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en primera líneaJuan Van-Halen

Ingenio, insulto, zafiedad

La madurez democrática europea, el nivel de sus estamentos decisorios, la extensión de sus clases medias, la calidad y amplitud de la formación, llevan a que la demagogia sea desenmascarada y encuentre menos campo de cultivo salvo entre ingenuos o desinformados

El debate parlamentario ha cambiado desde mi experiencia no hace tantos años. Se ha desterrado el ingenio trocándolo por la zafiedad y el insulto. La fuerza del mensaje por el exabrupto, la razón por la sinrazón. El ámbito parlamentario contenía históricamente racionalidad y rigor. Las descalificaciones en el debate político aparecen a lo largo de la Historia; las encontramos ya en Grecia y en Roma. Cuando alcanzan altura nacen del ingenio.

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El Debate (Asistido por IA)

España es un país de ingenios. Quevedo era maledicente y su pluma fue más temida que su espada; Góngora lo padeció entre tantos otros. Foxá arriesgaba sus destinos diplomáticos por el gozo de hacer una frase afilada y certera. Desde el ingenio se han arruinado famas y se han torcido biografías. Ahora comúnmente en las descalificaciones se ha perdido la finura, y casi todas las ofensas verbales o escritas comportan zafiedad; se han instalado en lo vulgar. La grosería es no sólo el envoltorio sino a menudo la sustancia del debate político. Puente es un ejemplo de zafio empedernido; cree que serlo le suma,

Joaquín Pérez Madrigal, celebrado demagogo que brilló por su amplio catálogo de descalificaciones en los años treinta del siglo pasado, era llamado el jabalí. Suponía un peligro para los destinatarios de sus invectivas. De joven fue masón, diputado radical socialista al inicio de la Segunda República, diputado de la CEDA en 1936, franquista más tarde, y desembocó en un integrismo radical. Le llegué a conocer y tenía muchas cosas que contar. Dejó varios libros con recuerdos de su agitada y contradictoria vida pública.

En el siglo XIX, Cánovas, artífice de la Restauración y diseñador del turnismo entre conservadores y liberales, produjo algunas de las frases más ocurrentes y demoledoras de su tiempo desde la agudeza intelectual y la elegancia verbal. Quedaron en la Historia. Un ejemplo reconocido de maledicencia en la Transición, desde la inteligencia, es Alfonso Guerra. Dotado de un ingenio temible, se le deben algunas de las calificaciones más ocurrentes de los primeros años de la democracia. Ponía en circulación frases demoledoras que saeteaban a sus desafortunados destinatarios. Las suyas eran invectivas inteligentes. Esa línea, que personifico de Cánovas a Guerra, y que podría tener otros muchos protagonistas, se ha malbaratado, se ha perdido.

La característica de la confrontación política en nuestros días es la zafiedad de grueso calibre. El ingenio de antaño es grosería hogaño. Y ello supone, además de una evidente falta de rigor y de educación, la decadencia de las formas y una crisis de fondo en el debate político debidos a la creciente mediocridad que padecemos. Vemos como cada legislatura supone un paso más en el camino de convertir la noble tarea de legislar en una cuestión accidental de personas grises coincidentes en su medianía. Sólo son «sí, bwana».

Desde esa acelerada merma de autoestima inducida de muchos políticos, llegarán al Parlamento, y en general a la gestión política, los menos valiosos. Es la causa de la degradación institucional. El nivel de nuestros dirigentes públicos es hoy el más bajo desde la recuperación democrática. Es el reflejo de una sociedad en crisis de valores que, al cabo, premia al mediocre ya desde un sistema educativo evidentemente mejorable. Una sociedad en general aborregada que no lee ni se informa.

Todo ello, especialmente la rampante mediocridad, tiene no poco que ver con la aparición cada vez más reiterada del insulto político y de las descalificaciones reñidas con el ingenio y no digamos con la inteligencia. La mediocridad lleva a la falta de rigor y a la demagogia más chabacana. Que se rocíe al adversario político con epítetos impresentables en un debate serio, como debería ser el parlamentario, supone una degradación del ejercicio de la política y una prueba de que la democracia está trufada, desde dentro, por autoritarios enmascarados que cuando no encuentran argumentos para defender sus ideas se asisten de exabruptos y descalificaciones personales de la peor estofa. Quienes por sus responsabilidades deberían ser modelos para los ciudadanos de a pie, son demasiadas veces arquetipos de la zafiedad.

Un ejemplar de la nueva política, supuesto consumidor de lecturas propias y tabernero, declaró que el insulto político supone «hablar claro». Pues no. Lo último que debemos a ese tipo es un deseo: «que haya agallas y valor para decir a la derecha que la queremos en la cárcel». Podía empezar por la izquierda, que lleva más claro el camino. Hace muchos años, y parece que esa izquierda quiere revivirlo, a la derecha no la llevaban a la cárcel sino a las tapias y a las cunetas para asesinarla. Y el tipo sigue con el lenguaje y los tics tabernarios. Habló en el acto en que Belarra, que no es un genio, pero de algo hay que vivir, anunció su opción a integrarse en el amplio listado de víctimas políticas de Ayuso en el que ya figura su mentor.

La madurez democrática europea, el nivel de sus estamentos decisorios, la extensión de sus clases medias, la calidad y amplitud de la formación, llevan a que la demagogia sea desenmascarada y encuentre menos campo de cultivo salvo entre ingenuos o desinformados. La regeneración política no se apuntala en lo zafio ni en la siembra del odio desde el guerracivilismo sino en una confrontación de ideas desde el respeto y la mesura. Lo proclamó, con otras palabras, León XIV en Madrid. Ya apuntó Diógenes: «El insulto deshonra a quien lo infiere y no a quien lo recibe».

  • Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando
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