La silla vacía
« Tú estás ahí, sabiendo que acabas de descubrir algo que ellos todavía no saben: que todo puede cambiar»
Angiosarcoma mandibular.
Dos palabras que fueron el fusil más directo, más sordo y más duro que recibí en el año 2023. Según la literatura médica, tan solo hay 23 casos recogidos a nivel internacional. Así fue la enfermedad: fría, letal y el escenario de los últimos cinco meses de vida de mi padre, que hasta el día del diagnóstico vivía su jubilación haciendo planes.
Todos somos conscientes de que la vida tiene un inicio y un fin, al menos en el mundo terrenal. Personalmente soy de las que cree en la eternidad, en el cielo y en un Dios Padre bueno que nos quiere. Pero, aunque sepamos que eso ocurre, nunca te esperas que a tus 28 años te toque vivir un batacazo de semejantes características.
De repente te haces adulto.
Y no hablo de ese momento en el que empiezas a trabajar, te independizas, pagas tus facturas o construyes tu propia familia. Hablo de otra cosa. De una inocencia que hasta entonces estaba ahí y de la que ni siquiera eras consciente.
Porque cuando eres pequeño sabes que la gente se muere, claro. Lo sabes igual que sabes que existen las enfermedades, los accidentes o las cosas malas. Pero saber que algo existe y saber que puede ocurrirte son dos cosas completamente distintas. Hasta entonces construyes tu vida con una especie de confianza inconsciente en que, dentro de lo normal, todo está bien.
Vas dando pasos hacia lo que entiendes que es el éxito: el trabajo, tu propia familia, tu casa, tu independencia. Haces planes. Muchos planes. Y mientras tú construyes tu vida, tus padres siguen ahí. Te adaptas al momento vital en el que estás y ellos al suyo. Ya no vives en casa, pero vas a comer. Ya no dependes de ellos, pero sabes que están. Ya no eres un niño, pero hay una parte de ti que sigue viviendo con la tranquilidad de que tus padres forman parte del paisaje.
Hasta que un día descubres que no. Y ahí se rompe algo.
Cuando vives una pérdida así, tu persona cambia. No porque decidas cambiar, ni porque te propongas aprender una lección. Cambias porque después de determinadas cosas ya no puedes volver a mirar igual. La inocencia deja de estar y con ella aparecen miedos que antes no existían: el miedo a perder a alguien, a la enfermedad, al sufrimiento, a que algo ocurra mientras tú estás haciendo tu vida tranquilamente, a recibir una llamada, a que un día cualquiera deje de serlo. Podría enumerar mil.
Antes sabías que esas cosas podían pasar. Después sabes que pasan. Y parece una diferencia pequeña, pero no lo es.
Tu vida cambia por completo.
Porque la pérdida no sucede solamente el día que alguien muere. Después hay muchas pequeñas pérdidas. La silla vacía en la mesa, el cumpleaños sin su mensaje, el domingo sin ir a comer a su casa, una boda en la que sabes que no te acompañará al altar, una noticia que ocurre y que ya no puedes contarle, una tontería que escuchas y piensas inmediatamente: «esto le habría hecho gracia».
Son pequeñas cosas que nadie ve desde fuera y que, sin embargo, te recuerdan que alguien ya no está. La silla sigue ahí. Solo que él no.
Y creo que durante un tiempo la vida se reduce bastante a eso: a aprender a mirar esa silla.
Pero pasa algo que también es difícil de explicar. La vida no se detiene porque tú hayas perdido a alguien. Y al principio casi parece una falta de respeto. El mundo sigue haciendo ruido. La gente sigue teniendo prisa. Los restaurantes siguen llenándose. Hay gente que se enamora, gente que se casa, gente que se queja porque ha dormido mal, gente que se enfada porque ha perdido un vuelo y gente que está preocupada porque mañana tiene una reunión.
Y tú estás ahí, sabiendo que acabas de descubrir algo que ellos todavía no saben: que todo puede cambiar.
Eso también forma parte de perder la inocencia.
Pero con el tiempo empiezas a entender otra cosa. Que saber que la vida puede romperse no significa que tengas que vivir esperando el golpe. Porque entonces estaríamos perdidos.
La vida puede ser durísima. Puede quitarte personas, planes, certezas y hasta esa tranquilidad con la que antes mirabas el futuro. Pero también puede ser absurdamente bonita. Puede ser una sobremesa que se alarga porque nadie quiere levantarse, un viaje improvisado, una conversación de madrugada, una canción que aparece justo cuando la necesitas, una carcajada en un día horrible, un domingo cualquiera, una mesa llena, alguien que te abraza, una noticia buena después de muchas malas.
Puede ser simplemente estar aquí.
Y quizá eso sea lo que cambia cuando pierdes la inocencia: no es que dejes de ver las cosas bonitas. Es que empiezas a verlas. De verdad.
Porque ya sabes que no están garantizadas. Ya no das por hecho que habrá otro domingo, otro cumpleaños, otra conversación, otro verano o otra oportunidad para decir algo. Y eso, aunque venga acompañado de miedo, también tiene algo bueno. Te obliga a mirar. A mirar la vida mientras ocurre.
La silla de mi padre sigue vacía. Eso no va a cambiar. Pero alrededor de esa silla hay una mesa que sigue llenándose.
Y quizá de eso se trate.
De no negar que la vida es dura. De no disfrazarla de frase bonita. De aceptar que a veces golpea donde más duele y que hay cosas que no tienen explicación ni reparación.
Pero también de no cometer el error contrario: pensar que porque la vida puede ser terrible, la vida es terrible.
No lo es.
La vida es las dos cosas.
Es la silla vacía y la mesa llena. Es la ausencia y todo lo que todavía está.
Y cuando consigues mirar las dos al mismo tiempo, sin hacer como si una borrase a la otra, descubres algo bastante sencillo: que la vida es jodidamente dura.
Y, precisamente por eso, cuando la miras bien, es inmensamente bonita.