Reconstrucción
Tras lo que nos ha montado Sánchez (y Zapatero), no queda otra que desmontarlo. No bastará con un cambio de Gobierno. Lo dijo Sánchez muy bien sin imaginar hasta dónde llegaban sus palabras: no hay alternancia
Hacen bien en escandalizarse por las palabras de Pedro Sánchez los que saben. ¿Cuáles? Todas; pero concretamente aquellas en las que afirma, tan campante como campanudo, que él está a favor de la alternancia democrática, oh, democrática, cómo no, por supuesto. Ahora bien, añade, el problema es que «hoy no tenemos una propuesta de alternancia». ¿Son para escandalizarse? Sí lo son, porque significa que el presidente del Gobierno piensa y dice y proclama en público que la oposición completa, o sea, no sólo Jorge Buxadé, sino también Borja Sémper, es inalterable. El PP, de golpe, ha sido reducido a grupúsculo antisistema, involutivo y non grato.
No hace falta que yo glose la gravedad de estas declaraciones.
El escándalo es tan grande que tapa lo bonito y verdaderamente ilustrativo: su involuntaria condición de ironía sofoclea. Esto es, de una verdad cuyo auténtico alcance está a la vista de todos menos de quien la pronuncia. Edipo es el gran paradigma: busca con todas sus fuerzas al culpable sin sospechar que cada paso de su investigación lo acerca a sí mismo. El espectador entiende antes que él el sentido terrible de sus propias palabras.
Aquí entra Sánchez a pronunciar, sin saberlo, su propio oráculo: no hay alternancia. Y es verdad, pero en absoluto como él se cree ni le conviene. No es que Feijóo no sea un político perfectamente homologable democráticamente, como está a la vista, ni que Abascal no pueda regir los destinos de una gran nación europea. La ironía está en que ni uno ni otro podrán ser una simple alternativa a Sánchez. No cabe la corriente alterna.
Tras lo que nos ha montado Sánchez (y Zapatero), no queda otra que desmontarlo. No bastará con un cambio de Gobierno. Lo dijo Sánchez muy bien sin imaginar hasta dónde llegaban sus palabras: no hay alternancia.
Habrá que reconstruirlo todo (si no se quiere caer en un Zapatero III, del que ya no nos podremos levantar); y eso será muy difícil, porque no bastará reconquistar el poder y repoblar las instituciones. Eso es fácil. Hay que rehacerlas. Y sin que se nos desmorone la estructura, que los escombros son muy sucios y levantan mucho polvo. O sea, aquello de «de la ley a la ley a través de la ley» de la Transición, pero mejor… «Porque a peor es imposible», suspirará alguien viendo el desastre de Ceuta. Bueno, dejémoslo en que ha de ser «a mejor».
Cuando compramos nuestra casa familiar, que era una casa de veraneantes ya muy desvencijada, el arquitecto y el constructor estaban empeñados en que la tirásemos para construir de nuevo, que resultaría más rápido y más barato. Mi mujer y yo, en cambio, creíamos que en una casa familiar hay algo sacro y que merece conservarse, aunque también cambiarse y mejorarse. Asumimos ese reto y se lo impusimos al resignado constructor. España tiene dos misiones paralelas: conservarse y cambiar. Es algo tan difícil que requiere tanta determinación como reflexión, pero no hay más alternativa. Lo ha dicho muy claro —sin querer— Sánchez.