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Unas líneasEduardo de Rivas

El cine de verano, ese invento del demonio

Tienes que llevar tu silla, la pantalla no se ve y el volumen no se oye. Un plan maravilloso para perder el tiempo una noche de agosto

Hablando el domingo pasado de esas cosas que son diferentes cuando le añades el complemento «de verano», caí en la cuenta del cine de verano, ese invento del demonio que merecía un capítulo aparte.

Ya sé que ha existido toda la vida y que seguirá por mucho que hoy carezca de sentido, pero no le vi el interés de niño y ahora mucho menos. El concepto parte de los pueblos en los que no solía haber salas de cine, así que, durante el verano, colocaban lonas gigantes para poder disfrutar de una película, habitualmente vieja, que los habitantes no habían visto. O sí, porque muchos de los que iban eran turistas o capitalinos que volvían a casa por vacaciones.

Pero allá que iban todos a la plaza del pueblo, porque era casi lo único que había que hacer. Como si fuera el planazo de la semana o como si fuera cómodo, plantaban su silla de playa (que tenían que llevar de casa, por supuesto) para ver la comedia romántica de turno. Por descontado, para todos los públicos, porque siempre había niños por ahí pululando, jugando al fútbol o al pilla-pilla para hacer complicado seguir la película.

Los altavoces tampoco lo ponían fácil. Había que modularlos para no molestar en exceso a los que vivieran por allí y terminaban como si el volumen lo marcaran los vecinos del Bernabéu. La pantalla tampoco se veía muy allá, porque no se podían apagar las luces de la calle, no fuera a ser que alguien se levantara de la silla, se cayera y denunciara al ayuntamiento. Y eso cuando no había móviles, porque hoy le tienes que añadir que el de al lado está contestando un whatsapp, el de delante está viendo un vídeo de TikTok y el de más allá está mirando en el periódico si Rodri ficha o no por el Barça.

Con Netflix y demás aplicaciones, parece haber quedado en desuso esta práctica en los pueblos, pero a alguien se le ocurrió llevarla a las ciudades, donde, además, te cobran. Si algo tenía de bueno el cine de verano es que era gratis, pero ya ni eso. Por lo menos no te hacen llevarte la silla y te ofrecen películas que están aún en cartelera, pero se me ocurren mejores maneras de gastar cinco euros.

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