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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Celada al Rey

Haga lo que haga ahora Felipe VI, estará mal. Sánchez planea acabar con todo y hay que llamarle exactamente lo que es: un traidor. Y así tratarlo. Ya.

Sánchez le atribuye a Felipe VI veinte años de reinado porque se le está haciendo largo. Por si hubiera dudas, en el mismo contexto su inconsciente desliza, justamente, cuán larga se les hace a «algunos» su, digamos, Presidencia. Cierto, estamos hartos de Sánchez, un traje vacío y cursi, un permanente estar en falso, un inútil y compulsivo perfumarse para disimular el olor a desinfectante del negocio de la familia política. Al ignorar la grandeza, al no haber catado las mieles del conocimiento, le parece injusto pasar a la historia bajo el reinado de nadie. Es el ateo que no admite la existencia de Dios porque, de ser cierta, Dios debería ser él. ¿Cómo va a tolerar a un jefe de Estado? Le incomodaría igual si otro fuera presidente de la República.

Como no le sobran las luces, desatiende o desconoce las ventajas de la Monarquía parlamentaria, resumidas en la conversión del Rey en mero símbolo (con alguna leve, ocasional y discutida excepción). Dado el cargo de, digamos, presidente que le reservó el caprichoso destino, la Monarquía, lejos de restarle atribuciones, le confiere una solemnidad capaz de disipar su olor. Paso al vocativo. Cateto: servir bajo un Rey de España no es servir a otro: es sumar tu nombre a una historia gloriosa. Con una neurona más, habrías tratado de agradar a Felipe VI. Incluso por egoísmo. Pero ahí dentro no tienes nada. En realidad, como me recuerda un amigo, no eres nadie, pero esto exige otra columna. Anticipo, de momento, que la no condición, el ser nadie, debe pasar de Patxi López a ti. Nada, nada, lo mereces.

Tenemos pues a un Sánchez que quiere presidir la Tercera República. Así se lo dije, sin decorarlo apenas, a alguien especialmente concernido por tan loca ambición, pero creo que no le gustó mi sinceridad. Las verdades duelen a veces, por eso no es forzoso formularlas. Salvo cuando lo es. Lo que Sánchez le ha hecho al Rey a 31 de agosto, nada más agotar sus treinta días de vacaciones pagadas y su fase REM, es la mayor canallada perpetrada hasta ahora contra uno de los dos reyes del sistema del 78. Sánchez viene minándolo todo, Estado de Derecho e instituciones. Ello obliga a plantearnos por qué sigue siendo un hombre de Borrell el jefe de la Casa de Su Majestad el Rey. Más otras cosillas que nos preguntamos sobre el personal (en un silencio consternado).

Ningún, digamos, presidente había preparado una celada semejante a un monarca. Si ahora visita Ceuta, se dirá que va a remolque de Sánchez, que Sánchez ha tenido que ponerle las pilas porque no cumplía con su deber. Si no va a Ceuta, la sensación será que el símbolo de la unidad de España se empeña en abandonar la parte del territorio nacional amenazada por mayores peligros. Haga lo que haga ahora Felipe VI, estará mal. Sánchez planea acabar con todo y hay que llamarle exactamente lo que es: un traidor. Y así tratarlo. Ya.

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