Quien habla no sentenciaJulia Marín Martínez

Todos necesitamos una Betania

«En una sociedad que a menudo mide el éxito por la visibilidad, conviene recordar que algunas de las labores más valiosas se realizan precisamente lejos del foco»

En Córdoba hay un lugar con una ubicación privilegiada. No porque domine el paisaje de la ciudad ni porque aparezca entre sus principales reclamos turísticos. Su mejor ubicación es otra: está donde muchas personas acuden cuando necesitan detenerse.

Ese lugar se llama Betania.

El nombre no es casual. En el Evangelio, Betania era la casa de Marta, María y Lázaro, el lugar donde Jesús encontraba descanso en medio del camino. Un hogar donde podía detenerse, compartir, enseñar y, sencillamente, estar. Quizá por eso no existe un nombre más acertado para una casa de espiritualidad cuya razón de ser es precisamente esa: ofrecer un espacio para el encuentro con Dios.

Vivimos tiempos acelerados. Tenemos respuestas para casi todo, pero cada vez menos ocasiones para hacer silencio. Y, sin embargo, la experiencia demuestra que la fe también necesita lugares donde pueda respirarse sin prisas. Betania es uno de ellos.

Gran parte de esa realidad se explica por la labor discreta, pero constante, de quienes la sostienen día tras día: el padre Miguel, el padre Javier y el padre Ángel.

Su trabajo va mucho más allá de celebrar la Eucaristía o administrar los sacramentos. Desde Betania impulsan buena parte de la vida espiritual de muchos cordobeses a través de retiros, ejercicios espirituales, acompañamiento personal, confesiones y encuentros que ayudan a tantas personas a detenerse, ordenar la vida y reencontrarse con Dios.

Es una tarea que rara vez ocupa titulares. No deja grandes fotografías ni genera cifras espectaculares. Se mide de otra manera: en conversaciones que alivian, en decisiones que encuentran luz, en vocaciones que nacen, en matrimonios que recuperan el diálogo, en jóvenes que descubren la fe y en personas que vuelven a acercarse a la Iglesia después de mucho tiempo.

En una sociedad que a menudo mide el éxito por la visibilidad, conviene recordar que algunas de las labores más valiosas se realizan precisamente lejos del foco. La evangelización cotidiana suele tener poco de extraordinario y mucho de constancia. Consiste en acompañar, escuchar, formar, celebrar y volver a empezar al día siguiente.

Porque la fe de una diócesis no se sostiene únicamente sobre los grandes acontecimientos, sino también sobre el trabajo cotidiano de tantos sacerdotes que, con discreción y entrega, dedican su vida a acompañar a los demás.

El padre Miguel, el padre Javier y el padre Ángel lo hacen desde Betania. Otros muchos lo hacen desde parroquias, colegios, hospitales o pueblos de nuestra diócesis. Todos, cada uno desde su lugar, ponen su grano de arena para que la Iglesia de Córdoba siga siendo una Iglesia viva.

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