Sin ruidoJorge Brugos

Abolir las Delegaciones del Gobierno

Deberían crear la ruta de los palacios de los nuevos señores feudales del Estado, como tenemos la ruta de los castillos en la Comunidad Valenciana

El poder está donde los hombres creen que está. Cuando uno da tumbos por Madrid se topa con grises edificios burocráticos por todas partes. Porterías marcadas con el distintivo del Gobierno de España. No los conocías hasta que pasaste por sus inmediaciones. Observatorios, Direcciones, Entidades… Nomenclaturas sistémicas con un apellido concebido para justificar un sueldo. Qué digo uno: cientos de miles de peones que custodian los despachos diáfanos. En cada uno de esos gigantes arquitectónicos con aires estilísticos de tanatorio es donde van a morir muchos de los impuestos que pagamos. En los viajes a la capital no sólo descubres un espejo cóncavo que desconocías, sino que ves reflejado un nuevo chiringuito ajeno al ciudadano de a pie. Deberían crear la ruta de los palacios de los nuevos señores feudales del Estado, como tenemos la ruta de los castillos en la Comunidad Valenciana. Sería clarificadora sobre todo para conocer a qué se destinan nuestros impuestos; también para desvelarnos que, aunque en la cáscara protegida por los cascanueces no hay tanta influencia, han sido construidos para colocar a conocidos y amigos.

En el buffet libre de estómagos agradecidos que es España, uno de los cargos más cuestionables en los últimos tiempos es, sin duda, el de las delegaciones del Gobierno. Estoy por apostar a que le preguntas a cien personas cuál es exactamente su función y pocas sabrán decirte en qué cometido trabajan. Para algunos estudiosos de la Constitución, este puesto amparado por el artículo 154 de nuestra Carta Magna es uno de los más polémicos ante su papel discutible en un Estado autonómico. Es más, naciones como Italia prescindieron de las delegaciones del Gobierno cuando dieron más autonomía a sus regiones. Pocos estados de nuestro entorno cuentan con ese elemento burocrático específico.

Tengo un don. Dios me ha dado el poder intuitivo de averiguar quién está enchufado. Son unos animales de compañía peculiares, únicos en su especie. Con Pedro Sánchez han ganado pedigree: son más mansos que antes, obedecen en silencio a su amo. Siempre han sido cargos designados a dedo como recompensa por el servilismo confundido con lealtad. Lo estamos viendo más que nunca con los vasallos del presidente del Gobierno. Primero fue Pilar Bernabé y su boicot al interés general en la catástrofe de la DANA; ahora es Miguel Ángel Pérez, para quien lo más difícil que ha tenido que gestionar son las llamadas del presidente de Ceuta, Juan José Vivas. Normal que le parezca pesado, si le interrumpe mientras ve a Alcaraz… Les miras y te da la sensación de que no han cotizado ni un mes en la empresa privada. La delegación del Gobierno es un cargo que, desde su consagración en la Constitución, deja rienda suelta a la arbitrariedad del enchufado de turno. Esa coordinación y representación es tan relativa que las horas de procrastinación están aseguradas. Cuando nombraron a los delegados de Ceuta y Valencia, creían que su trabajo iba a ser el de meros floreros; no se imaginaban que iban a tener que lidiar con una crisis migratoria o una DANA. Normal que les venga grande. En el fondo me compadezco. Pobres criaturas domésticas: hasta que todo saltó por los aires, su mayor preocupación era comer, dormir y que las sacaran a pasear de vez en cuando.

Imagen de Pilar Bernabé

Imagen de Pilar BernabéEP

Ahora que el diputado de Compromís Albert Ibáñez se ha venido arriba en sus nuevas revelaciones sobrenaturales y ha abierto el debate de abolir la Audiencia Nacional, propongo otra demolición: la de las Delegaciones del Gobierno.

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