Sin ruidoJorge Brugos

No sólo hay marroquíes en Ceuta

Pese a la evidente amenaza de la inmigración masiva e irregular, no se plantea su repatriación

Tengo visiones, vislumbro el futuro cual Oráculo de Delfos en la obra Edipo Rey. Contemplaba a inmigrantes marroquíes, pero eran alucinaciones: imágenes de un futuro próximo que la vigilia del sueño creía reales. No estaban ahí. Aquel joven magrebí que se saltó el paso de cebra con su bicicleta, mirando y sonriendo de forma desafiante, era producto de la imaginación. Ese marroquí que alteró el orden público con su espectáculo de gritos, rezando insultos y blasfemias en su lengua de origen, representaba un espejismo. Esos bárbaros que empuñaron unos machetes y convirtieron la calle en su particular campo de batalla debieron de ser el recuerdo del tráiler de Gladiator III. No tengo noticias sobre ese rodaje, pero a este paso va a estar protagonizada por marroquíes.

Están por todas partes, no sólo en Ceuta. Es lo que me llama la atención. Hablo mucho del elefante en la habitación, pero parece que, hasta que no sucedió la crisis migratoria de Ceuta, todos nuestros rincones patrios convivían plácidamente germinando paradigmas de integración. Lo que está pasando, salvando las distancias, lo llevamos padeciendo desde hace muchos años en el resto de España. La Comunidad Valenciana, por ejemplo, es una de las regiones con mayor población marroquí. Los vecinos de ciudades como Alicante tienen que lidiar con las amenazas permanentes de una sociedad ajena a la propia, que en ocasiones no acepta las concesiones diplomáticas necesarias para toda convivencia. Por desgracia, lo ocurrido a cientos de kilómetros puso en el foco la problemática con la que se pretende invadir nuestra ciudad autónoma. Una realidad que no se quiere ver y ante la que, incluso con lo ocurrido, muchos siguen mirando para otro lado. Los hay que continúan enarbolando la bandera de la solidaridad, exigiendo que nuestra región y otras muchas colaboren con el destensionamiento migratorio ceutí. Sin embargo, tendría que ser Marruecos el encargado de salvaguardar la dignidad de sus compatriotas.

Imagen de un grupo de inmigrantes en Ceuta

Imagen de un grupo de inmigrantes en CeutaMARCOS MORENO

El respeto a los derechos humanos lleva tiempo estando en entredicho, por eso no sólo acampan en Ceuta, sino también en el resto de España. A la Comunidad Valenciana le adelantan en volumen de población marroquí Cataluña, Andalucía y Murcia. Regiones que a nadie parece importarles. Estamos todos solidarizándonos con lo que ocurre al otro lado del Estrecho, pero nadie empatiza con quienes tenemos que lidiar con la misma realidad día tras día. Ceuta es más insegura ahora que hace diez años, pero es que ciudades como Alicante y Barcelona también lo son.

Hace tiempo entrevisté a un líder opositor al Rey Mohamed VI, Driss Bouissef Luque, y reconoció que parte de los marroquíes que venían a España eran peligrosos. Su perfil no puede ser representativo de la gente de bien, que debería manifestarse en contra de quienes quieren trasplantar la delincuencia a nuestro territorio. Se ven imágenes dantescas, como aquella escena en la que sacrificaron una cría de delfín. En lugares de la Comunidad Valenciana se lleva tiempo presenciando conductas propias de otras épocas. Sin embargo, nadie dice nada. Ni siquiera hemos escuchado a los animalistas, más allá de algún susurro, protestar ante el maltrato perpetrado en la playa El Trampolín.

Pese a la evidente amenaza de la inmigración masiva e irregular, no se plantea su repatriación. Más bien, se prefiere repartir el problema por el resto de regiones, ocupando un poco más las barriadas de ciudades valencianas que están a un paso de convertirse en un zoco. Paradójicamente, para muchos la crisis migratoria se soluciona mercadeando con seres humanos y alimentando el engranaje de las mafias; unos traficantes que operan no sólo en Ceuta, sino en puertos de toda Europa, como los del Reino Unido (Portsmouth o Dover). Luego se extrañarán de que la extrema derecha gane posiciones en todo el viejo continente. Estamos hartos, y no sólo los ceutíes.

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