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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Restaurantes que son «una experiencia», ¡huyamos!

Sé que soy un gastro-gañán, pero no me volverán a pillar en otro Michelin de menú cerrado, sablazo y tropecientos microplatos de los que acabas saturado

Un almuerzo en un restaurante que dé bien de comer y con una conversación interesante supone uno de los placeres de la vida. Como a todo el mundo, me gusta la cocina sabrosa ofrecida en un entorno agradable y con un servicio atento. Curiosamente algo de apariencia tan sencilla empieza a escasear. Lo que se estila ahora es una comida un tanto snob en platos de diseños absurdos; mesas sin mantel, que se limpian con un trapo que acumula roña; y muchos camaretas confianzudos de camiseta negra, arandelas y tatuajes, que llaman «chicos» a los cincuentones y sesentones –y hasta a los octogenarios–, que no se apean de un tuteo empalagoso y que te dejan la mesa con un reguero de goterones si osan a escanciar el vino. El momento cumbre llega cuando se acercan interrumpiendo la conversación y te hacen la inefable pregunta: «¿Qué tal vamos, familia?».

Comiendo en un excelente restaurante de La Coruña cercano a la playa del Orzán, su encantador propietario nos habló maravillas de uno de la serranía de Cádiz. Al decirle que íbamos a estar por allá abajo nos insistió en que no dejásemos de probarlo. Resultó que el local ostenta una estrella Michelin, algo que en condiciones ordinarias para mí es un sello de a dónde no debo ir, pues carezco de conocimiento, bolsillo y paciencia para ese tipo de alardes. Pero bueno, hicimos una excepción y allá nos fuimos con una pareja amiga, consumados gastrónomos.

El templo de peregrinación estaba en medio de un pueblo más bien anodino, sin mucha historia. El responsable de sala nos explicó que su cocina se basaba principalmente en los vegetales. Todo elaborado –cómo no– con producto de «huerta de proximidad» (lo que cunden estas huertas, cualquier día darán hasta besugos).

Un problema de casi todos los michelines es que te ofrecen un menú cerrado. No puedes elegir un par de platos que te gustan y ya, como toda la vida. Tienes que tragarte los tropecientos microplatitos que ha ideado el chef investigando en su aclamado laboratorio (ay Adrià, cuánto daño has hecho). En este caso optamos por el menú corto… que eran –solo– nueve platos. Los dos primeros nos sorprendieron y los elogiamos. Pero cuando íbamos por el sexto ya estábamos más bien hasta el bolo y nos sabíamos de memoria la salsilla de fondo, que se repetía en varias propuestas.

Las mujeres de la mesa dimitieron en el séptimo plato. Pero mi amigo y yo no nos resistimos a probar el extra que ofrecía la carta, pues allí se recogían tres platos caseros de la abuela del científico culinario. En ese oasis había rabo de toro, callos y guisos de toda la vida. Probar aquello tras las genialidades previas fue como entrar en un oasis de deleite y sentido común.

Salimos de allí petados. La factura resultó razonable para las pretensiones del local, aunque superaba de largo lo que uno está dispuesto a pagar por comer fuera. Todos concordamos que «la experiencia» no valía la pena. De hecho, en la siguiente comida de la excursión nos ventilamos en un mesón unas simples chuletillas de cabrito a la brasa y confieso avergonzado que las disfruté más que todo el despliegue culinario del templo.

Sé bien que hoy los cocineros reciben en España consideración de científicos, de artistas y hasta de filósofos. Sé que hay comensales de paladar exquisito, erudición gastronómica y bolsillo bien colmado que la gozan en estos locales y saben valorarlos como se merecen. Sé que es difícil conseguir meterle regaliz a un percebe, o congelar un rábano e inyectarle una salsa de higo. Sé que tienen muchísimo mérito estos maravillosos cocineros y que yo soy solo un lamentable gastro-gañán, que prefiere los fideos con congrio marineros y el guiso de zapata de mi madre a semejantes florituras. Pero hay algo que tengo muy claro: sea como sea, no me vuelven a pillar en otro Michelin de menú cerrado (y abierto, me temo que tampoco).

Restaurantes que son «una experiencia» ¡Huyamos corriendo!

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