La torre inclinada del «informe Pisa» aplasta a los jovencitos Frankenstein
España sufraga un sistema público que naufraga a ojos vista tutelado por quienes ponen a sus vástagos a cubierto en centros privados, a la par que a muchos padres se les fuerza a costear dos redes en paralelo
Ante este ochenio negro de Pedro «Calamidades» Sánchez, el Gobierno Frankenstein evoca aquella hilarante escena, de no ser por lo trágico del momento, de la película «El jovencito Frankenstein» en la que Frederick Frankenstein y su ayudante Igor proceden a desenterrar al monstruo. «¡Qué trabajo más asqueroso!», se lamenta el profesor llegado de EE.UU. a Transilvania para hacerse cargo de la herencia de su abuelo y reemprender el experimento de revivir a un criminal. «Podría ser peor», esgrime el jorobado Igor. «¿Cómo?», le refuta el doctor. «Podría llover», le replica el asistente y, sin casi finiquitar la frase, un relámpago ilumina el cementerio y jarrea agua desatando casi otro diluvio universal.
Sometido al anexionismo marroquí hasta dejarse invadir parte del territorio nacional y al separatismo interno, mientras anda pendiente de los tribunales por la corrupción de su familia y de su partido, Sánchez consuma ahora la peor debacle de la Educación en España desde que hace un cuarto de siglo (año 2000) comenzó a realizarse trianualmente el informe internacional PISA por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). De este modo, vuelve a acreditar que su maña para el latrocino y para la deserción de los intereses generales se acompaña de la incompetencia en la gobernación de asuntos capitales en el bienestar de los ciudadanos.
Para más inri, esta entrega, de la que ha quedado excluida Cataluña por haber sido pillada la Generalitat trampeando, es la primera que evalúa la nefanda Ley Celaá bajo cuyos postulados educación principió a escribirse con H al despreciar la ortografía y agudizó la abolición del conocimiento a fin de prefigurar mediante la letal LOMLOE (más bien «la Lolailo» por su carácter grosero) un gregario hombre nuevo -el jovencito Frankenstein, hijo de la Alianza Frankenstein que maneja España- para que fuera moldeable como el barro del fango de la corrupción.
Orillando el mérito y el esfuerzo, España sufraga un sistema público que naufraga a ojos vista tutelado por quienes ponen a sus vástagos a cubierto en centros privados, a la par que a muchos padres se les fuerza a costear dos redes en paralelo. Relegando a quienes carecen de posibles, esta izquierda retardataria ha vuelto inoperante la escolarización universal al oscilar entre el amor roussoniano por «el buen salvaje» y la quimera totalitaria de transfigurar la mente en una pizarra en blanco en la que grabar sus consignas políticas cuando no hay desarrollo sin educación ni democracia sin ciudadanos bien formados. En nombre del igualitarismo, ha averiado la enseñanza pública como ascensor social limitando las potencialidades del alumno a su origen o clase social.
Al rebajar la exigencia con la excusa de «no dejar a nadie atrás», Sánchez y su tropa han provocado que España quede en el pelotón de cola o, como se diría antaño, en «el pelotón de los torpes». Ello hace que la excelencia arraigue entre quienes atesoren pecunio familiar para soslayar estas aulas de la incultura auspiciadas por gobernantes que condenan con fruición suicida al atraso a otros escolares más desfavorecidos, pese a que España destina más dinero a ello que la ejemplar Finlandia donde los colegios privados menguan por falta de demanda.
Pero el descalabro no proviene de que esos mandatarios no sepan cómo poner remedio al problema, habiendo claros referentes en países que han seguido un proceso inverso y cuyo ejemplo desdeñan, sino en que han escogido eternizar ese estado calamitoso. Aunque sólo fuera por el cálculo de probabilidades por el que el burro de la fábula hizo sonar la flauta, habrían averiguado el quid del barquinazo, si no fuera porque persiguen «monos sin gramática», al revés de aquellos de la inclasificable obra de Octavio Paz. Ahí están los países que encabezan el ranking o el buen bagaje de la Comunidad de Madrid, pese al fórceps del Gobierno.
Al sacar España los peores resultados de su historia en Ciencia, Lectura y Matemáticas tras la contrarreforma educativa sanchista, se certifica hasta donde ha arrastrado la ampliación de las horas de adoctrinamiento en detrimento de la ilustración por quienes, en su terquedad de acémilas, harían palidecer a aquel regidor que, al inaugurar un pilar público para que abrevara el ganado y toparse con que unos concejales opinaban que el caño estaba muy alto y otros lo contrario, se acercó a beber del chorro y, apartándose, zanjó la porfía: «Por Dios, no hay más que hablar que, si yo alcanzo, no habrá bestia que no alcance». Pues eso discurre la oficialidad dizque educativa en una cuestión esencial en la que no se puede afirmar que haya tocado fondo al no caber propósito de enmienda.
A este propósito, se recolectan los frutos de la malhadada ley Celaá que, según su matrona, debía impartir las Matemáticas con sentimiento y perspectiva de género, esto es, «con faldas y a lo loco», como en la desternillante comedia de Billy Wilder. En esa degradación, los docentes juegan el rol de los bomberos de la novela distópica «Fahrenheit 451» en alusión a la temperatura a la que el papel comienza a arder. Si en el estremecedor relato del norteamericano Ray Bradbury, la misión del apagafuegos era calcinar los libros, la nueva tarea de los maestros sería pastorear a borregos prestos a ser estabulados en el aprisco o, si se prefiere, bebés grandullones en una prolongada guardería que iría del jardín de infancia a la Universidad envueltos en una burbuja que, por su propia naturaleza, estallará dándoles de bruces contra la terca realidad.
Entretanto, a los gobernantes se les llena la boca de repetir la falsedad de que generación alguna ha estado tan bien instruida como la de estos hijos y nietos logsianos, cuando es la primera vez en cien años que -datos en la mano- está por debajo de sus progenitores. Habiendo dispuesto de medios que jamás soñaron sus padres, la enseñanza se derruye. Está claro que, por mucha semilla que se arroje a un campo sin arar con el empeño y sin el abono del mérito, difícilmente se obtendrá la mies que aprovisione el mañana. Nada que ver con aquel temprano anhelo de Víctor Hugo ante la asamblea constituyente francesa de 1848, de hacer que la luz de la sapiencia penetrara por todos los lados en el espíritu del pueblo, «pues son las tinieblas lo que lo pierde». El autor de Los miserables discernía que la ignorancia era peor que la miseria, si no su causa primordial.
Con respecto al informe Pisa 2026, Sánchez no reaccionará como el escritor y diplomático francés Paul Claudel cuando, ejerciendo como embajador en Tokio, se encontró, de regreso de una recepción, con la terrible adversidad de contemplar su residencia oficial en llamas. Como hombre de letras, lo primero que le abrumó fue la suerte corrida por sus manuscritos y joyas bibliográficas. Cuando alcanzó el jardín de la legación, vislumbró entre la humareda a un hombre con algo entre sus manos. Al poco, identificó a su mayordomo. Yendo a su encuentro, el sirviente lo tranquilizó con el orgullo del que sale bien parado de un envite. «¡No se alarme, señor! -exclamó- He salvado el único objeto de valor». Con sorpresa, Claudel reparó en que la prenda preservada no tenía que ver con su motivo de inquietud. Al constatar que era su uniforme de gala, su cara fue un poema.
Ante una contingencia pareja a la de Claudel, como con el desastre sin paliativos del informe Pisa, Sánchez mostraría su dicha si, ya fuera en La Moncloa o en la Mareta, le participaran que se había librado de la quema su atuendo de etiqueta de César Visionario, dado cómo le gusta exhibir el poder desde que atrapó la Presidencia. Cuando la torre inclinada del «informe Pisa» aplasta a los «jovencitos» Frankenstein a su padre político sólo le preocupa y ocupa salvar su traje de presidente, mientras se burla de ellos espetándoles que no necesita saber qué es «farmear» o que significa six seven para patentizarles que es más guay que ellos y que le renta robarles el futuro como al conjunto de los españoles les sustrae su patrimonio económico e histórico.