Las bicicletas son para el verano
«Que sí, que tienen derecho a circular. Faltaría más. Igual que yo tengo derecho a comerme una pizza familiar sola»
Si rebusco en el fondo del baúl de la memoria, tendría diez u once años cuando mi padre me puso 'Las bicicletas son para el verano'. No recuerdo demasiado de aquella tarde, pero sí que desde entonces asocié para siempre dos palabras: bicicleta y verano.
Tampoco ayudó que media infancia la pasara encima de una. No había fin de semana que no saliera a dar vueltas con mis amigos. Entonces la bicicleta era libertad. No había horarios, ni gasolina, ni seguros, ni radares. Solo dos ruedas y toda la tarde por delante.
La última bicicleta que tuve fue la de unos Reyes Magos. Después crecí. Cambié el manillar por el volante y, casi sin darme cuenta, empecé a pasar más tiempo mirando el asfalto desde dentro de un coche que desde encima de una bici.
Y quizá por eso ahora, desde el asiento del conductor, veo las cosas de otra manera.
Porque llega el verano a Córdoba y hay una imagen que se repite con una puntualidad casi religiosa: la carretera de Las Jaras llena de ciclistas.
Allí están. Subiendo en grupos, bajando en grupos, apareciendo tras cada curva como si brotaran de los pinos. Da igual la hora. Da igual el calor. Da igual que el termómetro marque temperaturas que harían replantearse la existencia a un lagarto.
Ellos siguen pedaleando.
Y yo, que los veo pasar, no puedo evitar preguntarme si poseen una percepción del riesgo que el resto de los mortales desconocemos.
Porque hablamos de una carretera estrecha, revirada, con curvas ciegas y tráfico constante. Un lugar donde los coches avanzan con prudencia no tanto por responsabilidad como por instinto de supervivencia.
Que sí, que tienen derecho a circular. Faltaría más. Igual que yo tengo derecho a comerme una pizza familiar sola. El derecho existe. La conveniencia ya es otra discusión.
Y ahí es donde me asalta la duda.
¿Por qué precisamente en verano? ¿Por qué precisamente ahí?
Porque si las bicicletas son para el verano, alguien debería explicar por qué eligen hacerlo en una carretera donde cada adelantamiento se convierte en una negociación diplomática entre conductor, ciclista, arcén inexistente y la Virgen de los Faroles.
Supongo que será cuestión de afición. O de valentía. O de una mezcla de ambas.
Lo que tengo claro es que cada vez que encaro la subida a Las Jaras y veo aparecer otro pelotón tras la siguiente curva, me acuerdo de la película.
Aunque sospecho que Fernando Fernán Gómez nunca imaginó que acabaríamos interpretando el título de una forma tan literal.