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Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

El rebaño excelente

La Universidad es un rebaño formado por ovejas excelentes. Marchan juntas, apretadas, hacia el mismo sitio. Y ese sitio casi nunca es el lugar en el que habita la sabiduría. Se diría que los universitarios tienen que llegar ya sabios de sus casas. El estudiante excelente es el que se escapa del redil

Sobre la Universidad se dicen con frecuencia tres falsedades. Que los alumnos son estúpidos, no aprenden nada y salen tan ignorantes como llegaron. Que los profesores son vagos, engreídos e ignorantes. Y que es una institución sumida en la corrupción y el amiguismo. Naturalmente, hay algunos estudiantes estúpidos e ignorantes, profesores holgazanes y alérgicos al trabajo para los que dar clase es un tormento infernal y casos de corrupción y no solo en la adjudicación de plazas, pero no creo que más que en otras instituciones. Mencionar la política sería casi juego argumental sucio.

Me ocuparé ahora de los estudiantes, centro de la educación superior. Se dice que los jóvenes actuales forman la generación mejor preparada de la historia, cosa que desmentiría la primera falsedad de las mencionadas. Puede que sea así en algunos aspectos, pero no en los más importantes. Conocen idiomas, dominan las más complejas tecnologías y poseen o pueden poseer una información descomunal, pero quizá ahí termine su mejor preparación. No es verdad que no estudien y que se les regalen los títulos. Al contrario, y no solo en las universidades de élite, son más exigidos que cualquier generación del pasado. No obstante, la entrada en la Universidad en general, por ejemplo, en la pública española, es mucho menos exigente que hace unos cincuenta años. Es cierto que el problema ahora no consiste en entrar, sino en poder elegir la carrera deseada. Trabajan y mucho, probablemente demasiado. El problema consiste en determinar para qué lo hacen. Por supuesto, para obtener éxito y conseguir un trabajo bien remunerado. Pero ¿es esa la misión fundamental de la Universidad? ¿Aprenden a ser más sabios (no meramente a saber más cosas)? ¿Se les enseña el amor al estudio y a la vida del espíritu? ¿A conocerse a sí mismos? ¿A dotar de sentido a sus vidas? En suma, ¿se les enseñan las tres cosas en las que, según Nietzsche, consiste la verdadera educación: aprender a mirar, a leer y escribir y a pensar?

En su libro El rebaño excelente, el profesor William Deresiewicz analiza cómo superar las carencias de la educación universitaria de élite. Luego, tiene carencias. El título es sobradamente elocuente. Como el diagnóstico: «El sistema fabrica estudiantes que son listos y talentosos y están motivados, sí, pero también son ansiosos, tímidos y están perdidos, muestran una escasa inquietud intelectual y tienen atrofiado el sentido de propósito: atrapados en una burbuja de privilegios, apuntando sumisamente en la misma dirección, estupendos en lo que hacen, pero sin idea alguna de por qué lo hacen». En definitiva, el sistema les fuerza a elegir entre aprender y tener éxito. Y suelen elegir lo segundo. La responsabilidad es también de los profesores. En suma, la Universidad es un rebaño formado por ovejas excelentes. Marchan juntas, apretadas, hacia el mismo sitio. Y ese sitio casi nunca es el lugar en el que habita la sabiduría. Se diría que los universitarios tienen que llegar ya sabios de sus casas. El estudiante excelente es el que se escapa del redil.

De este modo, el deterioro de la Universidad es compatible con el cumplimiento de dos de sus fines constitutivos: la formación profesional superior y el desarrollo de la investigación científica. Porque, se diga lo que se diga, la Universidad sí sirve para algo, incluso para mucho. Si tenemos grandes profesionales, médicos, ingenieros, profesores, periodistas, juristas, se han formado, en su inmensa mayoría, en la Universidad. Si se han desarrollado hasta límites increíbles la ciencia y la tecnología, se ha producido, en su inmensa mayoría, en las universidades. Lo que, desgraciadamente, no hace la Universidad es lo que constituye su misión más profunda y radical: educar. Mucho más que el currículum importa la mente. Es posible que esta finalidad se cumpla, aunque solo en parte, en los estudiantes de humanidades. Pero el relativismo cultural y la falsa democratización han hecho su trabajo para dificultar el cumplimiento de esa tarea. Cabría preguntar, siguiendo con Nietzsche: aprender a mirar, qué; aprender a leer, qué; aprender a pensar, en qué.

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