la literatura, beben de ella, de la melancolía del solitario. Algunos de los poemas más bellos -y a la vez más dolorosos- se han escrito desde la habitación de la soledad. Y probablemente, esa labor creativa logró canalizar y hacer olvidar por un momento la falta de compañía. La poeta alicantina Ada Soriano (Orihuela, 1963) nos deja en Principio y fin de la Soledad, una variedad de poemas con niños, animales, mar, gente, que se conjugan todos en el rasgo común:

Después el murmullo se atenúa

en los contornos del silencio.

Ese silencio que ensordece

y se transmuta en soledad.

(Principio y fin de la soledad, Ada Soriano, 2011)

También la encontramos en los versos del maestro Machado:

¡Oh soledad, mi sola compañía,

oh musa del portento, que el vocablo

diste a mi voz que nunca te pedía!,

responde a mi pregunta: ¿con quién hablo?

(Soledades, Antonio Machado)

Defendida, por tanto, como motor y musa del arte, ¡cuidado!, porque la soledad ataca. De forma sutil, imperceptible, desde dentro y desde fuera. En la presentación del libro de Montesinos, estuvimos hablando de lo que podríamos llamar soledad endógena y exógena. La una, que se despierta desde un interior pesimista, nihilista; la otra, desde el rechazo, la incomprensión o la dejadez de los que dicen acompañarnos.

Y es que: qué importantes son los compañeros de viaje. La vida no se transita en solitario. Nacemos individuales, únicos, y poco a poco nos vamos rodeando de esos compañeros: vivimos en sociedad. En ella, cada paso que damos escribe una línea de nuestra vida. Somos los autores de nuestra historia. La escribimos desde nuestra perspectiva y premisas. Y ustedes dirán: «Pero a veces no puedes controlar lo que sucede». En efecto, renglones torcidos, tachones, borrones de tinta, que nos empujan a otros caminos, a otras historias. Ahí es donde toman relevancia los personajes corales, soportes firmes para evitar que caigamos en soledad. Juan José Millás (Valencia, 1946), en La soledad era esto, la enfoca como una evolución, como la transformación de una mujer tras la pérdida de su madre, conviviendo con un marido que se ha convertido en un extraño. Junto a Elena entramos en la sala supuestamente animada de un bingo donde la protagonista se siente reflejada en los allí asistentes:

Cuando me asomé a la sala de bingo y comprobé la cantidad de soledad acumulada en cada uno de los jugadores y jugadoras, salí corriendo de allí porque me pareció un espejo en el que resultaba insoportable mirarse. (La Soledad era esto, Juan José Millas, 1990)

Qué dulce y atrayente es, ¿verdad? Por favor, permanezcan vigilantes ante la soledad. Si algún día se la encuentran y la reconocen, traten de evitarla. Si algún día ven que acompaña a un ser querido, espántenla. Y tengan siempre bien abiertos los ojos -los del alma-, porque a veces preferimos tenerlos cerrados, y podemos llegar tarde.

¡Ah! y si ven algún escritor en algún centro comercial vendiendo su libro, acérquense a preguntar (si lo compran, mejor). Se lo agradecerá.

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