La pluma y la espadaJosé Luis Monroy Antón

«Amissio humanitatis, Humanitas perdita»

Prácticamente todas estas obras sobre el avance de la inteligencia artificial contienen un núcleo común

Cuando ustedes lean este artículo, la visita del papa León XIV a España habrá terminado. Quedarán atrás días de celebraciones multitudinarias, misas y discursos. Muchos discursos. Seguramente el papa habrá exhortado a todos a seguir el camino de Cristo de servicio, humildad, respeto y amor al prójimo. Y seguramente luego cada uno lo habrá traducido al idioma particular que mejor le convenga. No voy a analizar ni a debatir estos discursos, sino a fijarme en la encíclica que León XIV ha escrito en referencia a uno de los temas que ya convive con nosotros: la inteligencia artificial. «Magnifica Humanitas» («Magnífica Humanidad») entra de lleno en la cuestión desde la perspectiva cristiana del Santo Padre.

Mucho antes que él, y mucho antes de que la IA fuese nuestra compañera de viaje, las letras habían pronosticado su llegada. Se tiene al checo Karel Capec como el escritor que puso la primera piedra de este castillo, con su obra de teatro «R.U.R» (Rossum´s Universal Robots) y la utilización de la palabra robot en el año 1920. Después de él han sido numerosas las incursiones literarias en el género de los androides, los humanoides o las plataformas virtuales de control. Y cuando el cine recogió el guante de la ciencia ficción, las creaciones sobre inteligencia artificial no se hicieron esperar. Para mí hay cuatro películas paradigmáticas sobre el tema: «2001: una odisea espacial» (Stanley Kubrick, 1968), «Blade Runner» (Ridley Scott, 1982), «Terminator» (James Cameron, 1985) y «Ex-machina» (Alex Garland, 2015). Puede que ustedes quieran añadir otras y sin duda estarán acertados.

Algunas de ellas están basadas en relatos o novelas de ciencia ficción, y demuestran que la mente humana tejiendo posibilidades futuras se adelanta muchas veces a lo que el tiempo acaba mostrando. Todas plantean el desarrollo científico y tecnológico como una amenaza potencial para el ser humano desde diferentes perspectivas. Kubrick y Cameron inciden en el control externo de las situaciones y de las personas por parte de entes artificiales (HAL y Skynet respectivamente), mientras que las otras dos películas abordan el mundo de los humanoides perfectos que pueden llegar a integrarse en la sociedad, en una línea similar a la de «Yo, Robot» (Alex Proyas, 2004), basada en los relatos de Isaac Asimov.

Prácticamente todas estas obras sobre el avance de la inteligencia artificial contienen un núcleo común: la pérdida de la libertad humana, de la humanidad, circunstancia en la que incide la encíclica papal. Es el ser humano el que ha creado esta herramienta y en su afán por alcanzar el máximo rendimiento no cae en la cuenta de que es ella la que puede llegar a controlarlo e incluso destruirlo.

El papa pide un uso racional, democrático y justo de la IA, y no pone el foco en ella misma, sino en quienes la diseñan, sus posiciones ideológicas e intereses. Son personas quienes marcan el rumbo de la inteligencia artificial. A mí me gusta decir que cuando preguntas a la IA ella te responde lo que tú le has dado de comer (ellos lo llaman «entrenar»). Por tanto, esta herramienta avanzada viene marcada de origen, y su resultado, lo que nos ofrece, es lo que previamente nosotros le hemos facilitado. Y cuidado, porque si continuamos con el símil digestivo no hace falta decirles en lo que acaba toda esa comida que digerimos.

El control del ser humano por parte de estas inteligencias ha sido el tema constante de esas obras apocalípticas del cine y la literatura. Premonitorias o no, todas conducen a reflexionar sobre cuestiones trascendentes de la humanidad y que tienen su análisis en la encíclica. Apunta el escrito papal hacia la necesidad del acceso universal y sencillo a la herramienta. Estoy de acuerdo. Comencemos por eliminar las suscripciones de pago necesarias para utilizarla de forma completa. Aboga por un control público y no tanto privado. Estoy de acuerdo, como en la novela «Nosotros» (Zamyatin, 1924), donde el Estado Único controla a la sociedad desde su omnipotente poder tecnológico y hace que todos los ciudadanos estén bajo su «paraguas». Incide León XIV en el aspecto moral de los creadores y los contenidos («no podemos considerar a la IA como moralmente neutra»). De acuerdo también. De hecho en la Unión Europea se está trabajando para regular esos contenidos y el acceso a la IA. Me recuerda mucho a Orwell.

La encíclica llega en un momento social complejo en el mundo. La IA llega en un momento histórico crucial para la Humanidad. La pregunta ya no es ¿de dónde venimos? sino ¿hacia dónde vamos? Como individuos y como sociedad. Si queremos conservar lo que nos diferencia de la máquina (la humanidad); o si queremos ser controlados por ella y sus creadores, poniendo fin a la Humanidad. Una de las escenas que más escalofríos me produjo de las películas que les mencioné es la última de «Ex-machina» (perdonen que les reviente el final, pero es imprescindible), cuando la protagonista humanoide abandona la casa donde había estado confinada por su creador y comienza a pasear tranquilamente por la calle, confundiéndose con el resto del mundo. Cuidado, no sea que estemos pensando en que tendremos una inteligencia artificial a nuestro servicio y lo que nos encontremos es sirviendo a los que dan de comer a esa inteligencia artificial. Creo que el conflicto no es con la IA, sino con nosotros mismos, con nuestra capacidad de no abandonar lo que nos hace humanos, lo cual me lleva al título de este artículo, que les traduzco para quienes hayan olvidado el latín: «Pérdida de la humanidad, Humanidad perdida».

Por cierto: expreso mi deseo de que mis artículos no sean utilizados para entrenar a ninguna inteligencia artificial (al menos por el momento).

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