Sin ruidoJorge Brugos

El Valencia CF también suspende en PISA

Hemos perdido el hambre. A los dirigentes y futbolistas les ocurre lo mismo que al resto de la plantilla social: trabajamos por la nómina.

Que me perdone Alberto Caparrós, pero Rodri tenía razón cuando soltó aquello de que los del Valencia CF eran muy malos. No sólo ellos; la sospecha se extiende a buena parte de la Primera División. Antes de que el centrocampista dijera las verdades sin anestesia, salvaguardado en la trinchera infinita del banquillo, un servidor llevaba tiempo preocupado por la abismal distancia entre el conjunto catalán y los demás. Pasa también con el Real Madrid, claro, pero los blancos solo juegan cuando tienen ganas. Existen pocos rivales que no salgan goleados ante los culés —y lo escribe un madridista—. El Madrid tiene más clase y talento, pero le falta el trabajo que a los otros les sobra. Eso marca la diferencia en una competición convertida en una suerte de liga escocesa de Hacendado.

Escribiendo esto regreso a mis orígenes como cronista deportivo de primera juventud. Qué tiempos. Una etapa en la que un Valencia-Barcelona era un duelo de colosos, o en la que un Levante disputaba cada balón al Madrid con aquel mítico equipo de José Ignacio Martínez. Han pasado tantos años que me siento viejo; ese reloj implacable que marchita todas las cosas. La fugacidad de las temporadas también ha podrido los presupuestos y la eficacia de nuestros clubes. Los tótems del fútbol de nuestros padres se carcomen por las termitas que devoran la madera sólida sobre la que se sustentaba el modelo. Es la única estrategia que explica el derrape del Barça en Europa mientras conduce con la autopista despejada en el torneo doméstico. Habría que plantearse si compiten los mejores o si algunos de los que hoy pisan la Primera deberían habitar en Segunda.

Es ahí donde cabe señalar a los conjuntos valencianos. Cuesta esquivar la sensación de que, desde Elche hasta Valencia, su paso por el césped es moribundo, errático, como si desearan que la temporada acabase antes de empezar. Una mediocridad plomiza asentada en nuestro ecosistema. Y no hablo solo del plano deportivo —hemos ganado el Mundial pasando por encima de la Argentina de Messi—, sino del empresarial. Confiemos en que la compra del Eldense por parte del astro argentino dé un impulso al fútbol local. Necesitamos líderes, referentes.

Quizá se pregunten qué hace un servidor hablando de fútbol en una columna tradicionalmente política. La respuesta es sencilla: el deporte rey también es política. No me refiero a su uso como altavoz de causas distópicas, sino a que un club que no juega en el césped suele procrastinar en los despachos. En Mestalla sabrán bien de qué hablo.

Poco se puede esperar de una sociedad que apenas logra desentrañar textos de extensión moderada. Así lo atestigua el último informe PISA, que vuelve a dejar a nuestro país —y a nuestra región— en la cola del rendimiento. Somos la nación con más universitarios de Europa, pero suspendemos en comprensión lectora. Hace unos meses, Arcadi Espada firmaba en El Mundo una surrealista columna sobre la Selección donde vinculaba la decadencia patria con sus resultados en el césped. Hubo debate: para unos era una genialidad satírica; para otros, pereza del periódico al no revisar la obsolescencia de sus firmas.

El caso es que el tiempo confirma el diagnóstico: a pesar de las copas levantadas, nuestra Liga es cada vez más mediocre, ramplona y conformista. Los clubes se parecen a nuestros estudiantes: aspiran a pasar de curso con la nota justa para, una vez graduados, cumplir el gran sueño español de ser funcionarios.

Hemos perdido el hambre. A los dirigentes y futbolistas les ocurre lo mismo que al resto de la plantilla social: trabajamos por la nómina. El Valencia se conforma con no bajar; nosotros, con hacer las horas.

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