La pluma y la espadaJosé Luis Monroy ANTÓN

El final del verano

El cuerpo, que hemos enseñado u ocultado y que junto con el calendario, es quien nos muestra el paso del tiempo

Allá por 1963, dos jóvenes de poco más de veinticinco años, convirtieron en música lo que significaba que el verano terminase. Con la canción que casi todos conocemos como «El final del verano» (título original: «Amor de verano»), Ramón Arcusa y Manuel de la Calva nos dejaron una de esas míticas baladas románticas que no se olvidan y suelen ser capturadas en películas o series de televisión para hacer brotar sentimientos. La canción no solo trata del final de la estación, sino del final de esas aventuras amorosas que encontramos en épocas estivales y que luego quedan como un recuerdo en nuestra memoria. Supongo que este verano de 2026 que vive su crepúsculo también habrá dejado en ustedes multitud de recuerdos (espero que positivos) que tardarán más o menos tiempo en olvidar.

Uno de esos recuerdos suele quedar impreso en nuestro cuerpo, generalmente en forma de kilos de más tras haber dado buena cuenta de comidas, cenas, aperitivos, helados, cervezas y demás delicias que nos ofrece la vida y que en verano son imposibles de rechazar. Pero también son debidos a la tranquilidad que suelen aportarnos esos días donde la oficina y el trabajo están tan lejos que contribuye a aumentar nuestra talla de pantalón. A principios de julio, en El Periódico de Extremadura, leí un artículo de Mercedes Barona (articulista en El Debate de Extremadura), titulado «El juicio sobra, el cuerpo no». En él desglosaba un impecable discurso sobre el significado del cuerpo. No sabría con cuál de sus frases y reflexiones quedarme, pues todas ellas acertaban en la diana sobre esta cáscara, este amasijo de células organizadas que nos permite comenzar el verano de una forma y terminarlo de otra. Quizá la que resume todo el artículo es la que etiqueta al cuerpo como «un lugar de paso». Nada más acertado y que probablemente hemos escuchado en muchas otras ocasiones. Interpreto esta frase como un amable «memento mori», porque el final de todo cuerpo es su destrucción. Intuyo que el punto crítico del artículo se sitúa más sobre el observador que sobre el propietario del cuerpo, los dos actores que se unen en tóxica simbiosis.

Paseamos por las playas mirando cuerpos, exhibiendo el nuestro u ocultándolo. Con vergüenza o sin recato. Más o menos desnudos. Pero siempre observando, aunque sea un fugaz voyeurismo, y siempre calificando, lo ajeno y lo propio. «Pues yo no me fijo», «pues a mí me da igual», me dirán muchos de ustedes. No les quitaré la razón, pero estoy seguro de que nunca fueron así: seguro que en algún momento de sus vidas fueron observadores u observados.

En el año 2024 se estrenó una película inquietante protagonizada por Demi Moore: «La sustancia». Por su temática y estética fue encuadrada dentro del género del terror, por lo que es probable que muy pocos –tal vez, ninguno- de ustedes la viese. Se la recomiendo. Trata de una actriz de fama que va a ser sustituida en su programa de televisión porque su edad y su físico ya no captan la atención de la audiencia. Y como siempre pasa en estos casos, hace un pacto con el diablo, que en el siglo XXI se presenta en forma de sustancia mágica inyectable que transforma su cuerpo en el de una veinteañera sin arrugas. A partir de ahí, la película se sumerge en la dimensión ética y humana que en realidad quiere narrar: la de ver cómo nuestro cuerpo va cambiando, envejece, y nuestra resistencia a que eso ocurra, empujados por unos espectadores a los que estamos deseando atraer solo con nuestra masa de células perfectas. Un acierto escoger a esta actriz (recibió el Globo de Oro), pues ella fue uno de los iconos del cine de los años noventa, y representa esa vía de escape por la que optaban -y siguen optando- muchas personas de arreglar sus cuerpos a través de sustancias mágicas o pasos por el quirófano.

El cuerpo, ese que somos nosotros y que queremos no ser. Ese en el que algunos se encuentran «atrapados» y del que quieren escapar. La herramienta de trabajo de algunas profesiones, que llega un momento en el que se queda obsoleta. El cuerpo, que hemos enseñado u ocultado y que junto con el calendario, es quien nos muestra el paso del tiempo. Tal vez por eso queremos cambiarlo: para tratar de parar el tiempo. El ser humano, siempre con ideas ridículas.

Tanto el artículo de Mercedes como la película de Demi Moore son dos recomendaciones idóneas para poner fin a este verano, y enfrentarnos al otoño, con sus hojas caídas y sus colores melancólicos; y para no olvidar que llegará un invierno, donde todo se vuelve más oscuro, más frío, y esconderemos nuestro cuerpo, poniéndolo a salvo del escrutinio de los demás. Como decía la canción del Dúo Dinámico: «…y tú partirás…».

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