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Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

El peor régimen político

La democracia no impide que gobierne un necio, un malvado, un ignorante o un perturbado, pero no permite que permanezca indefinidamente en el poder

En una sesión de la Cámara de los Comunes en 1947, Winston Churchill pronunció una de sus frases más famosas: «La democracia es el peor régimen político exceptuando todos los demás». No se trata solo de una expresión ingeniosa. Encierra una gran verdad. La democracia es un mal, pero carece de alternativa preferible. Es el mejor de los males políticos.

La diatriba contra la democracia es antigua. Y uno de sus principales argumentos clásico. Concede el mismo valor a la opinión de sabios y necios. Sería el gobierno de la masa ignorante e inepta. Ya Aristóteles, inteligente conservador (valga la posible redundancia) puso las cosas en su sitio. Una cosa es ser capaz de hacer algo, por ejemplo, gobernar, y otra saber cómo la está haciendo quien lo hace. La democracia se basaría solo en lo segundo.

La democracia no impide que gobierne un necio, un malvado, un ignorante o un perturbado, pero no permite que permanezca indefinidamente en el poder. Es ese extraño sistema político que permite que gobiernen tanto Lincoln como, por seguir del otro lado del océano, Trump. No se es justo si uno se fija solo en lo segundo. Con las limitaciones de la democracia ateniense que era más bien un régimen mixto, Pericles gobernó durante décadas. Y sabiamente. Merece la pena leer el discurso fúnebre en Tucídides. Es verdad que sus hijos fueron condenados por corrupción.

La democracia puede degenerar hacia la demagogia, el populismo y la tiranía. Pero las ventajas de ese mal que es la democracia resplandecen cuando se consideran sus alternativas. Dos son sus principales bondades. Permite quitar el poder pacíficamente a los gobernantes (aunque a veces no es fácil) y permite el control de los poderosos, mediante la garantía de los derechos y libertades, la división de poderes y la existencia de la oposición. Muchos males que se atribuyen a la democracia suelen derivar del hecho de que se está degradando o comienza a no existir verdaderamente. También constituye un método para la elección de los gobernantes que no parece tener alternativas claras.

A la vista de la actuación de algunos gobiernos democráticos actuales, y no precisamente residentes en tierras lejanas o exóticas, es normal que muchos ciudadanos se alejen de ella y sus principios. Es normal, pero no justo si se olvida los bienes que proporciona y, sobre todo, los males que evita. La democracia española está más en peligro por la mengua del apego ciudadano a ella que por los desmanes de quienes gobiernan.

Sé que entre los lectores de El Debate las referencias a la Transición suscitan disputas, a veces agrias, pero vayamos a ello. Transición, ¿de dónde hacia dónde? De un régimen autoritario a una democracia. Algunos preferirán hablar de dictadura y otros de fascismo. Para evitar polémicas, podríamos convenir en que hablamos de la transición del franquismo a la democracia. Aún a riesgo de simplificar, antes de la muerte de Franco, había tres posturas políticas básicas; el mantenimiento del Régimen, si acaso con algunas leves reformas, la ruptura democrática propugnada por la oposición, y la reforma del régimen desde dentro protagonizada por los reformistas del régimen y pactando con la oposición para alcanzar la democracia. Esta tercera opción, sin duda minoritaria, fue la que prosperó. Es útil leer los textos publicados en aquellos años por Julián Marías. Y hubo paz, reconciliación y democracia. Y, por supuesto, se cometieron graves errores, quizá el mayor el Título VIII de la Constitución. Y tuvimos gobernantes mejores y peores, hasta que uno de ellos emprendió el camino de la demolición de la Transición. Pero como ésta era un proceso hacia la democracia, acabar con la primera es lo mismo que acabar con la segunda. Queda siempre una verdad por encima de querellas políticas: un buen gobierno, más allá del régimen político, es el que busca la justicia y el bien común.

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