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Enrique García-Máiquez

Élite para todos

No pido una teoría educativa más, Dios nos libre. Pido colegios donde chicas y chicos puedan descubrir que estudiar mucho no es una tara, que destacar no constituye una ofensa y que la excelencia obliga a servir

Tras la debacle del informe PISA, mucha gente, sabiendo que soy profesor de secundaria, me pregunta qué habría que hacer. Preguntar a los profesores por grandes teorías educativas es mentar la soga en casa del ahorcado. Una parte considerable de nuestros problemas cotidianos procede precisamente de las teorías generales, de los planes estratégicos y de los planteamientos utópicos. Cuando alguien empieza a explicarme una innovación pedagógica, busco un lugar elevado, con agua abundante, retaguardia firme y accesos batidos, y me parapeto allí.

Lo malo de ser, además de profesor, aforista es que, encima, uno ya lo dijo, gracias a la brevedad, casi todo antes: «El problema más grave de la sociedad es la educación y el problema más grave de la educación es la sociedad». Menos PISA y más prisa, por favor, por desmontar ese círculo vicioso. Iñaki Ellakuria ha contado estos días cómo él se ha empeñado en educar paralelamente a su hija con más humanismo, más libros y más entusiasmo, esquivando las estadísticas. Confío muchísimo en esa rebelión callada de las familias.

No todo el mundo tiene la suerte de tener un padre así. Y aquí los poderes públicos podrían hacer algo sencillísimo, sin reformarlo todo por decimoquinta vez: crear escuelas públicas de élite. Las que ya estaban inventadas, pero gratuitas, voluntarias, exigentes y abiertas a cualquiera que quiera entrar.

Sueño desde hace años con unas grammar schools genuinamente españolas. Centros públicos que ofreciesen, con la naturalidad con que otros ofrecen bilingüismo o pantallas digitales, una educación académicamente ambiciosa: latín y griego, historia, literatura, matemáticas, ciencias, música; disciplina, deportes, normas de cortesía, uniformes si procede y, sobre todo, la convicción contrarrevolucionaria de que saber más es mejor que saber menos. Si hubiese más solicitudes que plazas —muy pronto las habría—, el acceso sería por méritos y pruebas específicas. También podría haber una vía técnica de excelencia. Y otra de ciencias, aunque con mucho libro clásico siempre. Puestos a soñar, podría existir incluso un internado, quizá para un curso, que permitiese la vida colegial y que los españoles de unas regiones conociesen bien otra y conviviesen con muchos compañeros de toda la nación.

¿Elitista? Naturalmente. Ahora bien, un elitismo gratuito, nada complaciente, exigente y abierto es justamente el reverso del privilegio que nos pone los pelos como escarpias. A Roger Scruton, hijo de una familia modestísima, una grammar school le abrió la puerta de una cultura que luego él devolvió multiplicada. Alan Bennett salió de otro colegio público selectivo. Sus libros, su pensamiento o su teatro no fueron bienes privados. La excelencia también redistribuye. Mucho mejor que una incompetencia que no produce nada que redistribuir.

Nos hemos acostumbrado a considerar solidario rebajar el listón, cuando la solidaridad más fértil es levantarlo y poner una escalera. Necesitamos buenos fontaneros y buenos filólogos, grandes ingenieros y grandes profesores, empresarios capaces de crear riqueza y políticos capaces de no estropearla. La excelencia ajena no me humilla: me presta servicios, me ensancha el mundo y me incita a afinar en lo mío. Una sociedad sensata no corta las cabezas que sobresalen; procura que sobresalgan muchas y que miren alrededor. Esa sería una auténtica justicia social educativa. Eso es igualdad.

Además, la propuesta tiene una virtud escandalosa: no exige invertir casi nada. Los alumnos ya cuestan dinero al sistema. Se trataría de permitir que algunos centros concentrasen exigencia, tradición, disciplina y aspiración, y de dejar que las familias escogiesen libremente. Hay edificios bellísimos e históricos que ya acogen centros de enseñanza secundaria que harían de estupendos marcos.

La inteligencia artificial vuelve todo esto más urgente. Cuanto más sepan las máquinas, más tendremos que saber nosotros qué merece la pena preguntarles, qué no debemos delegarles y, sobre todo, qué queremos ser. Los clásicos, la memoria, el gusto, el juicio, el coraje intelectual y la capacidad de admiración no son antiguallas, sino contra-tecnología punta.

No pido una teoría educativa más, Dios nos libre. Pido colegios donde chicas y chicos puedan descubrir que estudiar mucho no es una tara, que destacar no constituye una ofensa y que la excelencia obliga a servir. Una élite para todos, porque los mejores no están para apartarse de los demás, sino para tirar de ellos hacia arriba.

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