La derecha va en Fórmula 1 y Sánchez, en el coche de Los Picapiedra
Ni las encuestas de los medios afines reflejan un resultado positivo para Sánchez. Pese a ello, se volverá a presentar, porque es así de orgulloso y porque confía en escribir otro capítulo de ese 'Manual de resistencia'. O que se lo escriban
El cambio es inevitable. Será antes o un poco después, pero empiezan a escasear los días de Pedro Sánchez en la Moncloa. Y no es optimismo, sino pura física. Como si fuera el trampolín de una piscina. Cuanta mayor presión se ejerza sobre la punta, mayor será la reacción cuando se libere y más lejos llegará la tabla desde su punto de origen. Aquí en España pasará lo mismo, porque la izquierda ha forzado tanto la máquina que la reacción de los ciudadanos será ampararse en lo opuesto a lo que ha llevado al país al destrozo.
Ni siquiera en los medios afines al PSOE hay encuestas que reflejen un resultado mínimamente positivo para Pedro Sánchez. Pese a ello, se volverá a presentar, porque él es así de orgulloso y porque todavía confía en escribir un nuevo capítulo de ese Manual de resistencia. O que lo escriba otra persona por él. Sánchez no se irá ni perdiendo las elecciones y se mantendrá en el Congreso apelando a que él es la única alternativa viable a la unión de la ultraderecha con la derecha ultra. Y como no hay nadie en el partido que se atreva a hacerle oposición, porque lo ha reventado desde dentro, no tendrá problema para hacerlo.
Se ha visto en la crisis de Ceuta, cuya gestión ha sido más que mejorable por parte del Gobierno y nadie más allá de Page ha alzado la voz. El servilismo de los sanchistas hacia su líder es solo comparable al del propio Sánchez al Rey Mohamed. Una llamada de Rabat es la única explicación posible al cambio de postura del Ejecutivo con respecto a la invasión, que pasó de ser una violación de la integridad territorial de nuestro país a una simple crisis migratoria. Y los españoles no van a pasar por alto este nuevo cambio de opinión. Porque Ceuta no se vende, Ceuta se defiende. Y la manera de hacerlo es en las urnas.
Por algo Vox ha subido de manera exponencial este verano. Los 60-62 diputados que habría logrado Abascal a mediados de julio han pasado a 66-67, robándole escaños al PP y alguno que otro al PSOE, según la encuesta de Target Point que publica hoy El Debate. No es casualidad, porque son quienes se muestran más firmes en materia de inmigración y en cuanto a mantener la unidad de España.
La crisis de Ceuta ha golpeado directamente la línea de flotación del sanchismo. Es el principio del fin, porque, hasta ahora, los escándalos de corrupción se habían minimizado con el argumento de que «todos roban» y sus continuas mentiras se justificaban con que «al menos no gobierna la derecha». Pero todo ese mirar para otro lado saltó por los aires cuando una turba cruzó la frontera alentada por el régimen marroquí y nuestro Gobierno optó por irse de vacaciones.
Por eso los números le cuadran más que nunca a la derecha, que rueda en Fórmula 1 mientras Sánchez trata de impulsar el coche de Los Picapiedra. La suma de PP y Vox supera desde hace meses los 200 diputados y tiene en el horizonte el sueño de los 210. Con ellos, alcanzarían los tres quintos del Congreso y tendrían la llave para descomponer el sanchismo e incluso abrir el melón de la Constitución.