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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Educación para la servidumbre

Cataluña ya es el hazmerreír en Educación. Los informes PISA la excluyen para no humillarla. El País Vasco va detrás. Muchas felicidades

Hay dos formas rápidas de acabar con la educación: usarla para la construcción nacional y usarla para la deconstrucción nacional. Cataluña y País Vasco por un lado; el resto de España por otro. El gran engaño catalán encontró en la escuela su principal herramienta. Otras son los medios, el cine, ya saben. Lo que se hace en el colegio deja huella, y lo que Cataluña ha hecho en el colegio exige borrar huellas. Es un lío, ya lo sé. Pero es lo que hay. Cataluña ha venido decidiendo con su voto, de manera bastante pertinaz, que la engañen. La década de los ochenta llegó con un banquero quebrado, con un médico no ejerciente, con un ensayista mediocre, con un supremacista amigo del jaleo, con un meapilas de terruño, con un tipo que se sabía miles de nombres, particularidad muy celebrada que le granjeaba el cariño en los pueblos. Cada fin de semana visitaba varios, dirigiéndose por su nombre de pila a lugareños vistos una vez —en el pasado y de pasada— a los que preguntaba, con acierto de mentalista, por su esposa Montserrat, por el taller de su hijo Joan, por la salud de la madre: la Marta de can Oliver, oi?

Con eso alcanzas el poder en un territorio manejable. Un poco de mentalismo, un poco de hipnotismo. Pujol era el Cavaliere Cipolla de Thomas Mann, el doctor Fassman si lo prefiere. Fui un jovencito bastante contento con el lugar en que había ido a nacer y crecer, hasta que comprobé el efecto que un personaje tan barato como Pujol, por no mencionar su entorno, era capaz de ejercer sobre mis conocidos. Su heredero, más barato aún, se llamaba Arturo y luego se llamó Artur. Era corto hasta decir basta, pero se las daba de hábil estratega. Ésa es una cosa que los catalanes sin lecturas hacen muy bien: usan un deje sobrado al hablar, como si tuvieran el labio partido, y el caso es que llegan a convencer de su superioridad a gentes que les dan mil vueltas pero son poco exigentes. Fíjate, se decía que el mejor orador del Congreso era el portavoz del Grupo Catalán (así llamaba Madrid, tiene miga, a los nacionalistas catalanes). Pues aquel epígono de Castelar que les deslumbraba era un dequeísta infalible; jamás se equivocaba: siempre lo decía mal.

Viví todo esto de forma encadenada: me libré por edad de la educación escolar dirigida a la construcción nacional de Cataluña, y cuando la mano oscura del pujolismo tomó la educación, ya había acabado la carrera. Apa, adéu! Pero acabé asistiendo a la demolición de la inteligencia, de la sutileza, de la ironía; contemplé los estragos del literalismo, termómetro preciso de la estupidez; he tenido que presenciar la invención de muchos pasados, sin reírme ni nada. Sin decir «eso nunca sucedió, te lo acabas de inventar». Ahora Cataluña ya es el hazmerreír en Educación. Los informes PISA la excluyen para no humillarla. El País Vasco va detrás. Muchas felicidades.

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