editorialLa Voz de Córdoba

La terca realidad

Los comerciantes y vecinos de La Viñuela han sido sometidos a una prueba de paciencia digna de elogio. Unas obras que se han prolongado más de diez meses se han sumado a una serie de circunstancias que llevan soportando desde hace al menos seis años, cuando aparecieron los primeros indicios de peatonalización de la avenida principal a modo de macetones, en pleno confinamiento por la pandemia. Desaparecieron numerosas plazas de aparcamiento que fueron trasladadas, en parte, al lado del cementerio de San Rafael, y los vecinos y comerciantes, ante la decisión municipal de dotar a La Viñuela de otra fisionomía, decidieron someter a referéndum el asunto, una decisión cuando menos extraordinaria en la gobernanza local de una ciudad. Cerca de un 70 por ciento pidió volver al estado anterior, y un 25 por ciento quería la peatonalización, pero ‘en condiciones’. No se les hizo caso.

Así, hemos llegado a este 2026 con una remodelación que promete ser definitiva y espera revitalizar económicamente una zona que se ha caracterizado a lo largo de su historia, precisamente, por la actividad comercial. Ocurre que muchos comerciantes no lo ven claro, como han manifestado a este periódico en un reportaje publicado el pasado miércoles. La zona ahora peatonal se ha convertido en territorio de juegos infantiles y de excrementos de perros, una de las principales quejas. Pero sobre todo lo que señalan es que es una zona peatonal… sin peatones compradores. Los posibles clientes, sobre todo los que no sean del barrio, tampoco tendrán fácil estacionar. La gente sigue usando el coche a pesar de los constantes impedimentos administrativos y normativos, qué se le va a hacer.

Ocurre exactamente lo mismo que en el centro: no hay peatonalización más triste que la de la calle Cruz Conde, que ha derivado en un comercio menor, en franquicias que duran lo justo y en una falta de alegría que sí tuvo hace 20 años. Pero lo que resulta más llamativo es la diferencia de criterio de las asociaciones sectoriales y los comercios a pie de calle: mientras los primeros siempre son optimistas y señalan un panorama positivo, los segundos no van por ahí. Son dos realidades que aparentemente pertenecen a una misma actividad, pero que encuentran resultados distintos.

Y es cuando conviene cuestionar la utilidad de las asociaciones gremiales cuando estas son bien regadas con dinero público, porque parece que les ocurre lo mismo que a los sindicatos: pierden la maniobrabilidad reivindicativa. Donde debería haber denuncia, aparece la complacencia. La vindicación se transforma en juez y parte y, lo que parece más grave, se pierde la esencia de la representatividad o esta se reduce a los intereses de las distintas juntas directivas. No se puede pensar otra cosa cuando en temas como este se pregunta a los que abren y echan la persiana cada día y paralelamente se escucha a los directivos gremiales que no parecen ver la terca realidad que sufren y señalan sus representados: cada día cuesta más mantener un negocio.

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