GIGO
Nadie en su sano juicio puede despreciar lo que estos adelantos pueden suponer para el desarrollo. Pero no me cansaré de repetir que la IA tiene bastante poco de artificial, aunque así se haga llamar, sino que es un simple producto del intelecto humano puesto a disposición de la propia persona
En computación, la calidad de información que ingresa a un sistema equivale a la de sus resultados. Este principio se conoce como GIGO («garbage in, garbage out», o «basura entra, basura sale», en español). Si el material de que se sirven los programadores es adecuado, su producto seguirá dicha deriva. En esto no hay excepciones, incluida la célebre inteligencia artificial (IA), que se nutre en buena medida de una red plagada de contenidos manifiestamente mejorables en términos de fiabilidad y veracidad. Y con sesgos de todo tipo, incluidos los ideológicos de determinada orientación.
La intervención humana sobre esos frutos informáticos no sé yo si está siendo demasiado empleada tras la expansión de aplicaciones de IA generativas, que tantas veces apetece rebautizarlas como ChatGeppetto en recuerdo de aquel que diseñó al famoso títere con nariz que se alargaba al mentir. La secuencia de decisiones judiciales atajando el uso indebido de estas herramientas en la invocación de jurisprudencia o normativa inventada o inaplicable permite confirmar que no pocos usuarios de estas tecnologías se creen a pies juntillas todo lo que señalan, que no siempre responde a la verdad ni a la exactitud.
No hace mucho, el encargado de una entidad pública dedicada al transporte me aseguró que los datos mensuales de viajeros que proporcionaban a las autoridades no coincidían con las cifras oficiales que estos elaboraban mediante IA. Y otro directivo bancario me comentó que era frecuente en su empresa que los empleados hicieran sus trabajos con IA y los remitieran de inmediato a sus jefes para que estos los resumieran asimismo con IA, aduciendo una menor pérdida de tiempo y mayor productividad. La conclusión parece evidente: estamos entregando la percepción de la realidad a algoritmos nutridos de datos que pueden proceder de auténticos estercoleros digitales. Si hasta ahora la basura procesada por estos instrumentos era de origen humano, aunque aleatoria, es posible que ya se esté autogenerando por un universo algorítmico lamentable en lo referido a su solidez y seguridad.
Este preocupante escenario coincide con el emergente número de tecnocreyentes, lo que está a punto de llevar a la práctica aquella idea orwelliana de la mentira que se convierte en verdad. Cada vez me cuesta más demostrar a clientes de la IA con los que me tropiezo que lo que sostienen y han obtenido de ese sistema puede no ser del todo exacto. O es simplemente mendaz. Me miran con cara de extrañeza y compasión, como si me consideraran un hombre de las cavernas.
Más bien, ya que hablamos de cavernas, habría que volver en este caso a las del mito platónico, porque seguimos siendo influenciados por apariencias que gestan unas tecnologías de la información y la comunicación que tantas veces proyectan «sombras» o narrativas distorsionadas que desbordan la pura realidad.
Por eso hemos de empeñarnos en salir con urgencia de estas dichosas cavernas, afianzando un pensamiento crítico que cuestione lo que merezca ser repensado a partir del conocimiento real y veraz de las cosas, no de la superficialidad que tan a menudo ronda a estas rutilantes modernidades, abrazadas con cándida mentecatez por tantos.
Nadie en su sano juicio puede despreciar lo que estos adelantos pueden suponer para el desarrollo. Pero no me cansaré de repetir que la IA tiene bastante poco de artificial, aunque así se haga llamar, sino que es un simple producto del intelecto humano puesto a disposición de la propia persona. Y, sin ese crucial filtro o control protagonizado por mentes de carne y hueso, mucho me temo que convertiremos a nuestro mañana en una distopía aterradora, en la que corremos el riesgo de ser meros esclavos de unas pantallas que hemos creado contra nosotros mismos, y con un rendimiento que puede no resultar óptimo en todas las ocasiones.
Alertar del papanatismo creciente en estas materias debe contribuir a apostar por su perfeccionamiento. Y por no olvidar que detrás de todo está la creatividad humana, consagrada al servicio de una sociedad que merece prosperar y mejorar, pero pisando suelo firme y desechando fórmulas que respondan a lo que no es de recibo.
Bienvenida sea la IA, pero sin la porquería de que se alimenta. Y sin quitar nunca los ojos de ella, por si nos la lía parda.
- Javier Junceda es jurista y escritor