Quisieron anular el patriotismo español, pero sigue ahí
La izquierda sucumbió al separatismo y presentó a España como una «nación de naciones», pero Ceuta muestra a un pueblo español que continúa leal a su país
España arrastra un problema endémico que por desgracia la diferencia de muchos de sus países vecinos, como Francia, Portugal o Alemania. Es la pulsión separatista en dos regiones, que se intenta hacer extensiva a algunas más.
El mal se agravó porque a España le ha fallado su izquierda, pues a diferencia de sus pares europeos es lastimosamente antipatriótica. A ese hándicap se suma un modelo autonómico que ha fomentado el extrañamiento hacia la idea nacional.
Pero el daño se ha agudizado sobre todo por el giro del PSOE bajo Zapatero y Rubalcaba. Conscientes de que las grandes mayorías se habían vuelto ya inalcanzables para su partido, decidieron compensarlo con una alianza contra natura con el separatismo. Sánchez no es más que la descarnada culminación de esa política suicida, pues cuesta concebir algo más estúpido que gobernar una nación de la mano de quienes tienen como meta declarada destruirla.
Desde la llegada de la democracia, el nacionalismo antiespañol trabaja a tiempo completo -y muchas veces desde el poder autonómico- para fomentar su supuesta «identidad» diferenciada, para imponer su idioma a costa del mayoritario que nos une a todos y para fomentar la aversión hacia España. Su propaganda llega al extremo de presentar como «progresistas» a quienes pretenden romper la unidad de la nación por motivos supremacistas, mientras se tacha de retrógrados a quienes abogan por mantener el proyecto solidario, constructivo y secular llamado España. Lamentablemente, el PSOE y buena parte de la seudo inteligencia y artistada que orbita a su alrededor han comprado esa tesis, que convierte en estupendos «progresistas» a formaciones tan cavernícolas como el PNV, Junts, ERC o el BNG.
El Partido Socialista ha sido el que más tiempo nos ha gobernado y ha impuesto una suerte de Pensamiento PSOE, que adoptan casi sin saberlo incluso muchos simpatizantes y dirigentes de la derecha templada. Han sido educados por la escuela y la cultura del PSOE y en la práctica comparten su mirada de centro-izquierda, empezando por la socialdemocracia económica y continuando por lo que atañe a las costumbres sociales.
Ese Pensamiento PSOE, un partido que hoy arrastra un desolador complejo de inferioridad ante los nacionalismos disgregadores, ha creado una atmósfera que induce a pensar que el patriotismo español ha desaparecido. Lo que se vende es que la gente siente un gran fervor por su región y un desinterés absoluto por España. Y sin embargo…
Dos hechos, uno regocijante y otro deprimente, han contribuido a mostrar este verano que el patriotismo español, lo que coloquialmente podríamos llamar el españolismo, seguía muy vivo, a pesar de los intentos de la izquierda gobernante por opacarlo.
El primero, el hecho alegre, llegó en julio, con la sensacional victoria de España en el Mundial de fútbol. No es una anécdota. Si los separatistas hicieron todo lo posible por impedir que en las plazas de sus regiones se siguiese a la selección es por algo. Saben que una gesta de este calibre, en la que además tuvieron una participación destacada futbolistas vascos y catalanes, une a la nación. Las banderas españolas ondearon por todas partes. El país se unió en una explosión compartida de alegría (que falta hace).
El segundo hito que ha demostrado que el españolismo seguía vivo ha sido la respuesta de solidaridad con Ceuta y las multitudinarias marchas en las calles en su defensa y contra un Gobierno que dejó tirada a la ciudad española. De nuevo imágenes masivas de un patriotismo español que la izquierda quiere hacer desaparecer para sustituirlo por la «nación de naciones» y por el «proyecto confederal», que no es más que dar la independencia a Cataluña y el País Vasco en todo menos en el nombre.
El mal llamado «progresismo» no ha logrado sofocar el aprecio por España. El que está llamado a ser el próximo presidente del Gobierno tiene ante sí una gran ocasión para enarbolar la bandera de todos superando ensimismamientos regionalistas. Nada nos ayudará más que volver a contar un país unido en torno a una idea común y una ilusión de futuro. Lo otro, lo de someternos a los separatistas y comportarnos como sus perrillos falderos -y los de Marruecos- ya lo hemos probado y solo conduce a la parálisis y la indignidad.