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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

Cuando a Don Bulo ya no le aplauden sus mentiras ni los suyos

Gobernar es, para Sánchez, multiplicar los problemas descargando la responsabilidad en los demás, mientras desguarnece las fronteras y persiste en las mismas políticas

No es que España no se merezca un Gobierno que le mienta, como le afeó Rubalcaba a Aznar tras la masacre yihadista del 11-M de 2004 a tres días de las elecciones, es que «Noverdad» Sánchez considera que ese mismo pueblo no es digno de sus eximias mentiras. Enfermo de ese «síndrome de hybris» que prende en quienes ambicionan dominarlo todo sin importarles las gravosas secuelas para los gobernados, Sánchez hizo gala de ello en el debate en el Congreso sobre la invasión de Ceuta por los 72.000 hijos de Mohamed VI para patentizar sus aspiraciones expansionistas sobre las posesiones españolas norteafricanas.

A este fin, el pleno no aclaró mayor cosa que asistir al suicidio de una nación en manos de un presidente que, sometido al chantaje externo del irredentismo magrebí e interno del separatismo, se enajena de la realidad y procura sostenerse como un tentetieso sin importarle arrastrar al Estado hasta su naufragio capitaneando un Gobierno fallido. Después de su eterno blablablá en derredor de sí mismo, no desentrañó el verdadero expediente X de su gobernación tras el hackeo de su teléfono por parte de Marruecos. Ello explica sus disímiles posiciones entre la crisis de mayo de 2021 y julio de 2024 cuando unos 8.000 ilegales violaron la frontera de Ceuta ante la pasividad de la Gendarmería Real de Marruecos y esta en que los transgresores se han multiplicado por diez guiados por esa misma Policía.

Mediando de por medio la extracción de 2,57 gigabytes de información de su celular, Sánchez ha deambulado de advertir al vecino del sur que defendería «la integridad territorial de España con los medios que sea necesario», incluida la suspensión del acuerdo de cooperación con la UE que caduca en 2027, activando la alta diplomacia —conversaciones con Felipe VI, autoridades comunitarias, mandatarios marroquíes y partidos españoles— a degradarse en portavoz oficioso de Rabat, mientras alargaba sus vacaciones estivales en La Mareta abandonando a los ceutíes a su suerte.

Al ser tan ostensible la diferencia, luego de ser sorprendido con las babuchas en la mano en esta última «marea azul» auspiciada por Marruecos, como evidencia el informe elaborado por la unidad de inteligencia de la Comisaría de Extranjería de Policía Nacional (CENIF) a instancias de la jueza de la Audiencia Nacional María Tardón, Sánchez no ha podido remedar exitosamente el cinismo de aquel personaje de época que fue Madame de Sommery. Al ser pillada in fraganti por su marido metida en el tálamo nupcial con su amante, esta dama de alta alcurnia y baja cama negó audazmente lo que estaba a ojos vista y le endilgó con insolente descaro: «¡Ah, bien veo que ya no me amas y crees más lo que ves que lo que yo te digo!».

Al mentir más que habla, después de revelar ayer en el pleno que el ministro de Exteriores había convocado a la embajadora de Marruecos, lo que sorprendió por lo clandestino de una medida que por sistema se le da traslado inmediato a la opinión pública al residir en ello parte de su valor, no había salido de las Cortes cuando se supo que fue un paripé con el encargado de Negocios. A base de reincidir en sus embustes, ha agotado los tres tipos de engaño que John Arbuthnot, escritor escocés y médico real, estableció en «El arte de la mentira política» para «hacer creer al pueblo falsedades saludables con un buen fin»: la «mentira calumniosa», la «mentira por aumento» y la «mentira por traslación».

Después de machacar con todas ellas, recurrió ayer a una cuarta: la mentira por elevación, si bien con poco lustre al no granjearse siquiera el aplauso al completo de la bancada azul, como fue el llamativo caso de su ministra de Defensa, Margarita Robles, quien es la primera que vez que lo desaíra de ese modo. Al intentar huir de la quema salvándole la cara a Marruecos y abofeteándosela a los servicios de inteligencia españoles, la «pájara» (Sánchez dixit) Robles quiso preservar su negra honrilla siendo ella misma la máxima responsable de todos ellos.

Tal osadía abona la hipótesis de que Sánchez puede tratar de cerrar en falso esta crisis de Ceuta con una remodelación de su Gabinete con la salida de quien dijo que dormía vestida de uniforme. Como Robles obró con la exdirectora del CNI, Paz Esteban, como le exigió el separatismo a Sánchez, por monitorizar, bajo supervisión judicial, a los promotores del golpe de Estado de 2017. No es buena señal para ella que Gabriel Rufián, como sucediera con el ministro Borrell, le echara en cara al Ejecutivo el desplante de la ministra al presidente. «Tienen un problemón», verbalizó el portavoz de ERC sobre la única ministra bien recibida por los ceutíes al ponerle el cascabel al gato de Rabat que hace vida en París. A lo que se ve, con tantas piedras en el riñón, Robles no está dispuesta a comulgar con tantas ruedas de molino luego de ser la amanuense de la moción de censura contra Rajoy.

Pendiendo sobre su cabeza la espada del sultán de Marruecos, Sánchez tampoco convenció a sus socios que aprovecharon la encrucijada parlamentaria para poner en evidencia ese vasallaje, pero sin dejarle caer al ser parásitos de su debilidad. A este respecto, no se engañan con su juego de trilero al prometer, en aras de la «transparencia» - ¿o tal vez «tramparencia»? -, publicar un dossier con todos los informes previos que manejó el Gobierno sobre la invasión, lo que a ellos de paso les permitirá seguir carcomiendo al Estado que pretenden derribar, cuando no ignoran que Pegasus es el gran arcano de Sánchez. «¿Qué había en su teléfono? ¿Qué sabe Marruecos de usted?», le martilleó Feijóo en su andanada contra el «Nerón con TikTok».

En suma, mientras el dinosaurio de la invasión de Ceuta sigue ahí al cabo de un mes, el pleno de ayer sirvió para retratar a un canalla de la política que aventuró que Feijóo y Abascal «habrían ordenado disparar a la población civil» y para visualizar la situación de bloqueo de la política española con un presidente supeditado a la tenaza del expansionismo externo y al separatismo interno que evidenció el tuit del prófugo Puigdemont reclamando la descolonización de dos ciudades españolas que nunca fueron colonias. Sin embargo, como reconoce Jonathan Swift, «el más grande de los mentirosos tiene sus crédulos: y suele ocurrir que si una mentira perdura una hora, ya ha logrado su propósito, aunque no perviva».

Y, en esa estrategia, anda quien, no obstante, aunque ayer bromeara con el aviso de Feijóo de que su «miedo personal» a Marruecos lo pagaría «ante la Justicia y las urnas», no las tiene todas consigo. Por ello, vuelve a echar mano de la Fiscalía General ordenando a la jefa Teresa Peramato, alias «Porpedromato», que boicotee la investigación de la juez Tardón sobre la invasión de Ceuta. A ver si logra sobreseer el asunto como con la causa del 8-M de la magistrada Rodríguez-Medel sobre el delegado del Gobierno en Madrid por autorizar su celebración con el COVID y que los autores del informe de la Policía Nacional corran la misma suerte del teniente coronel Pérez de los Cobos, por ajustarse a su deber como policía judicial.

Pero, si Jardiel Poncela bromeaba con que «la medicina es el arte de acompañar con palabras griegas al sepulcro», se podría decir que gobernar es, para Sánchez, multiplicar los problemas descargando la responsabilidad en los demás, mientras desguarnece las fronteras y persiste en las mismas políticas como aquellos galenos que, después de comprobar cómo las sangrías no sanaban a los enfermos, los sangraban más. Por eso, cuando Sánchez se mostraba ayer jocundo de que Ceuta y Melilla serían siempre españolas poniendo como testigos a los dos leones forjados con cañones fundidos de los cañones de la guerra África que anteceden el caserón de las Cortes, no mueve a la tranquilidad viendo cómo, para llegar a la Moncloa y aferrarse a ella, Don Bulo ha ido desertando de todo lo que antes había prometido sobre sus compromisos de Estado.

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